El Santo Cristo de la Salud de La Guaira y otros recuerdos

Marielena Mestas Pérez:

Hace unos días me encontraba recordando cómo mi niñez estuvo siempre adornada por unas anécdotas alegres y simpáticas o aleccionadoras y sorprendentes que durante algunas tardes contaba nuestra amada e inolvidable nana Olga María González Iriarte, mujer piadosa y cándida, nacida en La Guaira en una incierta fecha.

Luego de terminar sus oficios diarios en la cocina se dirigía a su habitación para descansar. Si durante la tarde me acercaba hasta allá era seguro encontrarla sentada con los mismos 3 o 4 libritos de tema religioso sobre las piernas. Así pasaba un buen rato de su descanso: leyendo y rezando. No obstante, al advertir mi presencia –no sé si pasaba lo mismo con mis hermanos- no perdía oportunidad para contarme de los múltiples favores de la Virgen y los santos. Hablaba de cómo un pescador había sido socorrido por la Virgen del Valle y de cómo sobre la tilma del indio Juan Diego había quedado plasmada entre unas bellas rosas Nuestra Señora de Guadalupe. También refería prodigios de san Martín de Porres o del doctor José Gregorio Hernández, a quien rezaba con devoción mirando un retrato que por algo más de 50 años sigue colgado en su habitación, aunque ya ella no está. Así también pude conocer de significativos cultos que en La Guaira y poblaciones vecinas reciben, por ejemplo, su famosísimo y milagroso Cristo de la Salud, el Cristo de Maiquetía o la Virgen de Lourdes.

Hace pocos días revisando el diario La Religión me encontré una crónica que disparó muchos de los aludidos recuerdos. Concretamente, me voy a referir al extenso artículo que en varias entregas escribiera, en 1933, el párroco del templo San Pedro Apóstol de La Guaira, fray Feliciano Alonso, A.R. Allí el presbítero indica que ese año se cumplían trescientos del arribo a La Guaira de una venerada pieza: el Santo Cristo de la Salud. Expone que en el archivo parroquial de La Guaira se halla un libro de la Obra Pía del santísimo Cristo que describe datos diversos sobre los inicios de esta devoción. Allí puede leerse la relación que presenta, en 1823, el padre Juan de Dios Ecarri, quien ejercía de mayordomo entonces y quien precisa detalles de la formación de la cofradía en 1658: “La primera memoria que se encuentra en la residencia de la sagrada imagen del santísimo Cristo de La Guaira es del año 1658, comprobada con la petición que hizo al ordinario Eclesiástico Manuel Pinto de Almeida, para erigir en cofradía la reunión de devotos del Señor”. El mismo Pinto presenta un memorial en nombre de los vecinos del puerto de La Guaira. También habla de la necesidad de colectar fondos suficientes para una obra pía.

Prosigue Alonso comentando un hecho que se ha repetido innumerables veces y que puede considerarse parte de las tradiciones religiosas populares en torno a diversos santos: el intercambio de imágenes. Para hacer corto este relato simplemente diré que el crucifijo encargado a España por los fieles de La Guaira arribó al puerto de Maracaibo; lo mismo ocurrió en fecha posterior con el que la feligresía marabina encargó al mismo taller sevillano y que por equivocación desembarcaron en el litoral central. Ambos grupos de fieles al conocer el error convinieron en que era mejor aceptar las cosas y así se quedaron intercambiadas las imágenes.

Uno de los favores que pude conocer de niña, aunque de manera breve y sencillamente explicada, tiene que ver con una circunstancia referida por Fray Feliciano: se trata de cómo el Cristo de la Salud socorrió a La Guaira en 1680 cuando unos buques piratas franceses se divisaron en el puerto. Los pocos vecinos huyeron a las montañas a fin de refugiarse mientras unos botes intentaron llegar a la playa en repetidas oportunidades, pero por más que se acercaban no lo conseguían. Los devotos estuvieron encomendándose a la protección de la venerada pieza por tres días y sus ruegos fueron escuchados. Los franceses se fueron hacia Maiquetía y de allí a Caracas.

En 1703 fueron holandeses quienes quisieron apoderarse de la plaza de La Guaira, lo que no pudieron conseguir y en 1743 vivieron el desembarco de tropas inglesas comandadas por el almirante Knowlles. El combate tuvo lugar y la imagen del crucificado fue expuesta para la veneración de los fieles. Entonces, una bala de cañón irrumpió por la ventana de la capilla del Cristo cayendo a los pies del altar y partiéndose en dos partes iguales sin causar daño alguno. No lograron ninguna victoria y cansados, los enemigos huyeron hacia Curazao.

Paulatinamente, la plaga fue apoderándose de la pieza causándole considerables daños. Cierto día del año 1913 doña Ana de Branger, ferviente devota, acudió al templo a implorar por la salud de su hija y al observar el franco deterioro de la imagen quiso costear su restauración en un taller de Caracas. Sin embargo la feligresía no consintió que su amado Cristo saliera, flanqueando la puerta principal del templo para que nadie lograra sacarla. Entonces se convino en descolgarlo de la cruz para colocarlo en una urna de cristal a fin de que estuviera resguardado el crucificado. La señora Branger, fiel a lo ofrecido, cubrió el gasto correspondiente y la urna fue mandada a hacer en España en la Casa Justo Burillo y Compañía.

Cierto es que el templo parroquial dedicado a san Pedro Apóstol se hallaba en un estado general de deterioro porque solo contaba con las limosnas escasas de los fieles para el sostenimiento del culto y la reparación requería de una fuerte suma de dinero.

Se había pensado que para el mes de marzo del año 1920 pudiera hacerse la bendición de la urna, pero esto tuvo que posponerse por el aludido deterioro del templo que pudo subsanarse gracias a otra piadosa mujer: la señorita Carlota Rivodó. Esto coincidió con la llegada al templo del nuevo párroco fray Feliciano Alonso, quien se dedicó con ahínco a la restauración. Dice el mismo fraile que “La artística urna descansa sobre un gran mesón, en cuyo frente y laterales lleva gradas para el adorno conveniente; delante va la mesa del altar donde se celebra el santo sacrificio de la misa”. Prosigue indicando con verdadero entusiasmo que todo es de cedro labrado y decorado, entre otros pormenores. Así, la inauguración de la nueva capilla del Santo Cristo de la Salud tuvo lugar en marzo de 1922.

Veo con admiración que de esto han pasado ya 98 años. Justamente leyendo todo este relato supe hace unos días que monseñor Raúl Biord Castillo, obispo de La Guaira, acaba de traer bellamente restaurado el retablo del altar de otro famoso crucificado que se encuentra en la catedral de La Guaira, conocido tradicionalmente como el Cristo de los Montemayor. El mismo pastor fue hasta los más afamados talleres del país en ese ramo, ubicados en La Azulita, estado Mérida, para traerse la pieza ya recuperada.

Termino comentando que la historia refiere cómo buenos prelados han sabido cuidar y defender el patrimonio que albergan sus templos y han protegido también, junto a anónimos devotos de buena voluntad, las más bellas devociones.

Hoy corresponde a monseñor Biord Castillo proseguir ese camino en el marco de un importante año jubilar ya que la diócesis cumple sus primeros 50 años de erigida. Enhorabuena a todos los involucrados. Por mi parte, no tengo dudas, de que mi entrañable nana ya festeja desde el cielo.

(Aguaviva. Atardecer del domingo 28 de  junio, 2020)