Flannery O’Connor no era racista

Lorraine Murray, autora de The Abbess of Andalusia: Flannery O’Connor’s Spiritual Journey [La Abadesa de Andalucía: el Viaje Espiritual de Flannery O’Connor:

Flannery O’Connor sería la última figura cultural que habría que cancelar. El título del artículo reciente de Paul Elie en The New Yorker, «¿Cuán racista era Flannery O’Connor?» hace presumir su culpabilidad. Saltando al carro de la cancelación, el presidente jesuita de la Loyola University Maryland ha anunciado que su nombre será retirado de un dormitorio.

Pero esta es la mujer que escribió una historia que revela conmovedoramente el sufrimiento de los negros en el sur. Esta es la mujer cuyo director espiritual era un sacerdote jesuita, James McCown, conocido como un fuerte defensor de la integración. Y esta es también la mujer que dijo —después de una experiencia perturbadora que involucraba el cruel comentario que un conductor de autobús dirigió a los pasajeros negros— «me convertí en integracionista».

 Es cierto que O’Connor a veces usaba la palabra «n» en sus cartas y narraciones, así como el término «basura blanca», pero esto no era traumatizante para alguien nacido en Georgia en 1925.

De hecho, algunas de las mejores narraciones de O’Connor revelan la fea parte corrupta del racismo entre los sureños blancos, al tiempo que muestran cómo la gracia de Dios puede convertir los corazones. En «Revelación», una pobre mujer blanca, sentada en la sala de espera de un médico, habla en voz alta de enviar negros de regreso a África. La Sra. Turpin, que se enorgullece de ser terrateniente en lugar de «basura blanca», comparte sus propios pensamientos racistas hasta que una callada estudiante universitaria le arroja un libro a la Sra. Turpin y le susurra: «Vuelve al infierno del que vienes, viejo jabalí».

Este es el momento de gracia para la Sra. Turpin, quien más tarde tiene una visión de las personas haciendo cola para entrar en el cielo, los negros entran primero y los terratenientes blancos al final.

Paul Elie citó un incidente en 1959, en el que  el autor negro James Baldwin estaba viajando a Georgia, y un amigo de Nueva York sugirió que O’Connor debería encontrarse con él. O’Connor le explicó a su amigo los modales del sur profundo: «En Nueva York sería placentero conocerlo; aquí, no lo sería». Tal reunión, agregó, causaría «el mayor problema, disturbio y desunión» en una ciudad del sur.

Elie asevera que esta negativa es una prueba del racismo de O’Connor: «Los admiradores de O’Connor han estado minimizando esos comentarios desde entonces». Pero tales comentarios no son momentos de micrófono caliente o  conversación descuidada. Fueron escritos en el mismo escritorio donde O’Connor escribió su novela y se encuentran en la misma correspondencia que produjo el aumento de su estatura».

Pero William Sessions, un amigo de O’Connor, de toda la vida, dijo que  ella expresó «una angustia considerable» por no poder recibir a Baldwin en su casa; y que cuando O’Connor se hizo amiga cercana de una mujer negra, durante sus días de posgrado en Iowa, su madre, Regina, protestó, diciendo que los contactos inter-raciales eran peligrosos. La joven O’Connor se había mantenido en sus trece, diciendo que sus «amistades no se verían obstaculizadas por consideraciones raciales». O’Connor, de treinta y dos años, sufría de lupus y era extremadamente dependiente de su madre y, por consiguiente, más inclinada a seguir sus reglas.

El cuento de O’Connor, de 1955, «The Artificial Nigger» causó una gran controversia en ese momento y todavía lo hace hoy, pero revela su simpatía por el sufrimiento de los negros del sur; tal vez, mejor que cualquier otra cosa de las que escribió. El señor Head, de una región apartada del bosque, quiere llevar a Nelson, su nieto de 10 años, a visitar Atlanta, para que el niño pueda presenciar la desolación de la gran ciudad y contentarse con quedarse en casa en su pequeño pueblo.

Nelson nunca ha visto a un hombre negro, y el Sr. Head le asegura que no le gustará Atlanta porque está «lleno de n*****s». Después de que se pierden, el abuelo decide demostrar lo importante que es él para el niño, fingiendo dejarlo atrás. Nelson se aterroriza tanto que choca contra una multitud, derribando a una mujer mayor. La policía aparece y quiere que el Sr. Head asuma la responsabilidad del comportamiento del niño, pero el anciano hace lo impensable al negar que el niño sea pariente suyo.

Después de este terrible momento de traición, los dos se encuentran con la figura de yeso de un hombre negro. La estatua es inestable, agrietada, astillada y sostiene una sandía marrón. No pueden decir la edad del hombre artificial, ya que se ve «demasiado miserable» para ser joven o viejo.

Mientras lo miran, lo ven como «el monumento a la victoria de otro» y sienten que este «disuelve sus diferencias como una acción de misericordia». La estatua destruida despierta en Mr. Head los primeros sentimientos de simpatía por lo que los negros han sufrido en el sur. O’Connor dijo más tarde que nada encapsulaba tanto la tragedia del Sur, como estas estatuas.

En una carta, O’Connor describió una experiencia que la había enfrentado cara a cara con el sufrimiento de la vida real que sufren los negros. Una revelación personal había tenido lugar en un autobús. El conductor le dijo a los ocupantes de atrás, que eran negros: «Muy bien, todos ustedes, rubios de estufa, pónganse allá atrás». ¿La reacción de O’Connor? «Me convertí en integracionista».

O’Connor favorecía cambios sociales lentos, en lugar de dramáticos; en gran parte, debido a su preocupación por la reacción del KKK. En el pequeño Milledgeville, Georgia, quemaban cruces y amenazaban vidas cada vez que había sentadas [Una sentada es una forma de protesta no violenta que implica ocupar asientos o sentarse en el suelo de un lugar, en general, público. Wikipedia] y asustaban a algunas personas negras para que abandonaran la ciudad.

En 1963, O’Connor informó que algunos negros en Milledgeville habían solicitado al ayuntamiento que integrara las escuelas, los restaurantes y la biblioteca. Sin el conocimiento de ellos, sin embargo, la biblioteca se había integrado en silencio el año anterior. Para O’Connor, eso ejemplificaba cambio que se producía en silencio, sin publicidad —y sin problemas.

Ella creía que los problemas en el Sur no se resolverían por completo mediante la aprobación de leyes sino que se requería un cambio en el comportamiento y la cultura. El Sur tuvo que evolucionar «una forma de vida en la que las dos razas [pudieran] vivir juntas tolerándose mutuamente». Esto requeriría una «gracia considerable» y un código de modales basado en la caridad mutua.
Sin duda, ella estaría de acuerdo en que podemos legislar las formas en que las personas reciben educación, los lugares a los que pueden ir y las cosas que se les permite hacer. Pero no podemos aprobar leyes que exijan que las personas de diferentes razas se vean como vecinos. No podemos exigirles que se amen como Cristo los ama. Este cambio de corazón, por encima de todo, requiere la poderosa intervención de Dios en los corazones de los hombres.

Como O’Connor comentó, el Sur «todavía cree que el hombre ha caído y que solo es perfectible por la gracia de Dios; no, por sus propios esfuerzos inasistidos». En resumen, algunas personas necesitan que un libro les pegue en la cabeza, como le sucedió a la Sra. Turpin, antes de que vean la luz de la verdad.

Lorena V. Murray

Jueves 30 de julio de 2020

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de: https://www.thecatholicthing.org/2020/07/30/flannery-oconnor-was-not-a-racist/

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Lorraine Murray es la autora de The Abbess of Andalusia: Flannery O’Connor’s Spiritual Journey [La Abadesa de Andalucía: el Viaje Espiritual de Flannery O’Connor. Es columnista de The Atlanta Journal-Constitution y de The Georgia Bulletin. Vive en Decatur, Georgia.