Exilio y nacionalismo, dos trenes en dirección opuesta

«Nos definimos, excluyendo; nos afirmamos, negando. Esa es la constante de nuestra historia»

«Concedido que el tránsfuga independentista no es un exiliado, ¿cuál es la relación entre exilio y nacionalismo?»

«En lo que coinciden los que viven a fondo el exilio –desde Abraham a Machado- es que se desinflan los determinismos de origen, es decir, las llamadas de la sangre o de la tierra, mientras gana músculo la decisión de vivir en el lugar y en la forma que uno elige»

«María Zambrano también llama diáspora al exilio para dejar claro la inspiración bíblica de su extraordinaria comprensión del mismo»

«En lo que coinciden los que viven a fondo el exilio –desde Abraham a Machado- es que se desinflan los determinismos de origen, es decir, las llamadas de la sangre o de la tierra, mientras gana músculo la decisión de vivir en el lugar y en la forma que uno elige»

La equiparación que hizo Pablo Iglesias del exilio republicano con la fuga de Puigdemont, ha merecido tal desaprobación de crítica y público que no vale la pena volver sobre ello. Ni siquiera un Vicepresidente del Gobierno puede fundir la figura del tránsfuga en el molde del exiliado.

La torpe comparación tiene, sin embargo, un punto de interés que ha pasado desapercibido. Concedido que el tránsfuga independentista no es un exiliado, ¿cuál es la relación entre exilio y nacionalismo?. La pregunta está justificada, en primer lugar, porque ha habido exiliados que se la han planteado y, en segundo lugar, porque si algo no soporta el concepto de exilio es el de nacionalismo.

Lo que acabo de decir parece contradecir los hechos. En efecto, si miramos en el exilio republicano que provocó el franquismo, no faltan exiliados que añoraban volver a una Galicia o a un País Vasco o a una Cataluña soberana en alguna de sus versiones. Eso es cierto, tan cierto como que esas posiciones políticas que sus actores defendían ya antes del exilio, no pasaron por la prueba del destierro.

Quiero decir que, en estos casos, estamos hablando de exiliados políticos que vivieron la expatriación como una circunstancia impuesta sin que esa circunstancia pesara en su reflexión política. Contra lo que pudiera parecer, son muy pocos los exiliados que reflexionaron sobre el exilio. De muchos de ellos bien se puede decir que nunca se fueron pues siempre tuvieron las maletas listas para regresar al mismo lugar. Vivieron fuera pensando sólo en volver. Ni siquiera los llamados transterrados –que cambiaron la tierra de España por la de México- alteraron su forma de patriotismo, ligada siempre a la tierra que pisaban. Recuerdo a alguno de ellos, como Adolfo Sánchez Vázquez, diciendo que su obra hubiera sido la misma sin exilio.

Pero sí hubo algunos pocos que pensaron a fondo qué significaba salir de su país y convertirse en extranjeros de por vida. El caso de la filósofa malagueña, María Zambrano, es ejemplar en este sentido. Lo que decía, en primer lugar, es que el exilio no tiene vuelta atrás –“ya nunca más se repasaría esa frontera”- pues aunque volviese no encontraría el mismo mundo. Su destino era el estar fuera.

En el destierro se produce, en un segundo momento, el descubrimiento de la verdadera patria “que consiste en no tenerla”. El exiliado, arrojado al mundo, no renuncia a los elementos que conforma la identidad nacional tales como la lengua, la tierra, las costumbres o la cultura, pero relativizará su peso. La verdadera tierra no es la que dejaron sino una por venir, prometida, que acogerá a todos y de la que nadie será expulsado. Lo mismo con la lengua o con la cultura. Los elementos identitarios pierden su pesantez nacionalista y se convierte en trampolines de una identidad posnacional no excluyente.

En lo que coinciden los que viven a fondo el exilio –desde Abraham a Machado- es que se desinflan los determinismos de origen, es decir, las llamadas de la sangre o de la tierra, mientras gana músculo la decisión de vivir en el lugar y en la forma que uno elige. El exiliado personifica la madurez humana porque relativiza el poder del punto de partida, dando mayor protagonismo a la libertad que se traduce en itinerancia que le llevará a espacios sin fronteras. Y es que, como dice la Zambrano, “fuimos arrojados de esa primera patria para realizarnos como hombres”. Su patria no es ya la nación.

Hay todavía una reflexión de María Zambrano que todo español debería tener en cuenta: nuestra historia, dice, está jalonada de exilios y guerras civiles. Nos pasa lo que a las Meninas de Velázquez. El pintor madrileño no encontró otra forma de realzar la belleza de las infantas que pintándolas como contrapunto de dos figuras deformes, los enanos Mari Bárbola y Nicolasito Percusato. Nos definimos, excluyendo; nos afirmamos, negando. Esa es la constante de nuestra historia. Habremos cambiado los nombres de lo excluido (judíos, moriscos, protestantes, erasmistas, liberales, rojos, charnegos o maketos), pero la tónica sigue intacta. En español la palabra nosotros no connota comunión alguna sino literalmente no-otros.

Estas reflexiones de María Zambrano, que también encontramos en otro exiliado insigne, el dramaturgo Max Aub, pero en pocos más, coincide en lo fundamental con las que hicieron los profetas bíblicos cuando el exilio en Babilonia. Allí descubrieron que el exilio era “diáspora”, es decir, una forma de existencia. El pueblo judío renunciaba a ser una nación, como las demás, para llevar una vida errante, es decir, compartida con los demás pueblos. Renuncian a tener un Estado propio en nombre de la fraternidad humana. María Zambrano también llama diáspora al exilio para dejar claro la inspiración bíblica de su extraordinaria comprensión del mismo.

Se comprende que los exiliados no reflexionen sobre el exilio. Bastante tenían con sobrevivir. Pero este Vicepresidente, tan preocupado por mejorar la calidad de la democracia española, sí debería saber que el nacionalismo -según dicen sus teóricos, incluido Herder, santo y seña del nacionalismo catalán, según Jordi Pujol- sustituye la razón por el sentimiento y la fraternidad humana por los intereses de la tribu, que es exactamente lo contrario de lo que pretende la democracia.

19.02.2021 | Manuel Reyes Mate (RELIGION DIGITAL, MADRID)