La Cuba del Futuro huele a Esperanza

Algunos apuntes para entender el rol delos nuevos grupos de inspiración católica en los acontecimientos que han movilizado a la sociedad civil cubana en los últimos meses.

Julio Pernús:

La “Cuba del Futuro” es una frase atribuida al destacado director de cine cubano Fernando Pérez para referirse a los casi 500 jóvenes concentrados para reclamar de forma pacífica frente al Ministerio de Cultura el pasado 27 de noviembre de 2020. El también director de películas como Insumisas o Suite Habana dijo en esa ocasión: “en esta acción pacífica frente al MINCULT, percibo el inicio de un nuevo lenguaje que le hace falta a la cultura cubana y a este país.”[1] Ese día frente al Ministerio de Cultura se dieron cita algunos jóvenes católicos y consagrados; este artículo de alguna forma busca responder, por qué estaban ellos allí.

En los últimos tiempos, sobre todo a raíz de la irrupción del internet dentro de nuestra realidad, se han podido visibilizar la pluralidad de voces que luchan porque sus demandas vinculadas a perspectivas de: religión, clase, género, raza, ambientalista, ideológicos, artísticas, sean escuchadas por las instancias decisoras de la Nación. Para entender este fenómeno el lector debe partir de lo que ha sucedido después de 1959 en un período que se representa según teóricos  como Juan Valdés Paz como la Revolución en el poder.

Alguna vez pude compartir con el fallecido cardenal cubano Jaime Ortega una anécdota sobre una conversación que él sostuvo en la década del 80 con san Juan Pablo II que fungía como Papa en ese contexto. En ese diálogo Ortega le decía al Sumo Pontífice que la Revolución cubana era un proceso irreversible, a lo que el santo polaco le respondía que lo único irreversible en el mundo era Dios. En esa ocasión el debate permaneció en una esfera cuasi-religiosa, pero la idea defendida por el cardenal cubano y otros destacados intelectuales católicos como monseñor Carlos Manuel de Céspedes o los intelectuales laicos Raúl Gómez Treto, Juan Emilio Friguls, Enrique López Oliva, Wafrido Piñera, tiene elementos válidos, pues parten de que es imposible borrar o invisibilizar la historia que coronó el proceso revolucionario de 1959.

Es una corriente de pensamiento católico que  considera como justicia social la derrota del presidente Batista, luego de mantenerse usurpando el poder varios años y estableciendo una dictadura en nuestro país. Estas personas no consideraban pertinente refutar la idea de la validez de la Revolución, aceptaban su legado y más bien sus pedidos van en pos de cómo se puede hacer más democráticas las instituciones vigentes en el país. Pero, como todo proceso histórico la realidad revolucionaria en el poder fue legitimando su propio camino a través de métodos que sustituyeron de diversas formas – no exenta de errores– las instituciones que se encontraban vivas dentro de la sociedad civil de la Cuba post 1959 y en su lugar, se crearon instituciones y organizaciones adscritas a la ideología de los viejos cuadros del Partido Socialista Popular (PSP) con una gran dependencia de la URSS. Un proceso que a grandes rasgos se le puede llamar institucionalización de la Revolución; y que, sobre todo, después de la constitución de 1976 empieza a consolidarse.

Lo que ha sucedido desde hace varios años es que esas instituciones “revolucionarias” han ido de a poco perdiendo la capacidad de aglutinación de las bases sociales, producto a un desgaste sistemático de su estructura, tocadas también por la prolongada crisis económica que vive la Nación, con mayor fuerza desde la década del 90 y en la actualidad por la COVID 19. Entonces en el país viene surgiendo una nueva generación de cubanas y cubanos que ven cómo sus intereses religiosos, políticos, sociales y culturales, desbordan la institucionalidad tradicional y sus demandas van enfocadas a darle una mayor democracia a esas instituciones, pues valoran como una injusticia los escasos espacios donde ellos se sientan representados.

Es ahí, en la búsqueda de procesos más democratizadores dentro de la institucionalidad existente, donde se puede ubicar la filosofía de los nuevos grupos de participación social católica como Pensemos Juntos o Areópago Cubano.   Es oportuno diferenciar estos nuevos procesos de surgimiento de espacios –en su mayoría virtuales– de articulación con inspiración católica de otras organizaciones de inspiración católica como Convivencia que ya tienen un perfil más definido vinculado a pensar la política (Thinktanks), lo que no resta de que puedan tener puntos en común en sus agendas.

Para ilustrar con un ejemplo mi planteamiento, los nuevos grupos de inspiración católica que desde la Doctrina Social de la Iglesia intentan generar una voz para dialogar con diversos actores de la sociedad civil, estatales e independientes, no son agentes de cambio a los que les interesa enfrentar la Revolución, pues muchos de sus integrantes –parto de la idea de la diversidad de sus miembros– reconocen el legado histórico de ese proceso en nuestra Isla; incluso, hay un número considerable de sus integrantes que están en contra del bloqueo (embargo) impuesto por los Estados Unidos a Cuba. Aunque como expresó el fallecido obispo monseñor Pedro Meurice durante la visita del papa Juan Pablo II a nuestra Isla, es necesario no “confundir la Patria con una Ideología”, pues se sabe que la guerra civil que logró el triunfo de 1959 tuvo como artífices a varios sectores de la población, incluyendo numerosos católicos.

Este grupo de católicos en su mayoría jóvenes, no debe ser encuadrado dentro de la dicotomía “revolución vs. contrarrevolución”, es cierto que tienen demandas configuradas dentro del espectro político, pero las mismas están vinculadas al desbordamiento del cauce institucional, que el sistema político ofrece para su representación, dentro del tejido social. Para ilustrar esta idea, vayamos al tema educativo; si uno le pregunta a varios de estos jóvenes católicos si están a favor de que la educación sea gratuita y llegue a todos por igual, la respuesta será afirmativa; pero al mismo tiempo algunos de estos muchachos y muchachas que han sido formados en el sistema educativo socialista se hacen la pregunta, por qué mis hijos no pueden  ser educados dentro de un currículo escolar que incluya religión (en un sentido amplio) y menos desideologizado, para darle la oportunidad al niño de poder decidir los valores fundantes de su personalidad.

La propia Conferencia Episcopal Cubana en el número 13 de su mensaje con motivo de la Navidad expresó: “que no tengamos que esperar a que nos den desde arriba lo que podemos y debemos construir nosotros mismos desde abajo”[2]. Estos nuevos movimientos de inspiración católica que vinculan a consagrados y laicos en su mayoría menores de 40 años, se han solidarizado con otros grupos de la sociedad civil como los artistas del 27N o los periodistas independientes, en pos de dar un impulso a temas sociales (desarrollo económico, raza, medio ambiente, clases sociales, mayor libertad religiosa) que cuentan con escasos canales oficiales para oír propuestas desde la pluralidad de ideas.

Estos grupos de inspiración católica tratan de impulsar un tejido social donde prime en  todos los actores de la sociedad civil cubana aunque sean minoría, la  igualdad política  entendida como: “la libertad política con capacidad de auto organización, de contestación, de creación y de participación respecto a las decisiones estatales, con poder de decisión de los ciudadanos/trabajadores sobre los procesos que afectan sus vidas; y por igualdad social el despliegue de la justicia social, la lucha por la eliminación de la desigualdad y la pobreza, y no alguna clase de igualitarismo represivo.”[3]

Desde la lectura de la carta “He visto la aflicción de mi pueblo” firmada por más de 700 personas, se vislumbra una visión de lo político como un mapa de la singularidad de cada uno de los actores sociales de nuestro país, para el documento, lo político debe abogar porque los sectores opuestos en cuanto su forma de proyectar el futuro para nuestra Isla, no deban ser representados como una obra donde reine la destrucción y el odio; sino, sobre todo el diálogo y el amor. Aunque parezca utópico dentro de los mensajes entre líneas del documento, uno puede leer la convocatoria para que la institución oficial abogue conscientemente por la experiencia de su partición para darle también lugar a otros sectores de nuestro tejido social a sentirse representados por ella.

Entre los grandes desafíos que tienen estos espacios de inspiración católica está el descubrir cuáles son los niveles de comunicación que desean manejar con respecto a otros actores de la sociedad civil, estatales o independientes. Hoy es sabido que el modo en que nos comunicamos implica siempre una propuesta relacional, qué tipo de vínculo pretendemos crear (amistoso, competitivo, paternalista, etcétera). Por el momento el primer paso sería definir una estructura sólida de articulación y también localizar los horizontes a los que se desea llegar, paso complejo pues estamos hablando de procesos en construcción, donde todavía no existe un consenso general sobre cuál será su rol de cara al futuro.

Un desafío conciso es el de pensar desde el evangelio cada acción a ejecutar, comprendiendo la fuerza y consecuencias de lo publicado o no publicado, el poder convocador de la oración (para darle espiritualidad al movimiento) , el acento en las palabras precisas, para que sin faltar a la verdad se puedan construir espacios tangibles de diálogo, la naturaleza de la relación a forjar con otros actores debe estar basado en el respeto a las diferencias y los líderes de estos procesos (aún sin definir claramente) deben saber que es importante su credibilidad y coherencia para evitar que sean vistos solo como movimientos clericales; es clave dar desde estas plataformas ejemplos de solidaridad, donde laicos y consagrados se unen para construir en nuestra sociedad la verdadera amistad social.

Si se intentara describir esta nueva generación de jóvenes católicos sería bueno dibujarlos como sujetos entrenados en el arte de vivir entre fronteras, sobre todo por el desafío generacional que representa para sus familiares de mayor edad o con militancia dentro del sistema oficial, sus demandas y deseos de participar de la construcción de la Cuba de futuro. Son muchachas y muchachos –sin entrenamiento político– dispuestos a reescribir su propia historia desde una espiritualidad cristiana cultivada en los deseos de apostar por el bien.

Para muchos, lo que presenciamos es solo un entusiasmo juvenil católico cubano, pero si uno lee con detenimiento las acciones realizadas, se puede dar cuenta de la profundidad de los principios que las guían; es esperanzador ver la dimensión espiritual de sus gestos, pues no tienen como centro el alcanzar beneficios materiales. Sus palabras parecen gritar que no hay evangelización sin los deseos de transformar para bien el mundo. Para ellos, la acción de evangelizar no encuentra su sentido y su finalidad en la sola aceptación y transmisión de su contenido conceptual, sino que implica necesariamente la transformación hacia la caridad de las estructuras de pecado que marginan y matan la otredad de la persona y la sociedad. Esa Cuba del Futuro soñada por ellos huele a esperanza.

[1]La entrevista completa al director puede ser consultada en el grupo de telegram de la Revista el Estornudo, revistaelestornudo.com

[2] Fragmento tomado del grupo de Whatsapp de Vida Cristiana, para consultar la carta completa se puede acceder a la web de la Conferencia Episcopal Cubana.

[3] La Defensa de la Revolución es la defensa de la Democracia; entrevista con el intelectual cubano Julio César Guanche); publicado en el blog la Joven Cuba el domingo 6 de febrero de 2021.