El «Abu Simbel» gallego de Portomarín: La iglesia del Camino de Santiago que se salvó de las aguas

El templo de San Juan y otros monumentos del pueblo se trasladaron piedra a piedra al Monte Cristo.

Con vistas al Xacobeo 2121, la Xunta de Galicia ha anunciado una inversión de 248.000 euros para atajar los graves problemas de humedad que sufre desde hace tiempo la iglesia románica de San Juan (o San Nicolás) de Portomarín (Lugo), un templo románico declarado Bien de Interés Cultural que cuenta con una peculiar historia. Al igual que se hizo en Nubia con el templo de Abu Simbel, este histórico monumento del Camino de Santiago fue trasladado piedra a piedra para salvarlo de las aguas del embalse de Belesar.

Esta robusta iglesia-fortaleza del siglo XII, que fue confiada a la guarda de las órdenes militares para mantener despejado y seguro el Camino de Santiago, fue erigida a medio kilómetro de su actual emplazamiento. Enclavada en el antiguo pueblo de Portomarín de estrechas callejas enlosadas y sabor medieval, con casas con dinteles blasonados que se alineaban a orillas del Miño, junto al viejo puente por el que tantos peregrinos cruzaron el río en su romería hacia el sepulcro del Apóstol Santiago.

Allí resistía el paso del tiempo, albergando los rezos de los caminantes y los vecinos, hasta que en aras del progreso se decidió la mudanza del pueblo. El martes 20 de agosto de 1957 ABC informaba de que habían dado comienzo las obras del salto de Belesar, que aspiraba a convertirse en el más importante de España. «Servirá para regular por completo el sistema hidrológico del río Miño. El muro de la presa tendrá una altura de 136 metros, con lo que se conseguirán 644 millones de metros cúbicos de embalse y una producción de 607 millones de kilovatios», decía la nota que alertaba de que la obra inundaría Portomarín, una de las ciudades más antiguas de Lugo y de las más visitadas por los turistas.

Una vista de Portomaríon, con las ruinas del puente romano

Una vista de Portomaríon, con las ruinas del puente romano

Sin embargo, la empresa constructora «lo está trasladando a 500 metros de su lugar habitual, llevando, piedra a piedra, todo lo que de valor monumental e histórico posee», añadía. Solo el desplazamiento de Portomarín al de Monte Cristo, donde iba a ser levantado de nuevo, suponía un desembolso de 50 millones de pesetas en aquel entonces.

Entrada a la llamada Casa del General

Entrada a la llamada Casa del General

El Ministerio de Educación Nacional encargó la dirección del traslado de los monumentos al arquitecto de la Dirección General de Bellas Artes, Francisco Pons Sorolla, quien admitía en enero de 1960 que con el traslado desaparecería el antiguo trazado medieval del pueblo. Pero Pons Sorolla subrayaba también que las obras iban a dar ocasión de restaurar los edificios más representativos de Portomarín que se mudaban de lugar: la iglesia de San Juan, la capilla de San Pedro, la cabeza de puente romano, con su capilla de Santiago, y la llamada «Casa del General».

«Este es el más importante traslado de monumentos que se ha presentado en Europa», aseguraba Alejandro Armesto en «Blanco y Negro» el 5 de marzo de 1960. Despedirse de Portomarín se había puesto de moda y las gentes se acercaban hasta allí como en riadas. Comían cachelos con chorizos en la ribera de San Pedro y tras catar su famoso aguardiente regresaban a Lugo.

El salto que iba a ahogar el pueblo, así como Porto, Pincelo, Loyo, San Vicente de Mourelle, Ferreira, Leijón, Santa Marta, Barco y Riobó, se encontraba ya en fase avanzada de construcción.

Calle típica de Portomarín

Calle típica de Portomarín

El traslado traía desazonado e inquieto en aquellos primeros días de marzo de 1960 a Mariano Rodríguez Castaño, sacristán de la iglesia de San Juan. La mudanza, contaba a «Blanco y Negro», sólo cundía a los que tenían muchas tierras, porque pagaban a 7.500 pesetas el ferrado (medida agraria usada en Galicia). Los que vivían de las cosechas de un pedazo de tierra y de la pesca que proporcionaba el río estaban preocupados. «Allá arriba habrá que hacer las tierras y esperar, y, si acaso, esperar para nada -decía-. Aquí nadie quiere irse. ¡Nadie!». Y remachaba con brío el ¡nadie!

Aunque otros muchos no querían la nueva casa que les iban a proporcionar en Monte Cristo, «sino los cuartos en la mano para largarse a otros predios más habitados o más bonitos, o las dos cosas a la vez», afirmaba Alejandro Armesto en su reportaje.

Una calle típica de Portomarín

Una calle típica de Portomarín

Para Diego Quiroga y Losada, marqués de Santa María del Villar, aunque Portomarín fuera trasladado de la manera más perfecta, iba a perder su carácter esencial, la emoción que producía y aquellos recuerdos del camino jacobeo. «Todo eso desaparecerá también, aunque pasará a la historia y sólo nos quedará el recuerdo de lo que el Miño cubre con este embalse de Belesar: el Camino de Santiago», escribía en marzo de 1961.

En enero de 1962 estaban ya desmontados los tres pórticos de la iglesia de San Juan, compuestos de 16.000 piezas, que habían sido previamente numeradas y recubiertas de escayola y cera en su mayoría para evitar que sufrieran desperfectos. Entre estos fragmentos figuraban las esculturas y relieves de los «Ancianos del Apocalipsis» y el tímpano del pórtico principal, según informaba L. Conde Rivera.

Detalle del pórtico de la iglesia de San Juan

 

Detalle del pórtico de la iglesia de San Juan

Una foto publicada en septiembre de 1962 mostraba el templo semiconstruido de nuevo. Y meses después, en febrero de 1963, Pedro de Lorenzo informaba de que ya yacía anegado por las aguas del Miño. «Ha inscrito Puertomarín su toponimia en diplomas medievales -decía-; ha suscitado pleitos posesorios entre el cabildo y los condes, gobernadores amos; ha acabado Encomienda de la Orden de San Juan. Afamaban Puertomarín su buen puente, cruce del Miño y su mansión en el Camino: un puente del que sólo permanecían rotos pilares hincados en el río; un hostal de peregrinos hace no mucho demolido. Pero, piedras sillares, huella de civilizaciones, salmonería y aguardientes, han desaparecido en remolino turbio».

Las obras de reconstrucción de la iglesia de San JuanLas obras de reconstrucción de la iglesia de San Juan

Aunque Pedro de Lorenzo se mostraba esperanzado en los beneficios que iba a llevar a Galicia el agua embalsada de Belesar. «Regará ese pantano pastorías de Chantada, esponjará labrados de la Ulloa; generará fuerza; lucirá, destellante», escribía, aunque para ello se había tragado antes el pueblo.

La iglesia de San Juan, en su nueva ubicaciónLa iglesia de San Juan, en su nueva ubicación

Aún se iba a despedir el viejo Portomarín una vez más aquel mismo año. El vaciado del embalse hizo que la villa reapareciese durante unos días y sus antiguos moradores bajaron enseguida a visitarlo. Pasearon por sus calles, se adentraron en sus casas semiderruidas y pudieron comprobar cómo el pueblo aún se mantenía en pie, aunque con graves heridas por la acción destructora del agua.

Un fotógrafo de Blanco y Negro estuvo allí, en ese último adiós, mientras el nuevo Portomarín reanudaba su historia.

San Pedro de la Nave en 1930

San Pedro de la Nave en 1930

El precedente de San Pedro de la Nave

Tres décadas antes de que se trasladaran los monumentos de Portomarín se aprobó el decreto-ley de ordenación de los Saltos del Duero que contemplaba la obligación de trasladar a una nueva ubicación el templo visigodo de San Pedro de la Nave, en Zamora. La iglesia se «mudó» a finales de 1930 al pueblo de El Campillo para evitar ser sepultada por el Esla.

Mónica Arrizabalaga/ABC de España