Asurbanipal, el conquistador asirio que quería una biblioteca

Era tan inflexible en sus guerras como en sus medidas domésticas. La arqueología ha permitido rescatar la inmensa biblioteca que reunió el enérgico emperador neoasirio.

“Yo soy Asurbanipal, poderoso rey, rey del universo, rey de las cuatro partes, rey del mundo”. La inscripción, aparecida en varios documentos de su reinado, no exageraba. Entre los años 669 y 627 antes de Cristo, el monarca asirio levantó y comandó uno de los mayores imperios conocidos hasta entonces por la humanidad. De oeste a este y de sur a norte, el Imperio Nuevo Asirio se extendió bajo su mando desde Egipto y la costa levantina (Líbano y Palestina) hasta los márgenes occidentales del actual Irán, y de Asia Menor a los inicios del desierto de la península arábiga.

Conquistador de Babilonia y Egipto, destructor de Elam, azote de judíos y arameos, freno de escitas y cimerios, este monarca, al que en el libro bíblico de Esdras se denomina “grande y célebre Asnappar”, fue un portentoso líder militar que comandaba el ejército asirio, la maquinaria de guerra más poderosa y temida, por su crueldad extrema y sus ingenios militares, de toda la Antigüedad.

Pero Asurbanipal (en asirio, Assur-bani-apli, que significa “Assur es el creador del hijo heredero”) fue mucho más. Un monarca erudito que, en Nínive, creó la primera gran biblioteca de Estado del mundo antiguo y al que, por su interés por recuperar vestigios de culturas y lenguas ya desparecidas en su época, se considera un precursor de los monarcas renacentistas. En definitiva, el primer rey ilustrado del Antiguo Oriente Próximo.

Lista asiria de reyes datada en el siglo VII a. C. en una tableta de terracota, de Aššur, Iraq

Lista asiria de reyes datada en el siglo VII a. C. en una tableta de terracota, de Asur, Irak.

Osama Shukir Muhammed Amin / CC BY-SA-4.0

La traicionera corte asiria

Pese a la gloria a que le condujeron sus victorias y la eficiente gestión de su imperio, los inicios de Asurbanipal no fueron sencillos, en una corte en la que menudeaban los asesinatos entre parientes que aspiraban al trono. Nacido alrededor de 690 a. C., era el tercer hijo de Asarhaddón. Su padre era uno de los aspirantes a su­ceder en el trono de Asiria a su abuelo, el rey Senaquerib. Este resolvió designar como heredero a Asarhaddón, que, temeroso de una conjura para asesinarle, hubo de exiliarse a Babilonia, llevándose con él al pequeño Asurbanipal.

Eran tiempos convulsos en Asiria. Senaquerib fue asesinado por sus otros hijos mientras rezaba en el templo de Nínive, lo que desató una breve guerra civil entre pretendientes a la Corona en la que se impuso Asarhaddón. Por entonces, Asurbanipal tenía cerca de diez años.

El pequeño volvió a Asiria, donde creció en medio del lujo de la corte hasta que su padre, al regreso de una campaña en Egipto, decidió dividir su reino en dos, nombrando a Asurbanipal rey de Asiria y entregando a uno de sus hijos mayores, Shamash-shum-ukin, el premio de consolación: Babilonia. Los historiadores atribuyen la elección de Asurbanipal a que era hijo de una mujer asiria, mientras que la madre del primogénito era babilonia.

Antes de acceder al trono, Asurbanipal asumió la gestión del Imperio durante las ausencias de su padre, enfrascado en campañas militares. Las crónicas ya le retratan como un monarca muy interesado en las ciencias y las letras y a quien le gustaba coleccionar tablillas con textos históricos.

Durante toda su vida alardeó tanto de sus victorias militares y su habilidad como cazador de leones como de su pasión por la cultura. “He resuelto problemas difíciles de multiplicación y división, sé leer los textos de las antiguas escrituras de Sumer y el oscuro lenguaje de Acad. A veces, he sentido cólera porque no podía comprender las inscripciones de tiempos anteriores al Diluvio”, consta en una de sus inscripciones más famosas.

“Fue un esteta, sensible a las artes, la literatura y las ciencias”, señala a historia y vida Hartmut Kühne, profesor de Arqueología en la Universidad de Berlín y uno de los mayores expertos mundiales en Asiria. De hecho, de los territorios conquistados, Asurbanipal se hizo traer documentos (entonces tablillas) históricos, religiosos, de astronomía y de ciencia. Así, obtuvo escritos de Babilonia, Nimrud, Borsippa…

Las cualidades físicas del rey: Asurbanipal ejecutando a un león durante una cacería real, según un bajorrelieve de Nínive.

Asurbanipal matando a un león durante una cacería real, según un bajorrelieve de Nínive.

Dominio público

En una carta en que queda patente su deseo de conocer el pasado, Asurbanipal ordena a sus enviados que recopilen “rituales, oraciones, inscripciones en piedra y cualquier cosa que fuera útil para la realeza”. En una misiva remitida al rey por uno de sus emisarios, este le informa de que le lleva “una vieja tablilla hecha por Hammurabi”.

El rey de la información

Con todos ellos, y con la aspiración de acumular bajo un mismo techo todo el saber de la época, Asurbanipal creó “la más completa biblioteca de Estado” que se conoce de la antigua Mesopotamia, según el doctor en Historia Antigua Fernando Fernández Palacios, autor de la obra más completa escrita en castellano sobre este monarca.

El autor destaca “la verdadera curiosidad por el pasado y los diferentes saberes, los cuales le servirían para diversas cosas: afirmar su autoridad frente a los poderes eclesiásticos, controlar información delicada, poseer el monopolio de los saberes, sin olvidar el componente de superstición que en estos imperios dominaba a mucha gente, así como el acceso a la astrología y otras disciplinas de gran relieve en aquel mundo”.

El hombre moderno debe a Asurbanipal la posibilidad de acceder a buena parte del acervo cultural de Mesopotamia

Esa biblioteca estaba repartida en tres emplazamientos de Nínive, su capital, una ciudad que llegó a tener 130.000 habitantes y que, según escribió el profeta Jonás, “requería tres jornadas para recorrerla”. En estas tres bibliotecas se han hallado cerca de treinta mil tablillas dedicadas a la adivinación, la religión, la ciencia y la literatura.

En 1853, cuando se localizan los primeros restos de su palacio, se encuentra la conocida como Biblioteca de Asurbanipal, con 20.000 fragmentos de tablillas. Poco antes, en 1849, ya se había dado con una primera biblioteca, y en 1927 se descubrió una tercera. El contenido de todas ellas fue trasladado al British Museum.

Entre aquellos documentos, además de los anales del soberano –relatos de un alto valor literario con lo ocurrido durante su reinado y donde se dejaba constancia, sobre todo, de las campañas militares–, se encuentran transcripciones de tablillas escritas en lenguas ya muertas en aquella época. “Todas juntas, esas tablillas ocupan más de cien metros cúbicos, y para publicarlas harían falta más de quinientos volúmenes de 500 páginas cada uno”, señala el profesor Fernández Palacios.

Imagen de las murallas de Nínive tomada en el año 1990.

Imagen de las murallas de Nínive tomada en el año 1990.

Fredarch / CC BY-SA- 3.0

Cazatesoros cultural

El hombre moderno debe a Asurbanipal y a su interés por recopilar el conocimiento de su tiempo la posibilidad de acceder a buena parte del acervo cultural, científico y literario de la antigua Mesopotamia. “Aunque es cierto que esas bibliotecas ya fueron creadas en el siglo XIV a. C. por sus antepasados, Asurbanipal intensificó la tarea de editar, copiar y componer, lanzándose a ‘cazar’ textos antiguos e incluso contratando escribas extranjeros.

A él debemos la mayor recopilación de ciencia y literatura precristianas. Su misión es comparable al papel de los estudiosos y escribas árabes que en la Edad Media trasladaron la filosofía y literatura griegas a Europa”, añade el profesor Kühne.

“Hay obras que no conoceríamos si no fuera por sus bibliotecas”, dice Fernández Palacios. Así, es entre sus tablillas como un asistente del British Museum identifica en 1863 la Epopeya de Gilgamesh (obra cumbre de la literatura sumeria) o el poema Enuma Elish sobre el mito de la creación babilonio. También, entre otras joyas, se localiza ahí la conocida como Tableta del Diluvio, un documento anterior a la Biblia en el que se menciona un diluvio universal, o textos matemáticos y astronómicos, e incluso fórmulas para lograr la inmortalidad.

Por fortuna, tras el posterior saqueo e incendio del palacio, no solo no se destruyeron estas obras, sino que, al ser de arcilla, se cocieron y multiplicaron su resistencia al paso del tiempo.

Conquistador implacable

Durante los 42 años que se prolongó su reinado, un período inusualmente largo en aquella época, Asurbanipal empleó tanto la diplomacia como la guerra en la gestión de su imperio. Pese a ser de natural enfermizo –en una ocasión, su médico hizo elaborar una imagen del rey para engañar a la diosa de los muertos, Ereshkigal–, ordenó numerosas campañas militares, encabezando algunas de ellas. Su vertiente culta convivía con la de un monarca despiadado.

“Así se le muestra en los relieves de la batalla del río Ulai contra los elamitas. Decapitó al rey y le colgó en un árbol de su jardín. En el relieve se le ve con su mujer mientras le sirven nobles elamitas hechos prisioneros”, detalla Kühne. De otros reyes o nobles a los que derrotó se hizo traer sus cabezas cercenadas o sus cuerpos conservados en sal. O incluso los humilló colocándoles collares de perro.

El Estado asirio era un ente militarista, y su rey era el designado por el dios Assur para extender el Imperio hasta conquistar el mundo. Así, poco después de su ascenso al trono, con apenas 21 años, lanzó dos ofensivas contra Egipto que le permitieron conquistar el delta del Nilo y las ciudades de Menfis y Tebas.

Eso sí, pocos años después, la imposibilidad de gestionar el territorio le llevó a retirarse. Más tarde hubo de aplastar la sublevación de su hermano mayor, que comandaba Babilonia. Una rebelión a la que se sumaron prácticamente todos los rivales de Asiria: acadios, caldeos, árabes, elamitas y gentes del País del Mar.

Tras cuatro años de guerra y un asedio despiadado a Babilonia capital –las inscripciones asirias hablan incluso de que se llegaron a dar allí casos de canibalismo–, la urbe cayó. Los notables de la ciudad fueron duramente castigados: mutilados, desollados vivos y sacrificados como ofrendas. Eso sí, la consigna dada por Asurbanipal fue clara: la biblioteca babilonia había que preservarla. Sus enviados recopilaron y copiaron los libros que atesoraba.

Asurbanipal castigó también a Elam, el hasta entonces gran imperio rival de Asiria, por su apoyo a la revuelta. Elam fue conquistado y su capital, Susa, arrasada sin piedad. Los vencidos fueron masacrados, e incluso los campos de cultivo fueron regados con sal para que quedaran improductivos.

Fueron pioneros en los desplazamientos masivos de población conquistada de un territorio a otro

Los asirios disponían del más poderoso y mejor organizado ejército de su tiempo. Fueron de los primeros en proporcionar armas de hierro a sus combatientes, aprendieron la guerra a caballo de los escitas y desarrollaron grandes máquinas de asedio. Sus torres de asalto y arietes se utilizaron, sin grandes variaciones, hasta la Edad Media.

Además, fueron pioneros en la guerra psicológica. Así era como aplicaban sus atroces castigos. Cuando una ciudad era vencida, se masacraba a toda la población, decapitando, desollando o empalando a los prisioneros. De ese modo, se lograba que otros reinos se lo pensaran dos veces antes de plantear batalla. Otro método, en el que también fueron pioneros, eran los desplazamientos masivos de población de un territorio a otro.

Sin embargo, incluso en mitad de la represalia salvaje contra Susa asomó el interés por la historia de Asurbanipal. Ordenó el traslado a Asiria de una estatua de la diosa Nana que un rey elamita se había hecho traer de Ur 1.600 años antes.

Como otros reyes asirios, Asurbanipal era un gran amante del lujo. Sus palacios estaban bellamente decorados, disponía de inmensos jardines e incluso se criaban para él leones como mascotas, un animal cuya caza representaba su deporte predilecto. Pese a tener una mujer favorita, Asurbanipal contaba con un harén enorme, parte del cual le acompañaba en las largas campañas militares.

El Señor destruirá Nínive y hará de ella un gran desierto»

Sofonías

Pero, a pesar de sus victorias, Asurbanipal legó un gigante con pies de barro. Numerosos historiadores atribuyen al hecho de no haber dejado bien atada su sucesión el que las disputas por la Corona derivaran en un rápido declive del Imperio Nuevo Asirio.

“La lucha por el poder a su muerte –que se cree se produjo en 627 a. C.– debió de ser feroz, y evidencia de ello es el caos que siguió a su fallecimiento”, señala el profesor Fernández Palacios, que agrega otro factor: “El empuje por el este de medos y otros pueblos, unido a la coalición de intereses entre babilonios y egipcios por acabar con su milenario rival, da cuenta del precipitado final de Asiria”.

En 612 a. C., apenas 15 años después de su muerte, una alianza de babilonios y medos destruyó su brillante capital. De un modo u otro, se cumplía el designio del profeta bíblico Sofonías: “El Señor destruirá Nínive y hará de ella un gran desierto”.

ANTONIO BAQUERO

30-07-2020

La Vanguardia