País del juego trancado

Bernardo Moncada Cárdenas:

«El hombre es tan aficionado a los sistemas y a las deducciones abstractas que está dispuesto a falsear deliberadamente la verdad, a negar la evidencia de sus sentidos con el fin de justificar su propia lógica» Dostoievski. Apuntes del subsuelo

Después de una semana viajando frecuentemente por Tweeterland, y WhatsAppia, únicos países donde uno puede salir con frecuencia en estos días de pandemia, pasaportes vencidos, y atroz devaluación de sus ingresos, viene uno espantado de la experiencia. Es pasmosa la hostilidad que ha llegado a ser actitud vital de tantos compatriotas, especialmente en la política, la que debería seguir siendo arte de la convivencia de discrepantes en pro de acercarse al bien común. La diplomacia y la cortesía son ahora consideradas equiparables a la mendacidad y la hipocresía, a pesar de indicar la lógica que cuando “cada cabeza es un mundo”, como de hecho sucede, diplomacia y cortesía son imprescindibles protocolos de supervivencia. Todo parece confiado a una monumental desconfianza colectiva.

Voceros y comentaristas del juego político se empeñan en demoler y arrancar todo prestigio, menoscabar toda autoridad, ignorar todo acierto magnificando errores y alimentando conflictos y rupturas. Por otro lado, algunos de quienes manejan la economía, poseyendo o controlando inmensos capitales, parecen dispuestos a alimentar el soborno, el chantaje, la compra de conciencias para aumentar sus ya grandes poderes. Este espeluznante panorama de descomposición tiene como resultado un proceder ciego y destructivo, donde poco se construye o se soluciona, frente a una población cada vez más arrinconada por graves problemas, que observa, alejándose, la partida, como se dice en el dominó, estúpidamente trancada.

Dice bien Alberto Barradas (@psicovivir): «Muy poca gente habla de eso pero la verdad es que más y más venezolanos se están desligando del tema Venezuela. Incluso venezolanos en Venezuela ya no están interesados en más nada que no sea su sobrevivencia. Es una desesperanza generalizada que está tomando infinita fuerza». Ya no se quiere perder tiempo atendiendo la pésima esgrima que amenaza autodestruir la política, llevándose a la hoguera la nación.

Entre la ceguera de los frentes ideológicos, que falsean «deliberadamente la verdad, niegan la evidencia de sus sentidos con el fin de justificar su propia lógica», como escribió Dostoievski, la codicia de poder por el poder mismo, y la arrogancia inmadura con que envejecen algunos líderes, crean cortinajes que no dejan ver salida a la tragedia venezolana.

Pero, como Jaime Ballestas, quien transformado en Otrova Gomas es uno de los más serios humoristas del mundo, expresa en entrevista con José Pulido: «Los países no se destruyen completamente. Pueden estar enfermos, en estado grave, y hasta moribundos, pero no desaparecen. Hay una fuerza interna que les conserva vivos y permite que en un momento inesperado resurjan con más fuerza. La desgracia es que, como en todos los procesos sociales, ese renacer puede ser lento.» En un momento inesperado, dice reconociendo la libertad no tanto como un objetivo político a lograr, sino como un impulso que yace latente en los pueblos, y que ha observado reventar en los países de aquella Europa comunista, un potencial de hacer historia, característico del libre albedrío humano.

Libertad y necesidad se contraponen, necesidad en su doble significado de inevitabilidad y de carencia, y el proyecto hegemónico que se ha enseñoreado de nuestra tierra apuesta por exasperar la necesidad para mantener a raya ese temerario impulso de hacer lo que nadie se espera, la libertad.

Más allá de la contienda sorda en las redes sociales, más allá de sondeos y estrategias comunicacionales, la historia no es una partida de dominó y, si lo fuera, en ella hay incontables piedras, fichas que en el momento inesperado pueden entrar a destrancar el juego. «El hombre echa las suertes, pero la decisión viene del Señor» Proverbios. 16, 33.-