Restaurando el sueño de Martin Luther King

Eduardo J. Echeverría, Profesor de Filosofía y Teología Sistemática en el Sacred Heart Major Seminary, de Detroit:
 

Martin Luther King Jr. pronunció su discurso «Yo Tengo un Sueño» ante una gran multitud, en la marcha del 28 de agosto de 1963, en Washington, DC. La clave para entender el discurso de King es su apelación a la noción de un «pagaré» de principios [que está] afirmado en la «Constitución y la Declaración de Independencia».

Significativamente, King no era un defensor de la «política [basada en la] identidad» del poder negro; arguyendo, como dice correctamente el erudito afroamericano Shelby Steele, «los blancos se deben a la moralidad y a los principios democráticos». Y agrega Steele, que los estadounidenses negros se deben «a los principios»; y no, «a las personas negras, como clase».

Estos principios «aseguran las ennoblecedoras condiciones a las que aspiran las sociedades libres: libertad para el individuo, los mismos derechos para todos los individuos, igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades y un derecho inherente a ‘la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad’.» King procuró  disociar la cultura estadounidense de su «pasado racista, por la vía de los principios y de la responsabilidad individual».

Este es el material del que estaba hecho el sueño de King. Su sueño expresa el verdadero significado del credo estadounidense, dijo King, apelando al carácter moral de la nación, afirmando la profunda verdad sobre nuestra humanidad creada por Dios, la cual  Thomas Jefferson, el arquitecto de la Declaración de Independencia, también expresó así: «Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables».

Lincoln ayudó a hacer realidad la «verdad abstracta, aplicable a todos los hombres y a todos los tiempos» afirmada por Jefferson, el arquitecto de la Declaración, o del «pagaré», como lo expresó King. Lincoln satisfizo ese pagaré, en principio, con la Proclamación de la Emancipación, de 1862. Pero no fue, de hecho, enteramente satisfecho, sino hasta [cuando se promulgó] la Ley de Derechos Civiles de 1964.

Bajo esta luz, podemos decir que no somos una sociedad racista «sistémica»; lo cual no es negar que haya racistas y racismo.

Antes de la Ley de Derechos Civiles, explicaba King: “Estados Unidos ha incumplido este pagaré en lo que respecta a sus ciudadanos de color. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos le ha dado al pueblo negro un cheque sin fondos, un cheque que ha sido devuelto, con la indicación, al dorso, de fondos insuficientes.” En su discurso, King enumeró las «grandes pruebas y tribulaciones» que han sufrido los estadounidenses de raza negra, a saber, la segregación establecida mediante ley, la brutalidad policial, la falta de oportunidades de movilidad ascendente, la supresión de los derechos de voto, etc.

No obstante, King se negó a creer que «el banco de justicia está en quiebra». Y agrega: «Así, que hemos venido para cobrar este cheque, un cheque que nos dará, a pedido nuestro, las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia. . . . Ahora es el momento de hacer que la justicia sea una realidad para todos los hijos de Dios”.

Este es un mensaje claro y relevante para nuestros tiempos; especialmente, en vista de los disturbios, saqueos, destrucción de propiedades y negocios, incendios provocados, anarquía y nihilismo —y aquellos que están explotando el brutal asesinato de George Floyd, no por razones de justicia social, como afirman, sino, en realidad, para la destrucción de la sociedad civil, y ciertamente, de la cultura estadounidense.

Por contraste, King elocuentemente afirmó:

    No intentemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir nuestra lucha, siempre, en el alto plano de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestras creativas protestas degeneren en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las alturas majestuosas de enfrentar la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha englobado a la comunidad negra, no debe llevarnos a desconfiar de todos los blancos, ya que muchos de nuestros hermanos blancos, como lo demuestra su presencia aquí hoy, se han dado cuenta de que su destino está ligado a nuestro destino. [Nota del traductor: Énfasis, añadido por el autor del artículo.] 

King no utilizó la raza como ariete para destruir —como sostiene la organización Black Lives Matter— las instituciones de nuestra sociedad, incluida la policía, la familia, el sistema de libre mercado y los documentos culturales que son monumentos, ciertamente, nobles encarnaciones de Historia americana.

«Tengo un sueño», dijo King, de que «podremos acelerar la llegada de ese día cuando todos los hijos de Dios, hombres negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, puedan unirse y cantar, en palabras de la vieja canción espiritual negra: ¡Libres al fin! Libres por fin! / Gracias a Dios Todopoderoso, por fin somos libres”.

¿Qué ha pasado con el sueño de King? Varias cosas lo han obstruido. La primera, es la culpa blanca, una impotencia de autoridad moral «que proviene de simplemente saber que la raza de uno está asociada con el racismo»,  explica Shelby Steele en White Guilt: How Black and Whites Together Destroyed the Promise of the Civil Rights Era [Culpa Blanca: Cómo Negros y Blancos, Juntos, Destruyeron la Promesa de la Era de los Derechos Civiles]. Podría decirse que esta es la causa del kowtowing [ver aquí una definición] que actualmente vemos a nuestro alrededor en juntas corporativas, equipos deportivos, políticos, etc. 

En segundo lugar, esta culpa deriva de la acusación de que los blancos están socialmente determinados a ser racistas, independientemente de si toman decisiones que puedan considerarse racistas. Un determinismo social respecto de la raza ha sido elevado al nivel de fuerzas «impersonales» y «estructurales», de hecho, a la raza de un hombre —ser blanco— en las que él no tuvo participación. Y así, el racismo institucional, o el racismo sistémico, es, explica Steele, una «parte de un patrón cultural. . . que automáticamente oprime a los negros; y los negros son automáticamente víctimas de este mismo patrón”.

Si soy racista, por el hecho de ser blanco, entonces esto lleva a una consecuencia lógica que es absurda; ya que la única forma de eliminar mi racismo es eliminar mi condición de blanco. Y esto es precisamente lo que la ciudad de Seattle propone hacer con las clases para «deshacer la condición de blanco».

Más aún, si un hombre negro es víctima, por el hecho de ser negro, entonces no puede ser considerado responsable de nada de lo que haga. Esto fomenta la dependencia de la gente negra del welfare state.

Cualquiera de las dos maneras de mirar el asunto contradice el adagio del Dr. King, respecto de juzgar a un hombre por el contenido de su carácter y no por el color de su piel. En lo adelante, revivamos el sueño de King. La otra opción es algo horrible de contemplar.

Eduardo J. Echeverría
Miércoles 22 de julio de 2020

Tomado/traducido por Jorge Pardo Febres-Cordero, de aquí: https://www.thecatholicthing.org/2020/07/22/restoring-mlks-dream/?utm_source=The+Catholic+Thing+Daily&utm_campaign=90d936dcf5-EMAIL_CAMPAIGN_2018_12_07_01_02_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_769a14e16a-90d936dcf5-244037001

Sobre el autor:

Eduardo J. Echeverria
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Eduardo J. Echeverría es Profesor de Filosofía y Teología Sistemática en el Sacred Heart Major Seminary, de Detroit. Sus publicaciones incluyen Pope Francis: The Legacy of Vatican II [Papa Francisco: El Legado del Vaticano II](2015) y Revelation, History, and Truth: A Hermeneutics of Dogma [Revelación, Historia y Verdad: Una Hermenéutica del Dogma]. (2018)