Confianza rota

Carlos Roa: (*)
Cuando el insólito proyecto chavista supera ya las dos décadas de ostentación del poder en Venezuela, sus propios engendros comienzan a volverse contra ellos.
Hoy queremos referirnos a la confianza, elemento imprescindible para que mantuvieran una fachada de formas democráticas. Hoy ha sido completamente devastada y amenaza con terminar de descorrer los tenues velos que intentan esconder el horror inútilmente.
Durante años los venezolanos votamos, marchamos, firmamos y protestamos; convencidos de que las vías civiles y cívicas eran la manera de contener a un proyecto político que muy tempranamente se arrancó la piel de cordero, para mostrar sin pudor las garras y colmillos amenazantes que no tardaron mucho en mancharse de sangre.
Nuestra experiencia de estrellarnos una y otra vez contra un Consejo Nacional Electoral cosido a la medida y un Tribunal Supremo de Justicia groseramente complaciente, nos fueron haciendo desistir.
“Es perder el tiempo”, nos decíamos a nosotros mismos. La apatía fue ganando a muchos y la voluntad de participar se desplomó. La desesperanza aprendida ganó terreno y el régimen parecía haber triunfado en el objetivo de desmovilizar a quienes lo adversábamos.
Lo que cabe preguntar es si ellos alguna vez sacaron la cuenta de que este escenario se podía volver en su contra.
Porque, para revertir resultados electorales a su favor, necesitaban gente que fuera a emitir su voto. Y el atropello a la confianza del ciudadano en sus instituciones ha sido tan devastador, que inmovilizó de forma casi total a los venezolanos.
Es así como llegamos a las irregulares elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018, realizadas a la carrera, antes de lo previsto, saltando parámetros legales y con una estruendosa condena de la comunidad internacional.
Ya para el día 14, los países miembros del Grupo de Lima habían adelantado su desconocimiento a la convocatoria. Tras el evento, más de 60 países lo desconocieron. A ellos se unieron organizaciones como las Naciones Unidas, La Organización de Estados Americanos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Con los principales líderes opositores encarcelados o en el exilio, con muchos de ellos inhabilitados o con procesos legales de dudosa legitimidad abiertos en su contra, no se podía esperar otra consecuencia.
La creciente erosión de la confianza en los procesos electorales de la Venezuela chavista-madurista llegó a su clímax. La abstención se situó, según el mismo CNE, en 54%: la más alta para una elección presidencial en Venezuela desde el restablecimiento de la democracia, en 1958.
La participación en los comicios fue de 46%. El promedio de participación en las tres elecciones presidenciales previas (2006, 2012 y 2013) fue de más del 79%, según Eugenio Martínez, periodista experto en procesos electorales.
Pero peor aún fue el rechazo masivo a la Asamblea Nacional Constituyente de 2017, también desconocida por la mayoría de la comunidad internacional. Para el momento, la opositora Mesa de la Unidad Democrática informó que solo un 12,4% del padrón electoral emitió su voto. Según los números, la abstención rondó 87%.
Con estos alarmantes antecedentes de desconfianza, Venezuela debe enfrentar este año la renovación de su Asamblea Nacional, único ente cuya legitimidad permanece aún en pie. La convocatoria es un dolor de cabeza, no solamente para las fuerzas democráticas, sino para el mismo régimen, que ha sufrido dos reveses consecutivos en su credibilidad, tras sendos eventos electorales emblemáticos.
Sin votantes en los centros no hay manera de construir una narrativa que justifique al poder. Y las sanciones internacionales aprietan cada día más. ¿La política del carrito chocón se vuelve contra sus perpetradores? Amanecerá y veremos.
(*) Miembro de Expresión Libre