Cuba: El Grito de nuestros Sacerdotes

Apuntes sobre la repercusión mediática que han tenido algunos sacerdotes tras sus críticas públicas a la situación que vive el país.

Julio Pernús:

Un grito es algo que nace del interior de una persona cuando ya no puede más, un sacerdote amigo me dijo: «Pernús, tuve que hablar, pues callar ante tanta injusticia social me estaba quemando por dentro, algo me subía desde el interior de mi ser y por eso tuve que gritar mis verdades al vacío de las redes sociales.» El grito de tantas voces consagradas y laicales cubanas, nos muestra una narrativa eclesial que desea dar la vida por su pueblo, evangelizar desde el ejemplo, el nacimiento de un nuevo modelo eclesial que abandona el susurro para poner su mirada en ese desfallecido caminante callejero envuelto en la insolvencia de una sociedad asfixiante.

Hace algún tiempo, mientras caminaba rumbo a casa, un amigo católico me comentó: “Julio, no estoy de acuerdo con la actitud crítica que han asumido algunos sacerdotes cubanos denunciando a través de homilías trasmitidas en redes sociales y de sus perfiles personales e institucionales, la realidad que vive el país.” La principal razón esgrimida por el joven era que ese tipo de denuncia podía perjudicar de alguna forma a la Iglesia, institución que hasta podría salir el día de mañana por el noticiero. En segundo lugar, que para él la homilía no era el momento para «hablar de política». El alegato propició entre nosotros un pequeño debate sobre la misión del sacerdote en la Cuba de hoy. Quizás con este artículo pueda completar algunas ideas de las esbozadas en aquella charla.

En Google, si ponemos sacerdote, el buscador nos remite a un hombre que hace de intermediario entre los fieles y Dios; si preferimos ir a la etimología de la palabra, podemos ver que viene del latín sacerdos, que nos remite al concepto de “el que oficia lo sagrado”. Para los católicos un sacerdote es el pastor (un ser humano) que cuida de una comunidad de fieles y nos muestra también el obrar de Dios en las vivencias concretas de nuestra vida.
En la publicación Vida Nueva Digital se compartió hace un año, un decálogo del buen sacerdote según el Papa Francisco. Entre las características sugeridas resaltaba la de ser curas callejeros, al decir del pontífice argentino: “Jesús, habiendo podido perfectamente ser un escriba o un doctor de la ley, quiso ser un evangelizador, un predicador callejero; entonces nosotros, sacerdotes seguidores de Cristo, debemos poner en práctica la pedagogía de la encarnación. Esto se traduce en mostrar cercanía sobre todo con los pobres y marginados; ser sacerdote debe llevarnos a involucrar nuestra persona entera con el prójimo. Hoy la Iglesia necesita curas cercanos que tocan sin temor las dificultades de su pueblo.” Una pregunta para la Cuba de hoy es: ¿cómo ser una Iglesia samaritana?
La escritora española Irene Vallejo ha escrito recientemente… “yo creo que cuando un fenómeno tiene repercusión mediática es porque está dando algunas respuestas a preguntas que la gente tenía en su cabeza sin ser consciente de ello”. En los últimos meses el tejido social se ha ido deteriorando, casi hasta romperse. Los sacerdotes no son personas etéreas, comparten su vida en una realidad concreta, sufren la escasez a diversos niveles. He conocido curas que deben hacer colas para comprar comida en una tienda, sé de algunos que han llegado a padecer de la escasez de medicamentos; han tenido que cerrar proyectos institucionales a los que habían entregado su vida durante años, no digo que sean la clase social más afectada por la crisis nacional, pero la precariedad también los muerde. Por demás, los consagrados que han alzado su voz, tienen a sus familiares, amigos, comunidad, empleados -es decir, gente cercana- padeciendo la fatiga del país.

Alguna vez, conversando con uno de los sacerdotes que ha utilizado con sistematicidad sus redes sociales para denunciar la falta de un verdadero diálogo nacional, me decía: “Pernús, tengo miedo de perjudicar a la Iglesia, la institución, por presentar una narrativa de la realidad no esgrimida por los medios oficiales, pero le temo más al silencio que me hace cómplice de la falta de medicamentos que padecen casi todas las personas enfermas de mi comunidad .Decir que eso es injusto en una homilía es lo mínimo que puedo hacer por ellos.” Otro sacerdote cercano me dijo hace poco: «Julio me he prometido no comprar nada en una tienda en MLC pues sé que aquí ningún cubano de a pie gana en esa moneda y es de alguna forma mi respuesta a tamaña injusticia».

La Iglesia en Cuba no puede ser dibujada en forma de monolito; su diseño es más cercano a un poliedro donde abunda la diversidad. En las comunidades suelen sentarse personas de variados matices políticos; la fe no excluye ninguna militancia. Es importante para los católicos, sobre todo los jóvenes, comprender que las homilías van más allá de una explicación doctrinal sobre las lecturas del evangelio, pues es un espacio también configurado para que los oficiantes interactúen con las personas que escuchan su reflexión, y es en esa relación comunitaria, familiar, donde los problemas de la sociedad, suelen emerger en base a una lectura contextualizada de la Palabra de Dios. Nuestros sacerdotes saben del alcance de su voz y por eso la utilizan para amplificar el grito desesperado de aquellos que no pueden comprar en las tiendas en MLC o la abuela cuya pensión la mantiene en estado constante de precariedad. Cuando muchos se preguntan dónde ha estado el profetismo de la Iglesia en este tiempo tan difícil, es bueno recordar alguna de esas homilías encarnadas. Hace poco pensé en cómo podía ser extrapolado el texto profético del pastor luterano Martin Niemoller sobre el nazismo, al grito de los sacerdotes cubanos: «vinieron por el movimiento San Isidro y no dije nada por miedo afectar la institución eclesial, luego aprisionaron en sus viviendas a los manifestantes frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre y no me pronuncié por no afectar la institución eclesial, después con la tarea ordenamiento muchos han quedado al borde de la sobrevivencia y he callado para no afectar la institución eclesial, mañana vendrán por mí y no habrá quién me defienda debido a mi silencio».

Si algo lamenté de la última elección de la Conferencia Cubana de Religiosos y Religiosas (CONCUR) es que, al salir como presidente un religioso sacerdote, quizás no nos sea tan frecuente leer la mente brillante de una religiosa tan valiente y coherente como su anterior presidenta, sor Nadieska, hc. La Iglesia también necesita de la voz profética y maternal de las mujeres. Aunque son minoría entre los que han alzado su voz por estos días, sé que han logrado con sus mensajes hacer ver algo de luz en la oscuridad.

Hoy quiero decir a los sacerdotes que lean este texto: ustedes tienen la oportunidad de mostrar aquello de “sapere aude”, es decir “el valor de servirse de su propia razón y fe”. Si hablan desde la coherencia, tengan la certeza de que Dios y los cubanos escucharemos y agradeceremos siempre su «Grito» en favor de los descartados.