Camino a la eternidad: ¿Sabemos qué es la música sacra?

No son solo los cantos gregorianos, las melodías protestantes, los réquiems de Bach o Mozart ni los coros para la liturgia y las misas. Son todos ellos juntos, y mucho más.

Fuertemente consternado por la muerte –en circunstancias extrañas- de su amigo Luigi Tenco en enero del 67, el cantautor y poeta genovés Fabrizio De André le dedicó una canción: Preghiera di gennaio.

En ella invocaba a Dios y al paraíso para aquellos hombres, como Tenco, que prefirieron la muerte al odio o la ignorancia. Eso sucedió dos años antes de que el propio De André; probablemente la mejor representación musical italiana del amor sacro y profano; lanzara La buona novella, un álbum inspirado en la lectura de algunos evangelios apócrifos.

FABRIZIO DE ANDRE

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“Tenía urgencia por salvar el cristianismo del catolicismo”, declaró siempre el genio genovés, quien a lo largo de su vida compuso música popular, folk y rock, pero jamás sacra puramente dicha.

“No es un género independiente fijo en invariable. Es una evolución musical en Occidente basada en textos sagrados, luego debe ir siempre ligada a la religiosidad, la liturgia y la devoción”, desgrana el Monseñor De Gregorio, Presidente del Pontificio Instituto de Música Sacra.

INSTITUTO MUSICA SACRA

Carlo Dani (CC BY-SA 4.0)

Fundado por Papa Pío X hace más de un siglo, el instituto se dedica a la enseñanza e interpretación de esta expresión artística ligada al cristianismo desde sus inicios en Roma. Y es que, como la urbe capitolina, bebió del mundo hebraico y de la cultura helenística.

Además, caminaron siempre en paralelo: comenzó sonando en latín durante la Edad Media, y fue principalmente el catolicismo quien la moldeó con el paso del tiempo, como hiciera con la pintura, escultura, arquitectura o cualquier arte.

Un campo ambiguo y complejo

“Es más fácil decir qué no es música sacra, porque hablamos de un campo ambiguo y complejo”, asevera. Un arcano con hechuras insondables donde caben, con algunos asteriscos, los cantos gregorianos, la polifonía, la música instrumental, la clásica de Beethoven, de Verdi, los salmos, motetes, villancicos, el Réquiem de Mozart, el Magnificat de Bach o la Missa Papae Marcelli de Giovanni Pierluigi da Palestrina, que la compuso en 1562 en pleno Concilio de Trento.

Fue precisamente él quien lideró la Schola Romana, una locución que indicaba al grupo de compositores activos del siglo XVI en la capilla Papal. Los creadores de una música principalmente sacra donde se mezclaba una cierta herencia de la polifonía flamenca con la sonoridad y melodía italiana. Todo ello aderezado con una rítmica regular, fluida y una preferencia de melodías gregorianas en función de cantus firmus.

Un vergel artístico para un mundo nuevo. Porque en definitiva, ellos compusieron mejor que nadie las exigencias litúrgicas y musicales de la Contrarreforma.

Se basaron en las premisas del texto comprensible, dignidad expresiva y la exclusión de parodias y cantus firmus profanos. “La polifonía, la incorporación de instrumentos (como el órgano) que en un primer momento simbolizaban el paganismo o la magia, la partitura… La iglesia occidental jamás fue un muro de separación entre la música sacra y la no sacra. Eso le permite no ser un arte anacrónico a día de hoy”, sentencia De Gregorio desde su púlpito de encuentro y culturas donde la música parece superar el concepto de arte para vestirse como un don de los dioses. Una disciplina solemne y respetuosa. Mágica, espiritual incluso.

Las directrices de Pío X

La melodía sagrada tiene casi dos siglos de historia y se desgrana en un sinfín de capítulos. Los primeros cantos y plegarias de la primitiva iglesia cristiana fueron transmitiéndose de manera oral hasta la Edad Media.

A partir de ahí comenzó una hilera de estilos y géneros que fueron cultivándose bajo premisas sacras y profanas. El amor cortés y cánticos populares no puramente sacros -como villancicos- comenzaron a convivir con los cantos gregorianos.

Y así se llegó a un Renacimiento donde contrarios y adláteres de Lutero se debatieron sobre si era necesario proseguir con el virtuosismo de la escuela flamenca u optar por dar sobriedad y pragmatismo al texto con corales monódicas.

“Lo único claro es que la música sacra la determina el texto en sí. Y no hay que confundirla con la litúrgica o la popular de inspiración espiritual, como los villancicos. La primera, sin embargo, es destinada a la liturgia, y es sacra… Pero hay obras –basadas también en textos sagrados- que nunca fueron pensadas para el culto o el rito sino para un concierto. El Réquiem de Brahms, por ejemplo. Habla de muerte y resurrección. Para resumir, las tres condiciones que puso Pío X para referirla fueron santidad, bondad en las formas y universalidad”, apunta Monseñor Valentino Miserachs Gran.

Nacido en Cataluña, fue maestro de capilla de la Basílica Santa María la Mayor en Roma y antecesor en el cargo al Monseñor De Gregorio. En su libro Excitabo Auroram, Miserachs dedica un capítulo a la santidad, donde explica que “la música debe ser santa, con exclusión de cualquier profanidad, no sólo en sí mismo, sino también en el modo de ser propuesta por parte de los ejecutores”.

Una sentencia que parece allanar el camino de un concepto gigante y a la vez inmaterial que cobró fuerza con el Barroco (enriquecida con tres coros e instrumentos como flautas y trombas) en esa necesidad de reconquistar terreno y evitar –impulsado por la masonería moderna- el triunfo del Iluminismo en Francia, Inglaterra o Alemania.

Y desde ahí a la eternidad. Porque Monteverdi, Handel, Bach… O incluso siglos después Mozart, Beethoven (tótem su Misa Solemnis), Rossini, Puccini o Giuseppe Verdi permitieron que la llama de la música sacra, sostenida entonces por la nobleza y el clero, nunca terminara de apagarse, de marchitar entre legajos. Sus mil caras, del gregoriano al coro espiritual y evangélico (góspel), la vertebraron por todo el mundo. Incluso hoy sigue pidiendo la vez.

“Dios de misericordia, verás, estarás contento.” Es el epitafio de la canción-homenaje de Fabrizio De André, un ateo que amaba a Cristo, un anárquico que mandaba al infierno sólo a quién tenía miedo.

“Quizás soy demasiado purista, pero desde mi punto de vista descarto conexiones entre música sacra y géneros contemporáneos como jazz, pop, rock… Lo importante es vehicular el mensaje litúrgico, nada más”, espeta el maestro Fabio Avolio, uno de los directores de coro más prestigiosos de un país sacro que, sin embargo, tiene un ojo mirando a la modernidad, a lo desconocido, al futuro…

Y el otro al pasado, la liturgia, el folclore, el costumbrismo. Un cuerpo entero zurcido con curiosidad y mucha, mucha tradición. A partes iguales con arrogancia y cautela, sobre todo cada vez que hace el amor con el estilo, música, arte. Al final, sagrado es también todo lo intangible, etéreo y sublime que no se puede poseer.

Ni tocar. Sólo sentir, notar. ¿Y si la música sacra fuera todo desde todos los puntos de vista, como el Aleph infinito de Borges?

Julio Ocampo – publicado el 26/11/20-Aleteia.org