Nuestra Plaga

Brad Miner, editor principal de The Catholic Thing, miembro principal del Faith & Reason Institute:

Uno no sabe qué creer, ¿o sí?

La naturaleza y las consecuencias del nuevo coronavirus desafían la comprensión fácil y demuestran lo que con frecuencia observamos en otros asuntos: la desesperante realidad de opiniones de expertos en conflicto, sin mencionar los consejos de los no expertos. Algunos dicen que el encierro es necesario para prevenir la propagación de la enfermedad y que, por lo tanto, Estados Unidos debe permanecer cerrado; otros dicen que, sin una vacuna, no podemos detener la propagación de la enfermedad —que solo podemos retrasar su progreso. Y ralentizarla, solo prolonga la crisis.


Esto me recuerda dos cosas. La primera, es la ley número uno entre las tres leyes políticas del académico Robert Conquest: «Cada quien es conservador respecto de aquello sobre lo que más sabe». Esto es verdad, para científicos de todo tipo. La segunda, es la forma en la que un paleontólogo describió la tensión en una conferencia académica: algunos asistentes afirmaban que los dinosaurios eran de sangre fría, como los reptiles; y otros, insistieron en que las bestias eran de sangre caliente, como los pájaros. Tan grande fue el desacuerdo, que los dos grupos se sentaron separados en esa reunión; casi incapaces de reconocer la presencia del otro.


Esto es cierto para paleontólogos, epidemiólogos y políticos. Como laico, encuentro esto preocupante, y me recuerda una noche en un bar, cuando yo estaba en la universidad, y un amigo se dejó caer en el taburete de al lado.

«¿Sabes qué?» dijo él: «¡Estoy hasta la coronilla!»

Fruncí el ceño y sacudí mi cabeza.

«Es la filosofía», explicó. «Una semana estudiamos Aristóteles, y me hago aristotélico. ¡Entonces, saltamos a Sartre y me hago existencialista! ¿Que se supone que haga?»

«Tómate otra cerveza», sugerí. Una solución, que nunca es  totalmente equivocada.

Al principio de Nuestra Plaga (como me referiré en lo adelante al COVID-19), vi esta publicación de Facebook (la primera referencia, lo es respecto del juicio político que se llevó a cabo en el Senado): «La semana pasada, todos mis amigos eran expertos en derecho constitucional; esta semana, todos son epidemiólogos».

El asalto de información, información errónea y desinformación es una especie de agresión psíquica, y muchos de nosotros sentimos que nos tambaleamos en un callejón oscuro después de que los matones se han llevado nuestras billeteras y teléfonos inteligentes. La verdad es que, aunque no quisiera perder el efectivo y las tarjetas de crédito, estoy dispuesto a entregar mi teléfono —y mi televisor y mi laptop— casi que al primer ladrón que se presente. ¡Lo que sea, con tal de detener la sobrecarga producida por Nuestra Plaga!


Y, sin embargo, cada uno de nosotros tiene que tomar una decisión; decir, de este o de aquel experto: este es aquel en el que confío. Y esperamos que unos días más tarde nuestra opinión no venga a ser modificada, otra vez, por otro experto, como le sucedía a mi amigo del taburete vecino.


Mi experto al cual acudir es el Dr. Jay Bhattacharya. Está en la Universidad de Stanford, donde es profesor de medicina, y donde obtuvo su título de doctor en medicina, y su doctorado en economía. Según reza su biografía: «Su investigación se centra en las limitaciones que enfrentan las poblaciones vulnerables en el proceso de tomar decisiones que afectan su estado de salud, así como en los efectos de las políticas y programas gubernamentales diseñados para beneficiar a las poblaciones vulnerables».

He aprendido mucho de tres entrevistas que el presentador de «Uncommon Knowledge« [Conocimiento poco común] Peter Robinson, le ha hecho al Dr. Bhattacharya. 

Bhattacharya hace tres afirmaciones convincentes:

    1) Los encierros, que a corto plazo pueden tener el efecto de «aplanar la curva», en realidad no detendrán (solo retrasarán) la propagación de la enfermedad;

    2) nunca se ha desarrollado una vacuna para ninguno de los coronavirus que hemos enfrentado anteriormente (ni SARS ni MERS); y

    3) los encierros casi seguramente están creando patologías serias y secundarias (sociales y económicas), que en realidad pueden conducir a más muertes de las que habríamos tenido si no hubiéramos efectuado los encierros, en primer lugar; ya que —por la lógica de 1) y 2)— vamos a tener esas muertes debidas a Nuestra Plaga, en algún momento, de todos modos.

Me apresuro a agregar que el buen doctor cree que hay subconjuntos vulnerables dentro de la población que deberían ser puestos en cuarentena: los ancianos y personas con diversas co-morbilidades. Si dicho aislamiento debe ser una cuestión de derecho o de conciencia es un tema de discusión. Como alguien que es prácticamente el chico del anuncio de la comorbilidad (mayor de 70 años, con enfermedades cardíacas, tratamientos previos contra el cáncer, disminución de la capacidad pulmonar), sé personalmente lo que debo hacer, sin que el presidente Trump o el gobernador Cuomo me lo digan.

Por supuesto, la naturaleza y el Dios de la Naturaleza podrían salvarnos. Nuestra Plaga podría, como el patógeno extraterrestre en la novela de Michael Crichton de 1969, The Andromeda Strain, simplemente mutar, para volverse no letal. Como usted podrá suponer, no apuesto por eso.

Muchos estadounidenses, incluidos algunos de los más valientes, están asustados. Muchos, en puestos autoridad, nos han dicho que tengamos miedo. El SARS y el MERS nos asustaron, pero ninguno de los virus nos puso de rodillas como lo ha hecho Nuestra Plaga.

Como lo pone James Matthew Wilson en la penúltima estrofa de «Sobre estar enfermo«:

    El peso de la debilidad pende de cada hora / Y todo el futuro es calificado por frases / Que sugieren que, si realmente llegara, / Lo hará del lado distal de un pasaje / A través de una habitación fría, donde uno se sienta recubierto de papel. /     Pero entonces, cosa extraña, para aquellos que sí mejoran / (Y casi todos lo harán, por un tiempo) / Dejan atrás no solo todos sus estudios / Sino incluso el recuerdo de lo que han sufrido.

Parece que estamos a punto de volver a la vida normal, y algunos podrían dejar atrás lo que hemos aprendido, o pensamos que hemos aprendido, si es que hemos aprendido algo.

He aprendido (y esto parece ser lo que Dios me ha estado mostrando últimamente) que amo a mi esposa y ella me ama a mí. No sé, tal vez esa sea solo otra forma de decir que durante la cuarentena no hemos tratado de matarnos el uno al otro. No, es más, mucho más que eso.

Quiera Dios guiarnos a todos en las semanas venideras; lo cual Él hará, si lo recordamos en cada cosa amorosa que hagamos. Hermanos y hermanas, ustedes están en mis oraciones. Vivan, pero vivan sabiamente.

Hoy, claro, es Día de los Caídos. Si no han tenido suficiente de mí, consideren hacer clic para leer una columna que escribí para tal día en 2016.

Lunes 25 de mayo de 2020

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de The Catholic Thing.

Sobre el Autor:
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Brad Miner es editor principal de The Catholic Thing, miembro principal del Faith & Reason Institute y secretario de la Junta de Aid to the Church In Need USA. Es ex editor literario de National Review. Su libro más reciente, Sons of St. Patrick, escrito con George J. Marlin, ya está a la venta. Su The Compleat Gentleman está disponible en audio.