Catedral del Mar: homilía del card Baltazar Porras

HOMILÍA PRIMER DOMINGO DE CUARESMA. CATEDRAL DEL MAR. BARCELONA, ESPAÑA. 21 DE febrero de 2021.

 

Queridos hermanos presentes en esta hermosa Catedral de Santa María del Mar y los que nos siguen de muchas partes del mundo a través de las redes sociales.

 

Mi primer saludo es de agradecimiento sincero a la Iglesia hermana que peregrina en Barcelona, en la persona del Cardenal Juan José Omella, por su invitación a compartir el sent Creus en el inicio de esta cuaresma, la vivencia cristiana de nuestras comunidades hermanas, organizada por la pastoral juvenil de este arzobispado. Y la siempre fraterna acogida de la comunidad de Santa María del Mar. Compartir es enriquecedor porque la fe del evangelio de Jesús resuena en todos los tiempos y lugares con la exigencia de dar razón de la presencia de lo religioso en el mundo plural de hoy, sin privilegio alguno, solamente con la actitud samaritana de servir.

 

Para la Iglesia que peregrina en Venezuela, existen razones de peso para reconocer el sello de los misioneros de esta región que fueron pioneros en muchos campos. En la evangelización directa, y en el aporte a aspectos relevantes de la vida cotidiana. Mons. Mariano Martí, obispo, primero de San Juan de Puerto Rico y luego de Caracas en la segunda mitad del siglo XVIII, marcó un hito importantísimo y su estela sigue estando presente. Infatigable misionero, se recorrió en visita pastoral casi todo el territorio de lo que hoy es Venezuela, y con paciencia benedictina levantó acta detallada de cada uno de los lugares por donde pasó. Para conocer la historia, geografía y vida social y cristiana de aquellos pueblos, es cita obligada recurrir a sus obras, que, gracias a Dios han sido publicadas y reeditadas, dándole así difusión para investigadores, fieles cristianos y público en general, gracias a la iniciativa de la Academia Nacional de la Historia.

 

El segundo arzobispo de Caracas en pleno tránsito de la dependencia colonial a la vida republicana, Mons. Narciso Col y Prat, también hijo de esta tierra, le tocó remar en aguas procelosas, en medio de los dos bandos en pugna, durante la contienda bélica que azotó a Venezuela en la segunda década del siglo XIX. Y, la presencia de los Capuchinos Catalanes en la vasta región de Guayana, logró consolidar una experiencia parecida a las de las reducciones jesuíticas. La guerra de Independencia diezmó aquella labor evangelizadora integral. Las ruinas presentes son preciosas grafías que testimonian con los hechos lo que fueron capaces de hacer en medio de las etnias indígenas y los criollos que moraban en las tierras al sur del río Orinoco. Esta veta misionera sigue estando presente en la actualidad, entre otros, en la comunidad de padres carmelitas catalanes, los padres mercedarios y las Hermanas de la Consolación, amén de sacerdotes diocesanos y bautizados

 

Hoy, tenemos presente en este hermoso templo, una réplica de la Cruz de San Clemente. La fe católica entró en Suramérica por la costa norte venezolana. Primero en el oriente, en los albores del siglo XVI, cuando todavía la presencia hispana estaba centrada en las islas del Caribe; con incursiones en los litorales del inmenso mar, la presencia de los Dominicos intentó el primer ensayo de evangelización pacífica que terminó en el fracaso por el ansia de los primeros conquistadores, aventureros de riquezas por descubrir y por la utilización de la mano de obra indígena en condiciones infrahumanas. Entre ellos, estuvo el joven Bartolomé de las Casas y otros intrépidos frailes dominicos que dejaron vida y testimonio de entrega generosa por la causa de Jesús.

 

Cuando se funda la ciudad de Coro, en 1527, y se eleva a obispado en 1531, no existían todavía las ciudades de Santafé de Bogotá ni Lima, pues eran territorios todavía inexplorados en la inmensidad de un continente que estaba por ser descubierto por los europeos. La eucaristía en aquella tierra semiárida, poblada por los pacíficos indios caquetíos, bien tratados por las huestes de Juan de Ampíes, levantaron con maderas del lugar, la primera cruz, a cuya vera se celebró la primera eucaristía en tierra firme para dar gracias a Dios por aquel encuentro pacífico y acogedor entre ambos mundos. Duró poco aquella paz idílica, pues la historia cambió con la cesión del territorio de lo que hoy es parte de Venezuela y Colombia a los banqueros Welsares, alemanes, de los que Carlos V era acreedor.

 

La siembra de la fe, en aquella identificación de lo hispano civil con lo religioso, por la singular iniciativa del patronato regio cedido por los Papas de entonces, dio pie a lo largo de tres siglos de evangelización de un proceso misionero, lento por las características particulares de la región. Las etnias presentes en nuestro territorio eran muy numerosas y de escasos miembros la mayoría de ellas, si las comparamos con las culturas mayas, aztecas, chibchas, incas o guaraníes. La expansión del castellano como lengua común se impuso rápidamente, pues, de lo contrario había que aprender numerosas lenguas disímiles.

 

Las Leyes de Indias prescribían para ser misionero en cualquiera de dichas tierras, el dominio de las lenguas del lugar. Asunto más que imposible. A comienzos del siglo XVII, un curioso carmelita que recorrió casi todo el continente, dejó escrito su asombro, pues al pasar por el territorio venezolano, constató el desuso de los idiomas locales, de los que solamente escuchó algunas expresiones o saludos.

 

La importancia de lo que hoy es Venezuela, fue principalmente estratégico-militar para la Corona, por la posición geográfica. Servía de faro y custodia ante el asedio de la piratería de los reinos europeos rivales de la corona peninsular. Por ello, en la reforma del rey Carlos III, creó la Capitanía General de Venezuela, dándole unidad a lo que décadas más tarde se convirtió en el país que lleva por nombre “pequeña Venecía” o Venezuela.

 

La guerra de Independencia, en el primer cuarto del siglo XIX, diezmó el territorio, no sólo en lo económico y social. También lo religioso sufrió, pues se cerraron los conventos, la juventud fue enrolada en la milicia, no permitiendo seminarios ni noviciados. Los gobiernos subsecuentes, liberales y conservadores, tuvieron una conducta similar, controlando y acosando a la raquítica institución eclesial, que se mantuvo viva, en buena parte, gracias a la religiosidad popular. El bautismo “de agua”, como se le llamó, era realizado por los familiares o las comadronas, pues la presencia del sacerdote fue esporádica o inexistente. Se conservaron las fiestas de los tiempos litúrgicos, adviento-navidad, cuaresma-semana santa, y los santos más populares. Las cofradías y asociaciones, con los improvisados catequistas, se encargaron del culto. Mantener los templos y capillas, sacar las procesiones, hacer las novenas y celebrar las fiestas religiosas y populares, dando pie a la rica expresión de tradiciones que se conservan intactas hoy día. Me atrevo a afirmar que fue casi un milagro mantener viva la fe, una premonición de la importancia y protagonismo de la condición bautismal para conservar y desarrollar la fe católica.

 

El siglo XX marcó un resurgir. Gota a gota, se permitió tímidamente, el regreso de las órdenes y congregaciones religiosas, que se dedicaron fundamentalmente a la evangelización con énfasis en los campos de la educación, salud y atención a los indígenas, apenas atendidos por los gobiernos de turno. Se reabrieron los seminarios que respondían a las pocas diócesis del país que para comienzos del siglo pasado, apenas eran seis. Mayor fue el impulso misionero a raíz de la segunda postguerra, gracias al impulso del Papa Pío XII, lo que multiplicó el número de congregaciones religiosas masculinas y femeninas, unido a la presencia de los misioneros diocesanos “fidei donum” de Italia, Francia, Bélgica, Alemania, y en mayor número de España a través de la OCSHA. Surgió un nuevo rostro con renovado vigor eclesial, en medio de la bonanza petrolera y la estabilidad política de la segunda mitad del siglo XX, en contraste con la inestabilidad de otros países del subcontinente.

 

El momento actual es inédito y cuestionante. La pandemia es otro capítulo más en el camino lleno de espinas y abrojos para la evangelización en nuestra patria. La crisis global que vive el país en lo que va del tercer milenio, sin embargo, no tiene parangón con la historia anterior. Todas las instituciones han sufrido los embates de un sistema populista y excluyente, que ha sumido al país en pobreza extrema, con la desaparición de buena parte del aparato productor, con la restricción de las libertades, y, con el mayor éxodo de nuestra historia, con cifras que rondan más de cinco millones de personas diseminadas por el mundo entero. España es uno de los destinos preferidos, por razones obvias.

 

La Palabra que acaba de ser proclamada esta tarde nos ilumina e interpela. Debemos estar vigilantes como Noé, para no estar ausentes o de espaldas a las realidades del mundo, mirando miopemente a los placeres del presente. La cruz del sufrimiento, el Covid y las crisis sociales, económicas y políticas que padecemos, es causada por los hombres. No es castigo de Dios ni consecuencia de los desastres naturales, ni la falta de recursos, ni las enfermedades o plagas que nos envían los supuestos enemigos externos.

 

Es el propio ser humano, capaz de lo mejor y lo peor, el autor principal de la crisis. La cultura de la muerte, del odio, de la violencia, no tiene en cuenta la dignidad de las personas, ni el derecho a una vida digna. Son los sistemas económicos y políticos impuestos por hombres de carne y hueso, los que esclavizan, no liberan ni producen igualdad. Pero también es cierto que el hombre es capaz de acciones nobles. Cuántos héroes anónimos que dan su vida por salvar a los enfermos, a los pobres, para crear una sociedad más justa. Cuántos creyentes, y también agnósticos o lejanos a la fe, dan lo mejor de sí, por el bien de los demás.

 

Los santos de ayer y de hoy abundan, y esta tierra catalana tiene muchos. Los hay aquí y acullá y no queremos verlos. En Venezuela, nos estamos viendo en el espejo de nuestro próximo beato, José Gregorio Hernández. Laico, salido de un pequeño pueblo interiorano, donde tuvo hogar y maestros; médico brillante, pionero de la modernización del servicio sanitario en compañía de colegas que pensaban distinto. Pero a todos, los unía el bien, la salud del colectivo, principalmente de los más pobres. Fueran estrellas luminosas en la llamada “gripe española” de hace un siglo, marcándonos un sendero que debemos seguir.

 

Estamos atravesando un desierto, lleno de interrogantes e inquietudes. En este desierto es donde vivimos experiencias fundamentales y aprendizajes básicos para superar las tentaciones que paralizan y arruinan vidas. Por ello, el Papa Francisco nos invita a avizorar el mundo de la postpandemia sin añoranzas vanas del pasado, con la necesidad de ser creativos para un mejor futuro.

 

Como a Jesús, el Espíritu nos lleva al desierto para que encontremos la paz y la solidaridad, a fin de ponernos en marcha por senderos nuevos. En comunidad, no solitarios, tenemos que aprender a soñar para construir la sociedad fraterna e igualitaria que calme la sed ante la indiferencia y el conformismo.

 

Querido jóvenes y hermanos todos barceloneses. Dios os bendiga por acoger a los inmigrantes venidos de los cuatro puntos cardinales. Gracias por las muchas iniciativas samaritanas, aliñadas con el bálsamo del perdón, la misericordia, y la mirada atenta como el padre de la parábola del hijo pródigo.

 

Que la celebración del sent creus, como la de San Clemente, con sus brazos torcidos, nos lleve a discernir lo complejo de la vida cotidiana para que la voz del Espíritu de Dios nos lleve a abandonar el lastre que nos impide andar libres y ligeros de equipaje, para ser testigos de la Buena noticia de Jesús para todos. Sentir la cruz, cargar la cruz, hacerla nuestra porque es camino de pasión, pero sobre todo de resurrección y de vida perdurable.

 

Que en estos propósitos nos acompañe y arrope, la tierna mirada de la madre de Dios, Moreneta o Coromoto, de la Merced o del Carmen, Guadalupe o Aparecida, nos bendiga y acoja en su seno. Que así sea.