Católico y «católico»

Paul Scalia, sacerdote de la diócesis de Arlington, Virginia, donde se desempeña como vicario episcopal para el clero:

En el Evangelio de hoy, nuestro Señor asemeja el Reino de los cielos a «una red arrojada al mar, que recoge peces de todo tipo». (Mt 13: 44-52) Esa red, que reúne no solo un tipo de pez, sino también peces de todo tipo, sirve como una buena descripción de lo que confesamos todos los domingos: la Iglesia es católica.

Ahora bien, la mayoría de las personas probablemente piensa en «Católico» como la marca de una denominación cristiana en particular. Sí, hablamos coloquialmente de la Iglesia Católica, como distinta de las iglesias luterana, episcopal, metodista, etc. Pero esa es una designación bastante reciente, solo a partir la Reforma. Antes de que la Iglesia fuera «Católica», ella ya era «católica». Esta es una verdad que encontramos expresada en los primeros años de la Iglesia. La palabra «católico» significa universal, abrazando y uniendo todas las cosas en una unidad (del griego kata holos, «conforme al todo»).

La distinción, y la relación, entre «Católico» y «católico» es importante: uno no puede ser Católico sin ser también católico. Ser miembro de la Iglesia significa compartir su catolicidad. Entonces, ¿qué implica eso?

Primero, la Iglesia es católica —universal— en el sentido más obvio: para todas las gentes. «Here comes everybody» [Aquí viene todo el mundo] es la famosa descripción de James Joyce de la Iglesia. Ella da la bienvenida a todos los vinientes, abraza e incorpora a todas las gentes: «de cada nación, de todas las tribus y pueblos y lenguas, todos los pueblos, de cada raza, nación y país a lo largo y ancho del mundo». (Apocalipsis 7: 9) Ella no deja ningún grupo o tipo de gentes afuera de su misión y atención.

Católico en este sentido, sin embargo, no significa todos revueltos de mala manera, como arrojar toda la ropa dentro del armario. Significa, más bien, que todas las gentes son reunidas como una, como un todo unificado. En los Estados Unidos estamos presenciando, ahora, lo que le sucede a una sociedad cuando sus diversos pueblos han perdido su principio de unidad. La Iglesia, sin embargo —y, al final, solo la Iglesia— es verdaderamente universal, porque ella abraza a todas las gentes, y las convierte en un solo cuerpo, en Cristo.

Las implicaciones de esta universalidad deberíann ser claras. Ello significa, primero, que damos la bienvenida a todas las gentes a la Iglesia. Quienquiera que se arrepienta y crea, es bienvenido; independientemente, de cualesquiera cualidades accidentales. Más aún, esta catolicidad requiere que busquemos activamente llevar el Evangelio a todas las gentes; y, todas las gentes, a la Iglesia.

Segundo, la Iglesia es católica en el sentido de que ella perdona todos los pecados. Esto es una consecuencia de que ella sea la presencia continuada, de Cristo mismo, en el mundo. Nuestro Señor la ha autorizado a actuar y hablar en Su Nombre. Él confió a sus ministros el propio poder, de Él, para perdonar; un poder únicamente  limitado por el deseo de una persona de ser perdonada.

Por vía del ministerio de la Iglesia, cualquiera de nuestros pecados, desde el más trivial hasta el más severo, puede ser perdonado, cuando nos arrepentimos y pedimos perdón. Lo que también significa que deberíamos desear la extensión de ese perdón y reconciliación. De hecho, deberíamos participar en el ministerio de reconciliación de la Iglesia. Como tal, nuestro propio perdón personal debe extenderse tanto como el de la Iglesia, desde el desaire más trivial hasta el pecado más grave contra nosotros. En cuanto al perdón, nunca podemos decir, «hasta aquí, y no más allá».

A lo largo de su historia, desde Tertuliano hasta Calvino, la Iglesia ha visto a muchos rigoristas a quienes les gustaría acortar el alcance de su misericordia. Como los esclavos en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13: 24-43), ellos quieren una Iglesia de santos, no de pecadores. En la actual «cultura de cancelación», las turbas de rigoristas seculares nos dan una idea de cuán brutal es una sociedad que desea pura justicia (o lo que es exhibido como justicia), sin piedad.

Finalmente, la Iglesia es católica en el sentido de que ella posee toda la verdad. Todo lo necesario para la salvación se encuentra dentro de su doctrina. Todas las religiones poseen algunos aspectos de la verdad. Solo la Iglesia de Cristo posee la plenitud de la verdad.

Nótese, que la red en la parábola trae «todos los tipos de peces», tanto los deseados como los no deseados. Del mismo modo, la Iglesia tiene verdades agradables (dignidad humana, perdón, cielo) y verdades duras (pecado, juicio, infierno). Ser católico significa asentir a todo lo que la Iglesia enseña —no solamente a las partes que nos gustan.

La historia de la Iglesia está embasurada de herejías, una palabra que designa la elección de una verdad, con exclusión de otras (Del griego, nuevamente, haerisis; no, kata holos). Aquellos que hacen eso, dejan de ser católicos, porque no están abrazando la plenitud de la verdad; sino solo las partes de la verdad que les agradan. Si nos decimos católicos, debemos demostrar que somos verdaderamente católicos, abrazando todas las verdades —no solamente las que nos resultan convenientes.

Los hijos de la Madre Iglesia deben parecerse a ella. Esto es así, de tal modo, que debemos esforzarnos por ser católicos en nuestro celo por ganar almas; en el alcance de nuestra misericordia; y en nuestro abrazo de la verdad.

P. Paul D. Scalia
Domingo 26 de julio de 2020
 
Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de:
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El p. Paul Scalia es sacerdote de la diócesis de Arlington, Virginia, donde se desempeña como vicario episcopal para el clero. Su nuevo libro es That Nothing May Be Lost: Reflections on Catholic Doctrine and Devotion [Que nada se pueda perder: reflexiones sobre la doctrina católica y la devoción].