La lista de Pío XII

Un artículo de L’Osservatore Romano sobre el libro de Johan Ickx, responsable del Archivo Histórico de la Sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado. El autor reconstruye los eventos que vieron al Papa Pacelli y a sus colaboradores más cercanos como protagonistas durante los años en que la locura nazi perpetró el exterminio del pueblo judío.

Transgredir las órdenes superiores cambia el antiguo adagio latino en su opuesto: ubi minor maior cessat. Un ejemplo paradójico de esto se puede encontrar en los documentos del Vaticano. Durante la Segunda Guerra Mundial, el obispo Ján Voitašak de Spiš, que tenía simpatías nazis, fue ofrecido como consejero de estado por el gobierno eslovaco. Por su rol, el obispo debería negarse, pero en cambio aceptó, pidiendo el consentimiento de Pío XII sólo ex post facto.

Ese es sólo uno de los episodios que nos entrega el libro Pio XII e gli Ebrei (Milán, Rizzoli, 2021, en las librerías a partir de hoy) escrito por Johan Ickx, director del Archivo Histórico de la Sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado del Vaticano. El libro abre una nueva temporada de estudios sobre el pontificado de Pío XII, con una visión de lo que Ickx llama Le Bureau (el título de la edición francesa del libro), es decir, la primera Sección de la Secretaría de Estado responsable no sólo de las relaciones internacionales sino también, de manera cada vez más densa y dramática, de los asuntos de los muchos judíos que en el curso de la Segunda Guerra Mundial acudieron al Vaticano en busca de ayuda, apoyo, consejo y protección.

Un primer dato es evidente en los documentos: la conversión al catolicismo para Hitler y sus seguidores no cambiaba la sangre judía; convertirse para ser considerados «no arios» no era una garantía. El Bureau sabía estas cosas, y sabía que Alemania presumía de numerosas imitaciones. Eslovaquia, por ejemplo, había elegido el camino totalitario: «Bautizados o no – dijo inexorablemente el ministro Mach – todos los judíos tendrán que irse». Las presiones alemanas indujeron luego a los húngaros a entregar a los alemanes a los judíos que trataban de cruzar la frontera desde Eslovaquia. Los obispos eslovacos escribieron una denuncia colectiva plenamente apoyada por el Papa. Pero, también en este caso, lo contrario del viejo adagio valía: «El problema es que el presidente de Eslovaquia es un sacerdote», escribió Monseñor Tardini. Todos entienden que la Santa Sede no puede mantener a Hitler a raya. Pero que no puede mantener a raya a un sacerdote, ¿quién puede entenderlo?». Ubi minor maior cessat.

Se trataba de situaciones muy graves en las que «era muy poco lo que podían hacer los miembros del Bureau para castigar a los infractores». Lo vemos en los despachos de Monseñor Burzio, chargé en Bratislava, en sus conversaciones con el premier Tuka: «¿Vale la pena que siga informando a Su Eminencia de la continuación de mi conversación con un demente?». Por lo tanto, las historias que se cuentan en este libro deben entenderse como historias de personas que huyen, pero también como historias de intentos, hechos con la fuerza y limitaciones humanas, de salvar estas vidas en huida. Así se hace justicia a algunas tesis superficiales, incluso recientes, sobre el antisemitismo de la curia de Pío XII.

«Judíos» es el nombre de la serie de documentos agrupados en 170 posiciones ordenadas alfabéticamente, por un total de unos 2800 casos. En el Bureau «el cardenal Maglione tenía el mando general de ambas secciones. No puede excluirse que la otra sección tuviera su propio registro o sistema de archivo, lo que significaría que otros archivos de la Santa Sede, como el Archivo Apostólico, custodien material similar relativo a los judíos». La existencia de la Serie «Judíos», que Ickx llama «la lista de Pío XII», es «la prueba tangible del interés mostrado por las personas que, debido a las leyes raciales, no se consideraban ciudadanos ordinarios, ya fueran judíos o judíos bautizados». No es posible citar aquí todos los «casos judíos» notificados al Vaticano. Pero se puede decir que los documentos muestran claramente, como escribe Ickx, que los esfuerzos del Vaticano estaban dirigidos «a salvar a cada ser humano, sin importar su color o credo». Dos episodios muy significativos lo demuestran, entre los enumerados por el autor del libro.

El primero se encuentra en el capítulo titulado Breve historia de un caso lamentable. Se trata de la pareja Oskar y Maria Gerda Ferenczy, católicos austriacos de origen judío, que emigraron de Austria después del Anschluss. Ellos, con su hija Manon Gertrude, se mudaron a Zagreb, asistidos por el arzobispo de la ciudad, Mons. Stepinac. Pero en 1939 las autoridades locales, ya cercanas al nazismo, rechazaron a todos los judíos extranjeros, convertidos o no, hacia la frontera italiana. Los Ferenczys fueron a Abbazia, en la provincia de Fiume. En el ápice de su miseria y desesperación, María Gerda escribió su primera carta a Pío XII en la que confesaba haber vendido su Biblia por un pedazo de pan, y de su infructuosa búsqueda de un pasaporte para emigrar. Los periódicos nos informan que Pío XII leyó personalmente la carta. ¿Pero cómo ayudar a la mujer y a su familia? Ella no había expresado sus deseos. Monseñor Dell’Acqua fue investido con el «caso lamentable» y pidió al obispo de Fiume, Monseñor Camozzo, que se interesara por los Ferenczys. La situación empeoró a finales de 1939, cuando los Ferenczys corrieron el riesgo de ser entregados a las autoridades alemanas y deportados a Polonia. En una segunda carta al Papa, María Gerda le pidió que evitara el peligro y renovó la petición de ayuda para emigrar.  Una vez más Dell’Acqua fue investido con el asunto y una segunda vez escribió a Camozzo, quien misteriosamente no había respondido a la primera carta. Ahora se le ordenó que pidiera a las autoridades italianas un permiso de residencia ampliado para los Ferenczys. Inexplicablemente Camozzo seguía en silencio. Presintiendo la tragedia, María Gerda escribió una tercera carta al Papa, renovando sus llamamientos. «Del Archivo Histórico – nos informa Ickx – emerge que el Bureau no dejó de seguir su caso». La situación se precipitó con el arresto de Oskar Ferenczy y su traslado a la prisión de Fiume. Al conocer esta noticia, el Vaticano encargó a Dell’Acqua que preparara una carta para el jesuita Tacchi Venturi, interlocutor privilegiado de las autoridades italianas. Mientras tanto, el 7 de agosto, Ferenczy se enteró por la Superiora de las Hermanas de Nuestra Señora de Sión que en el Vaticano podrían estar disponibles visados para Brasil. María Gerda suplicó entonces por carta al Papa para que le consiguiera visados para su familia. El asunto volvió al escritorio de Dell’Acqua. En la emergencia, fue enviado mientras tanto, un subsidio de ochocientas liras a los Ferenczys. Pero la embajada brasileña ante la Santa Sede tenía la última palabra sobre los visados. El Bureau intervino y finalmente, el 19 de agosto de 1940, el Cardenal Maglione pudo anunciar a Maria Gerda Ferenczy que los visados habían sido concedidos. Parecía resuelto, sin embargo, una vez en Río de Janeiro, el jefe de la familia, Oskar Ferenczy, se vio impedido de desembarcar porque su visado se consideró inválido. Fue el capellán del barco quien telegrafió la noticia al Bureau, pidiéndole que interviniera. Un cable de la Santa Sede salió inmediatamente confirmando la validez de los visados a las autoridades brasileñas. Así comenzó una nueva vida para los Ferenczys. El caso es sintomático «de cómo los judíos bautizados se encontraron literalmente atrapados y aplastados entre sus dos identidades» dado que, a medida que las leyes raciales se volvían más estrictas, «se perdía la distinción entre los judíos y los judíos bautizados».

Otro episodio simbólico se encuentra en el capítulo titulado Breve historia de un hombre común y una niña de ocho años. El hombre común (como le gustaba llamarse) era Mario Finzi, que trabajaba en la sección de Bolonia de Delasem (Delegación para la Asistencia de los Emigrantes Judíos). En agosto de 1942 Finzi escribió directamente a Pío XII, pidiéndole que interviniera con caridad cristiana «para salvar a una pobre criatura de ocho años amenazada por el odio y la ferocidad de los hombres». Se trataba de Maja Lang, una niña yugoslava que tenía un hermano de diecisiete años, Wladimir, bajo arresto domiciliario en una villa del agente de bienes raíces Alfonso Canova, en Sasso Marconi. Wladimir le había pedido a Finzi que salvara a su hermana pequeña. La familia había sido detenida en Croacia y la niña, con un permiso de estadía por expirar en Hungría con una tía, corría el riesgo de ser llevada de vuelta a la frontera croata. Consciente de los riesgos que corría Maja, Finzi elaboró un plan que presentó directamente al Papa: asegurarse de que la niña llegara a Italia para reunirse con su hermano Wladimir. Pero para lograrlo fue necesario que la Santa Sede se pusiera en contacto directo con el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia, que podría interesar a su legación en Budapest. Santo Padre, sé que lo que me atrevo a pedirle no es poco -escribió Finzi a Pío XII-, pero operar de manera cristiana en un mundo que en gran parte es la negación de Cristo no es una empresa fácil para los hombres comunes. El Vaticano no perdió tiempo.

Habiendo recibido las instrucciones necesarias, en enero de 1943 el padre Tacchi Venturi logró obtener del Ministerio del Interior italiano el permiso para entrar y permanecer en Sasso Marconi para la pequeña Maja y sus padres. La orden de las autoridades italianas pareció llegar a tiempo para salvar la vida de toda la familia. Pero en cierto punto los rastros de la pequeña Maja se perdieron. Por desgracia, murió en un campo de concentración, según los archivos de Yad Vashem. «De cualquier modo – escribe Ickx – su caso arroja luz sobre una perspectiva interesante», a saber, que «el Dr. Finzi de Bolonia consideró al Papa Pío XII la única autoridad aún capaz de intervenir con éxito en un caso humanitario tan complejo y sorprendente». Mario Finzi, este joven «hombre común» con un corazón de oro habría conocido el arresto y la deportación a Auschwitz, la liberación y finalmente la muerte prematura por una enfermedad contraída en el campo de concentración. Los Lang volverían a Yugoslavia en 1945, y luego se mudarían a Israel tres años después. «Junto con los héroes locales de Sasso Marconi, cuya memoria es honrada por Yad Vashem [Alfonso Canova es «Justo entre las Naciones», nota del editor], y un judío común, Mario Finzi, víctima del terror nazi, Pío XII y la Oficina salvaron una familia».

Este libro es, por lo tanto, un viático de una nueva temporada de estudios que barre los prejuicios ideológicos pasados y recientes y desmantela la idea de que Pío XII estuviese al oscuro, y no en cambio en el vértice, de una red de ayuda a los judíos y refugiados muy compleja, pero con contornos claros. Un gran paso, en resumen, hacia aquella “democracia historiográfica» esperada por muchos.

MATTEO LUIGI NAPOLITANO/Vatican News