Discriminación indiscriminada

Alicia Álamo Bartolomé:

Este es un mundo incompleto. Tiene demasiadas fallas y por eso creo que en ese espacio infinito donde existen millones de galaxias y sistemas solares, en alguna parte, tiene que haber vida. Distinta a la nuestra, tal vez o seguramente, pero seres racionales creados por Dios. No me parece posible que al Creador no le haya salido su obra perfecta en alguna parte. En el planeta Tierra fue un intento fallido. Quiso hacer en el universo un punto pleno de armonía, donde los reinos de la naturaleza se necesitaran y complementaran unos a otros, pero la que tendría que haber sido su obra maestra, el hombre, creado a su imagen semejanza, racional y libre,se descaminó y trastornó el equilibrio. En grito de esperanza, que secundo, dice san Pablo:… la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre con dolores de parto hasta el momento presente. (Romanos 8, 21-22)

Sí, seguimos con dolores de parto, pero no está vencida la esperanza. Como el mismo parto, con todo lo traumático y doloroso que pueda ser, tiene siempre la ilusión de una vida nueva que llega; así debemos ver a la madre Tierra, en larguísimo y terrible trance para dar a luz una nueva humanidad. Porque la actual no sirve, está dividida y herida profundamente, hasta parece que tiene el alma muerta. De otra manera no se explica ese odio entre hermanos, esa discriminación que cobra vidas y enluta familias cada día. Es desconsolador ver cómo nos discriminamos uno  otros por puras sinrazones. La discriminación racial tan inhumana, que nos ha llenado de sangre por siglos. La discriminación étnica, catástrofe constante que divide en odios la unidad humana. La discriminación político-ideológica, donde cada uno pretende componer el mundo para destruirlo más. La discriminación religiosa, la más trágica y absurda, porque vuelve enemigos a los amigos de Dios. Por eso hablo de discriminación indiscriminada que debe terminar si queremos seguir siendo.

¿Pero cómo? Es la tarea más ímproba que tiene la humanidad de hoy. Aunque en su primera acepción ímprobo viene de falta de probidad, en su segunda parece más bien que viniera de improbable y es la que está más acorde con lo que trato aquí. Para nosotros, los seres humanos, sumidos como estamos en una pandemia mundial y corporal, no lo estamos menos en una igual psíquica y espiritual: el desaliento y la ausencia de esperanza.

Es muy difícil hoy en día ser profeta o proponer soluciones, lo que impera es el desconcierto, pero sí me parece tener claro –al menos así lo veo yo- que la reforma de una sociedad, una nación o un mundo no puede empezar masivamente sino particularmente: de la unidad al conjunto, al todo. No es cuestión de arengas en las plazas, que pueden ser buenas en un momento dado, sino de una actitud personal de cada individuo. Si queremos acabar con la fatal discriminación en el mundo, tenemos que extirparla dentro de nuestro corazón, así nos venga en los genes, de lo contrario, es batalla perdida. Ahora, ¿queremos superar esa lacra?

Parece que hay gente que no, de lo contrario no se experimentaría ese retroceso tan enorme que ha dado el adelantado país de los Estados Unidos, en esa lucha que ya parece sin cuartel. La muerte del joven negro a manos del cruel policía blanco desató un tempestad de violencia. Y ahora reaviva otra discriminación latente: el odio contra la hispanidad, cuando ésta está presente, con errores y virtudes, como forjadora de la patria. En los estados de California, Texas y Florida, por ejemplo, querer negar ahora la presencia de España es un contrasentido, nombres de ciudades, pueblos y regiones son en castellano. Tendrían que ponerse a borrar el mapa. Y personajes decisivos para consolidar ese gran país, como el santo fraile franciscano Junípero Serra, reconocido como tal hasta hace poco, no puede ser arrinconado de un manotazo, aunque tumben su estatuas y su obra.

Mientras no logremos extirpar toda discriminación degradante dentro de cada uno de nosotros, no conoceremos la paz.

Alicia Álamo Bartolomé