Manifiesto del Consejo Superior de la Democracia Cristiana: La unidad del país para rescatar la democracia

 

El Consejo Superior de la Democracia Cristiana no es vocero de ningún partido político. Dirige su llamado a todos los venezolanos de buena voluntad en este momento trágico de la vida de Venezuela, solicitando vehementemente la unidad en el esfuerzo por reconstruir la Patria. Hemos sido militantes y dirigentes al servicio del humanismo cristiano durante muchos años. Sabemos que hoy hay adherentes al pensamiento humanista cristiano en diversas parcialidades políticas y en diversas expresiones organizadas de la sociedad civil. A ellos nos dirigimos. Y también hacia todos aquellos que, teniendo un pensamiento distinto al nuestro, tienen el común denominador del amor a Venezuela. Es el momento de unificar esfuerzos. Para rechazar, en todos sus aspectos, la felonía imperante. Para apartar la accidentalidad de las diferencias en la tarea, sustancial e impostergable, de revitalizar institucionalmente la sociedad venezolana. Para lograr el cambio inmediato.

Tenemos una presencia ya casi centenaria en la vida pública venezolana ─desde el postgomecismo hasta estos años de sombra y anti-patria─. Seguimos en la política  -mencionando a modo indicativo solo algunos nombres- la senda abierta por Rafael Caldera, Luis Herrera Campíns, Pedro del Corral, Lorenzo Fernández, José Antonio Pérez Díaz, Arístides Beaujon, Godofredo González, Arístides Calvani, Enrique Pérez Olivares, María de Guzmán, Dagoberto González, Hilarión Cardozo, Manuel Guanipa Matos, José Casanova Godoy y tantos otros. Cada quien recordará la referencia humana que fue cátedra viva que motivó su decisión de servir a Venezuela. En nuestra historia hay luces y sombras, aciertos y errores, éxitos y fracasos. Asumimos esa historia en su totalidad. Es el momento del olvido de diferencias que nos han distanciado para contribuir eficazmente a la unidad de lucha democrática.

Urge el inmediato cambio político. Hacemos causa común con la gran mayoría de compatriotas que rechazan indignados la farsa electoral auspiciada por la dictadura. Iniciativa esta, acompañada además por el secuestro de los partidos políticos. COPEI, AD, PJ, VP entre muchos que han sufrido el zarpazo inconstitucional que busca, con una falsificación de las entidades partidistas, confundir al ciudadano común para llevarlo bajo engaño a una participación en un proceso fraudulento. Ningún auténtico demócrata participará en una mascarada colaboracionista. La única elección válida será la libre, garantizada y supervisada elección presidencial, que ponga fin a la usurpación existente. Con garantías y supervisión avaladas por la comunidad internacional.

Urge el inmediato cambio social y económico. La desintegración del país, la pandemia, la escasez de alimentos y medicinas, el colapso de los servicios públicos, de todo el aparato productivo del país; y la forzada migración de millones de venezolanos que huyen de la más espantosa miseria, presentan como necesario un renacer de Venezuela que sólo comenzará con la sustitución del perverso sistema impuesto y de quienes en los últimos 20 años han destruido el país.

Urge el inmediato cambio moral. Venezuela requiere, ahora, sin más retrasos, no solo un cambio político y socio-económico. Para que ambos sean viables se requiere un profundo cambio moral. El cáncer de la corrupción, a niveles nunca vistos desde la fundación de la República, debe ser extirpado. Con la recuperación de lo que se han robado puede renacer la economía venezolana. Hay que recordar, a todos los niveles, con el volumen que sea necesario, todas las veces que haga falta, que sigue vigente el mandamiento: ¡El Séptimo, no hurtar! No puede haber impunidad frente al saqueo, al crimen ecológico, al robo de nuestras riquezas.

¡Ni complicidad, ni impunidad! Como tampoco puede haber complicidad, impunidad, ni silencio, frente a las reiteradas y mantenidas violaciones a los derechos humanos. Los asesinados, los torturados y los presos políticos exigen justicia. Los crímenes y los delitos de lesa humanidad reclaman sanción en instancias nacionales e internacionales. Contemplar el panorama desolador de atropellos y no condenarlos es hacerse cómplice de ellos.

El renacer de Venezuela exige de todos la unidad. En primer lugar, de nuestra variada y dispersa familia demócrata cristiana. No se puede mirar hacia el futuro atisbando con miopía las heridas del pasado. Pero más allá de la unidad de nuestra familia de pensamiento, está ahora la unidad más amplia de la Patria.

La exigencia de la unidad se resume en dos cosas: reconocimiento de la naturaleza totalitaria, y corrupta  de la cúpula que ha secuestrado al Estado, y el compromiso de luchar claramente sin estrategias y tácticas que supongan la convivencia cómplice con ella.

Esa lucha por la libertad, las libertades, la justicia y la democracia, supone la estructura operativa unificada de un *Comité de Reconstrucción Nacional*  basado no solo en las estructuras político-partidistas existentes, sino, además, con la participación de los organismos operativos de la sociedad civil. Ese Comité acompañará la lucha del país democrático, del Presidente (e) Juan Guaidó y de la Asamblea Nacional, por el cese de la tiranía y en el restablecimiento de la institucionalidad republicana.

Este es el momento de mayor debilidad real en 20 años del  régimen que ha destruido a Venezuela. Debilidad interna y externa. Si los factores políticos y sociales se muestran a la altura de su responsabilidad, se puede poner fin a la tragedia nacional. Por eso llamamos a la unidad real de todos los que inspiran su acción pública en los principios del humanismo cristiano; y a la unidad real de todos los sectores democráticos que, de verdad, rechazan la injusticia y el desorden del totalitarismo imperante.

En 1858 la unidad nacional acabó con el Monagato, que había consolidado su dictadura asaltando al Congreso el 24 de enero de 1848. En 1958 la unidad nacional acabó con el perezjimenismo que se entronizó con las elecciones fraudulentas de 1952.

La unidad es ahora. Es la hora de la libertad.

 

Por el CONSEJO SUPERIOR DE LA DEMOCRACIA CRISTIANA:

 

Pedro Pablo Aguilar, Oswaldo Álvarez Paz, Humberto Calderón Berti, Andrés Caldera, José Curiel, Abdón Vivas Terán, Julio César Moreno León, José Rodríguez Iturbe, Maritza Izaguirre, Román Duque Corredor, Gloria Capriles, Haroldo Romero, Nelson Maldonado, Ivonne Attas, Emilio López, Jesús Ganem Martínez, Guillermo Yepes Boscán, Enrique Naime.

Consultores: Gustavo Tarre Briceño y Asdrúbal Aguiar.

Secretario Ejecutivo: Lorenzo Tovar.