Cardenal Porras: Dos homilías

HOMILÍA CON MOTIVO DE LOS 50 AÑOS DE LA CREACIÓN DE LA DIÓCESIS DE LA GUAIRA Y BENDICIÓN DEL RETABLO DE LA CATEDRAL, EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO, 101 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ, A CARGO DEL CARDENAL BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO. La Guaira, 29 de junio de 2020.

 

Muy queridos hermanos:

 

La Diócesis de La Guaira está de fiesta, cincuenta años de andadura como iglesia particular es ocasión jubilar para dar gracias, pedir perdón, reconocer los dones recibidos y ver el futuro con esperanza, recreando desde las exigencias del tiempo actual, marcado por la pandemia y la crisis global que nos agobia, pero con la mirada puesta en el Señor que edificó su iglesia sobre roca y los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

 

Esta mañana, en jubilosa celebración, la ofrenda de la ordenación de dos nuevos sacerdotes, es la mejor prenda de la juventud y vitalidad de una iglesia que quiere ser, seguir siendo servidora de su pueblo. A la vez, en la sentida homilía del obispo diocesano, se hizo memoria de la historia plurisecular de este litoral, en la que la fe sembrada por los primeros misioneros y regada a lo largo del tiempo por tantos hombres y mujeres de fe, ha permitido llegar hasta la actualidad con vigor y esperanza gozosa.

 

La celebración de esta tarde quiere prolongar la alegría jubilar con la bendición de los nuevos retablos que engalanan el templo principal de la diócesis. Quiere ser el sello perenne de las bodas de oro diocesanas. Vale la pena preguntarse si tiene sentido este derroche de luz que nos invita a superar el desprecio a lo bello y noble. El Concilio Plenario de Venezuela pone en su justa dimensión el que bendigamos estos retablos: “la dimensión estética de la experiencia humana encuentra en la fe cristiana una acogida trascendente porque Dios es la fuente de la belleza (cf. Salmo 26,8). Por esa razón la Iglesia reconoce y alienta toda expresión genuinamente artística, exaltadora de lo más noble de la creación humana, particularmente… en la belleza de los lugares de culto. El arte, la estética, los bienes culturales de la Iglesia, atestiguan una fecunda simbiosis de cultura y de fe” (Evangelización de la cultura en Venezuela, 71).

 

La belleza de Dios es manifestación de su gloria, y esa gloria es revelación de su amor, el amor cuya máxima explicación es la persona de Jesús y su vida hecha narración de amor por la vida de todo ser humano. La contemplación de las catedrales románicas, góticas, de nuestro sencillo pero apasionante arte colonial, de algunas de nuestras iglesias modernas, ¿no son una invitación permanente a hacer de nuestra primera iglesia, que no es otra, que nuestra propia morada, nuestra casa, en una tacita donde brille lo bello para que se amase la ternura y el amor de los seres que conforman el hogar familiar?

 

Como San Agustín, la búsqueda de la belleza lo condujo al impacto transformante de encontrarla dentro de sí, no fuera. La belleza vive entre nosotros y dentro de nosotros, pero hay que saber descubrirla. Es una tarea inconclusa, apenas sugerida, hablar de belleza desde el mismo centro de las vicisitudes de la vida humana. Acaso, ¿el descuido del medio ambiente, del entorno urbano, de la suciedad y abandono de las calles y lugares públicos, no es una invitación a olvidar que somos imagen y semejanza de Dios, y por tanto, buscadores y creadores de belleza y no de fealdad?

 

La bendición de estos nuevos retablos catedralicios debe convertirse en una parábola viviente de lo que tenemos como desafío. No por ser pobres y necesitados de tantas cosas indispensables debemos olvidar que la belleza es parte, exigencia de la vida para que sea plena e integral. El gran teólogo Urs Von Balthasar en su estética teológica puso de relieve la necesidad de hablar de Dios y hablar de la vida de los seres humanos, con sus gozos y sus angustias. Hagámoslo como presea de estas efemérides jubilar como exigencia de hacer de este litoral guaireño una tacita de plata donde nos extasiemos contemplando el mar y la montaña, pero con el toque del trabajo humano en el entorno urbano. Tenemos derecho a ello, me atrevo a decir más, es obligación primera para que la caridad y el servicio al prójimo se riegue con el suave rocío de la visión hermosa de lo que nos rodea.

 

Hoy, que conmemoramos también, el aniversario de la muerte de nuestro querido beato José Gregorio Hernández, se nos brinda la ocasión de imitarlo. Además de médico pionero en actualizar los conocimientos y atenciones a la salud, José Gregorio se interesó y escribió sobre el arte y la estética. Él nos dice que “la belleza despierta en la inteligencia del que contempla, imprescindiblemente, la admiración, junto con el placer y el deseo de todos puedan conocerla y apreciarla. La belleza artística es la que presentan las obras producidas por la imaginación creadora” (p. 17 y 20). ¿Entrar en esta catedral remozada, admirar este bello retablo no genera en cada uno de los que estamos aquí una fuerza transformadora que nos arrastra al bien, a la verdad, a lo trascendente?

 

Estamos de fiesta y nos vestimos de gala porque la catedral de San Pedro de La Guaira es expresión de la fe y el empuje de sus fieles, los de antaño y los de hoy. Porque la fiesta es una afirmación de la vida, la alegría que se expresa en la exuberancia y hasta en el derroche. La fiesta es un símbolo: expresa realidades en el hombre y anhela la vida, la libertad y la plenitud. Llegar a esta fiesta jubilar ha sido un trabajo arduo, porque la esperanza mira a un bien arduo nos dice Santo Tomás de Aquino. Es un bien difícil de obtener que respete al pobre y haga realidad la igualdad de todos los hombres, los derechos reales efectivos y la libertad de todos. Y la fiesta, esta fiesta, es siempre una celebración de la vida, de la vida plena de esta iglesia particular que quiere ser luz y sal. Porque la fiesta es el sí a la vida y solo se vive y disfruta en el ser en común. Por eso la eucaristía es la mejor de las fiestas porque une el encuentro humano con el encuentro con Jesús, con su evangelio, con su testimonio, con su pasión y muerte, paso obligado a la resurrección, a la vida plena.

 

Continuamos con nuestra celebración festiva, no sin antes agradecer a quienes han hecho posible que estemos aquí disfrutando de esta fecha histórica. A Mons. Raúl Biord, pastor de esta grey litoralense junto con su presbiterio y su laicado activo; a los artistas Romero que han plasmado en la madera de este retablo una invitación a elevar nuestra mente a la oración; a todos los que han preparado esta eucaristía; a todos los que estamos presentes y a los muchos ausentes físicamente por razón de la pandemia, que impide la presencia masiva de fieles. A todos, que en esta solemnidad de San Pedro y San Pablo, nos une más a la Iglesia universal con nuestro Papa Francisco a la cabeza para alabar al Señor, porque también nosotros somos interrogados por Jesús como los discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y nosotros repetimos que Jesús, porque nos lo ha revelado nuestro Padre que está en los cielos. Que María Santísima nos bendiga y nos acompañe en esta tarde de alegría y de esperanza. Que así sea.

 

HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO, 101 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL DR. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ. Iglesia de La Candelaria, 29 de junio de 2020, A CARGO DEL CARDENAL BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO.

 

Queridos hermanos:

 

No puedo ocultar la emoción que siento al presidir la eucaristía en este recinto sagrado de la Parroquia Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria de Caracas, en la solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, día del Papa, y en el aniversario 101 de la muerte del Dr. José Gregorio Hernández, habiendo sido declarado beato por el Papa Francisco hace apenas diez días.

 

Con la oración colecta, nos llenamos de alegría porque el Señor concede a su Iglesia el mantenerse fiel a las enseñanzas de quienes nos han precedido en la fe. Pedro y Pablo dieron su vida y ofrendaron su martirio por fidelidad a Jesús, su maestro y guía. José Gregorio entregó su existencia, cumpliendo con el mismo encargo que en Jerusalén le pidieron a Saulo y Bernabé: “que nos acordáramos de los pobres, y esto lo tomó muy a pecho”. Por eso son para nosotros pilares sólidos que consolidan nuestra fe, animan nuestra esperanza y nos hacen más diligentes en el cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo.

 

Hoy, oramos de manera especial por el Papa Francisco. Sobre sus espaldas recae el ministerio de apacentar y consolar a su pueblo, que no es otro que el mundo entero, porque su misión no va dirigida únicamente a los bautizados, sino a la humanidad entera, porque su predicación es para edificar el reino de Dios en la tierra, del cual la Iglesia debe ser, espejo fiel, sacramento visible del amor de Dios al mundo. Nuestra misión es ser discípulos y misioneros, heraldos alegres, transidos por el sudor y el sacrificio de cada día para que construyamos un mundo más equitativo y justo.

 

Ante los restos mortales, elevados hoy a la gloria, de nuestro queridísimo José Gregorio, vemos en él, el testimonio cercano, posible, auténtico de lo que nosotros anhelamos y podemos ser. En medio de esta pandemia y de la crisis global que padecemos tenemos que ser sembradores de la esperanza que transforma el odio en amor, la división en trabajo común solidario, la desesperanza en fuerza gozosa, porque “el Señor nos seguirá librando de todos los peligros y nos llevará sanos y salvos a su reino celestial”, como le dice Pablo a su querido Timoteo.

 

Hoy, es ocasión propicia para renovar nuestra vocación de seguidores del Señor Jesús porque Él nos libra de todos nuestros temores como hemos repetido en el salmo responsorial. No podemos cesar de alabarlo a toda hora, ya que cuando acudimos a Él, nos hace caso y nos libra de todas nuestras angustias.

 

Con gran alegría, anuncio aquí hoy, la elevación de este vetusto templo de La Candelaria a Santuario Diocesano, ya que desde hace tiempo, pero ahora más, será lugar de peregrinación a los pies del sarcófago donde reposan los restos de nuestro médico, santo porque ya goza en plenitud de la compañía de la Trinidad y de María, madre suya y madre nuestra.

 

Gracias a todo el pueblo venezolano que se ha volcado con entusiasmo, creatividad y fe, a prepararse para hacer de la beatificación de José Gregorio, un momento de gracia que nos acerque a la paz y la convivencia fraterna de los que habitamos esta tierra de gracia. Que así sea.