La anti-cosa

David Warren,  ex editor de la revista Idler, y columnista de periódicos canadienses: 

La reciente epidemia de murciélago-gripe ha sido una experiencia de aprendizaje.

Hemos aprendido a no confiar en los epidemiólogos en particular, y en los expertos médicos no-creyentes en general. Hemos aprendido que los medios de comunicación «te-agarré» están, en verdad, psíquicamente retorcidos. Hemos aprendido que gran parte de nuestra clase política está formalmente comprometida con la persecución de los cristianos y la represión de la Iglesia Católica. También, que es antisemita. Que, aún cuando no esté directamente en la nómina de China Roja, es tendenciosamente procomunista. También: instintivamente pro criminal, y carente de ley.

Estas experiencias de aprendizaje no lo fueron para todos. Yo, por ejemplo, ya sabía estas cosas; y conozco a otros igualmente bien informados. Y no hace falta decir que aquellos que trabajan casi por contrato para las fuerzas infernales no aprenden nada.

Si uno de mis gentiles lectores se siente indignado por estas afirmaciones, le doy permiso para expresar su furia interna. En mi opinión, esto está en línea con lo que Cristo nos dijo que esperáremos, durante nuestra estancia en este mundo, para ayudarnos a mantener nuestra serenidad.

Algunos lectores podrían acusarme de ser demasiado político, pero, aunque reconozco que el mal asume formas políticas, habitualmente no soy político. Yo, como muchos, lamento haber sido obligado a esgrimir argumentos políticos, o a adoptar posturas políticas, respecto de tales causas «políticas» como el ser dejado en paz.

La agenda de Satanás no puede permitir esto. Las vidas de los fieles cristianos no solo deben ser invadidas consistentemente de manera mezquina y alarmante; la agenda requiere implicarlos en lo que ellos saben que son males.

Esto es evidente en el fenómeno que ha sido llamado, con poca sinceridad, «corrección política». Durante más de una generación, me he dado cuenta de que cada afirmación «políticamente correcta» es una mentira descarada y, a menudo, grave. Y, al aceptar guardar silencio al respecto, aceptamos los protocolos de un nuevo Gulag. De manera incremental, nos vamos convirtiendo en «zeks» [Nota del traductor: Zek es un término de la jerga rusa, para referirse a un interno, en una prisión o campo de trabajos forzados (ver aquí.)], siguiendo las reglas en un nuevo estado de cuarentena.

Sabemos que nuestros medios de vida y nuestra independencia personal pueden verse amenazados, si hablamos. En casos extremos, sabemos que personas, que visiblemente hierven de odio, buscan objetivos para acusarlos de «crímenes de odio» imaginarios. También sabemos que se han infiltrado a fondo en nuestros establecimientos legales, burocráticos y educativos, de forma que han adquirido un verdadero poder de arbitrio.

A menudo pienso en el fallecido (y hoy pasado de moda) Aleksandr Solzhenitsin, quien nos dijo que tomáramos riesgos. Su mensaje principal fue «dejen de mentir»; y rechacen, independientemente de las consecuencias. Llegó a decir, que si todos aceptaran dejar de mentir durante una mañana completa, la tiranía soviética colapsaría al mediodía.

Y sucedió, eventualmente, a partir del lento gota-a-gota de verdades irresistibles. De repente, su muro de Berlín por fin cayó. Lo mismo debe suceder finalmente en otros imperios del mal; y, como cristianos, podemos saber que Dios prevalecerá.

La paciencia es una virtud, en situaciones mundanas; pero el proceso por el cual se vence al mal se puede acelerar y mejorar de manera inconmensurable al decir la verdad, de forma inconveniente. Como dijo uno de mis ya fallecidos mentores, George Grant, el lugar para hablar sobre el aborto es una cortés cocktail party académica. Gritar es innecesario, en tal lugar.

Con seguridad, este proceso crea mártires, y a veces es responsable de crear desorden; ya que aquellos que dependen de todas las mentiras para ganarse la vida son sacados de sus casillas.

Verdaderamente, podemos vislumbrar una guerra secreta, detrás de la escena de cada orden totalitario; ya que sus apparatchiks [N. del T.: Apparatchik es un término coloquial ruso que designaba a un funcionario profesional, a tiempo completo, del Partido Comunista, o de la administración soviética] son confrontados por sus propias mentiras y quedan enredados en ellas. Los funcionarios más encallecidos a veces se atornillan, o saltan la talanquera, como vimos en toda Europa hace una generación.

Pero hoy uso este recuerdo principalmente como una analogía para nuestros propios tiempos, una larga generación después, cuando el mal se ha reagrupado como lo ha hecho a lo largo de la historia.

El comunismo proporcionó un enfoque organizador a la presencia anticristiana en nuestra era moderna, una vez que los satanismos, nazismo y fascismo alternativos, habían colapsado. Pero por esta misma razón, se colapsó a sí misma —la nada, expuesta en sus cimientos.

Paradójicamente, nuestros izquierdistas mileniales —no me refiero a los «mileniales» de la generación, sino a aquellos que llegaron a la política después de la Guerra Fría— se benefician de estar tan mal organizados. Como moscas negras de verano, son más difíciles de vencer. Su unidad consiste, solamente, en una actitud revolucionaria —se oponen destructivamente al viejo orden, pero carecen de la consistencia de una línea partidista fija.

Más aún, está[n] operando desde una base que no queda fuera de Occidente, o al menos parcialmente fuera, sino completamente dentro de él. Esto puede parecer contrario a la intuición, para aquellos que imaginan que la China Roja, la superpotencia comunista sobreviviente, está «afuera».

Está, indiscutiblemente, dentro de nuestro mundo de «globalismo» de final de de la historia —lo que en verdad recibimos, del triunfo que declaramos al final de la Guerra Fría.

En un sentido, ganó la China de Deng. El «ideal» de libre comercio, para la búsqueda de riqueza, y un Estado niñera complementario y secular, construido sobre el «ideal» de la seguridad, fue universalmente aceptado. Por la vía de ese movimiento de pinzas, la «Civilización Occidental» fue obviada.

De ahora en adelante, ya sea en Shanghái o en Nueva York, nuestra libertad tendría que ser «administrada» —y por hombres, ellos mismos, necesariamente libres de principios espirituales o de cualquier otro tipo.

Si bien queda mucho por debajo, con la murciélago-gripe hemos visto flotar la escoria en la superficie. Las cuarentenas comenzaron con la esperanza de que pudiéramos «aplanar la curva» para los hospitales sobrecargados. Por rápidos incrementos, ello se convirtió en un fin en sí mismo —para varios «malos actores», que podían ser fácilmente identificados por sus frutos.

Quedé traumatizado cuando, por dar solo un ejemplo, noté que los gobernadores de varios estados americanos, simultáneamente, forzaban a los hogares de ancianos a recibir ancianos infectados. El plan fue tan asesino como la táctica del Politburó de poner en cuarentena a Wuhan respecto del resto de China, al tiempo de dejar abiertos cientos de vuelos internacionales, para infectar al mundo.

No soy tan paranoico como para pensar que los gobernadores (todos, demócratas, por coincidencia) tenían un complot infame, para «cancelar» a tantos viejitos como fuera posible. Creo, más bien, que su «organizador comunitario» fue el mismo Satanás.

Viernes, 22 de mayo de 2020

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de The Catholic Thing

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David Warren es un ex editor de la revista Idler, y columnista de periódicos canadienses. Tiene una amplia experiencia en el Cercano y Lejano Oriente. Su blog, Ensayos sobre la ociosidad, se encuentra ahora en: davidwarrenonline.com.