El papa Francisco en Irak: pascua de la convivencia

Horacio Biord Castillo:

Es un tiempo extraño. Estamos a finales del mes de marzo de 2021. Hay un comportamiento climático inusual en Venezuela. Se trata de uno de los meses más secos del año y, sin embargo, llueve en muchos lugares, como en la región centro-norte, desde donde escribo. Las altas temperaturas que suelen ocurrir en esta época, que llamamos “verano”, aún no han llegado o no lo han hecho con la intensidad esperada. Este fenómeno se ha manifestado en gran parte del país, no obstante algunas diferencias regionales y seguramente también altitudinales. Estas oscilaciones deben obedecer por igual a ciclos de larga duración y a las consecuencias del cambio climático global, antropogénico o no.

Es un tiempo extraño. Además de la circunstancia climática, enfrentamos también la terrible coyuntura de la pandemia por el coronavirus causante del covid-19, en medio de la difícil situación política y socioeconómica que agobia a los venezolanos. Podemos verlo como el reflejo de un problema mundial en las realidades inmediatas de Venezuela.

Más allá de la afectación por la pandemia, los problemas estructurales laten con fuerza sin que no siempre podamos advertir sus manifestaciones. En este complejo entorno mundial y particular de gran dolor por tantas víctimas, de temor por la amenaza a la salud y de creciente preocupación por fenómenos subyacentes, la noticia del reciente viaje del papa Francisco a Irak entre el 5 y el 8 de marzo de 2021 constituye, sin duda, un gran aliento, un motivo de esperanza, un signo de luz y vida para los tiempos que vivimos y los que vendrán.

Así como en Venezuela la situación por la pandemia dificulta percibir con mayor nitidez las dimensiones de la situación del país, en el mundo las incidencias del coronavirus desdibujan las no tan tenues evidencias de amenazas al orden mundial que, en los primeros años de la década de 1990 con la caída de la URSS y la desaparición de la Guerra Fría y las tensiones Este-Oeste, se perfiló como una época de entendimientos globales.

Quizá, como lo atestiguó para su época Stephan Zweig en el libro El mundo de ayer. Memorias de un europeo para los años anteriores a la Primera Guerra Mundual (1914-1918) y el período de entreguerras, muchos no sientan esas amenazas. Dejando el caso de Venezuela, cuyos problemas se esconden tras los vaivenes de la pandemia, sobre el mundo, al menos el llamado “mundo occidental”, se ciernen fuerzas centrífugas que deberían llamar nuestra atención. En efecto, parecería que una gran crisis civilizatoria ha comenzado a abatir ese cada vez más amorfo “occidente” o “civilización occidental”, sin entrar a considerar las diferencias entre lo que pudieran describirse como centro y periferias, o el verdadero y el falso (o pretendido) occidente. Como parte de ello, cada vez más estados «no occidentales” se afianzan como potencias (China, Rusia, Irán, los países árabes).

Se empieza a dibujar un mundo multipolar, ciertamente, pero con una creciente influencia no occidental que pudiera, a más largo plazo, desplazar o aminorar de manera sustantiva valores esenciales y usos de los modos de vida occidentales.

En tal escenario hipotético, la multipolaridad quizá no sería una mera multiculturalidad y, menos aún, una posible interculturalidad derivada de la sana, armónica y deseable coexistencia y convivencia entre sociedades con modos de vida derivados de matrices culturales y horizontes civilizatorios distintos. Pudiera instaurarse un sistema mundial con estados poco respetuosos de los modos de vida que “Occidente” popularizó bajo su égida, sin entrar a considerar los desajustes estructurales que causó en amplias regiones del mundo debido al colonialismo y al imperialismo tanto en el pasado remoto como en el más reciente. La emergencia de fenómenos como el radicalismo y el fundamentalismo de algunos grupos religiosos, entre ellos el representado en especial por el llamado “estado islámico”, son amenazas no solo del presente sino un motivo de preocupación para el futuro, es decir para la segunda mitad del siglo XXI cuando el cristianismo, por ejemplo, pudiera ser desplazado por el islamismo como la religión con mayor número de adeptos.

Como parte de esas tendencias, Europa parecería vivir una crisis en la que, entre otros, el aspecto demográfico juega un papel importante. El paulatino envejecimiento de la población y el hecho de que los europeos quieran tener cada vez menos hijos, combinado con la abundancia cuando no opulencia de las sociedades europeas y la injusta distribución de la riqueza mundial (en lo que las potencias europeas tienen una responsabilidad histórica), ha estimulado de diversas formas la presencia y arribo de grupos de inmigrantes de regiones periféricas del difuso Occidente y de otras no occidentales. En dos o tres generaciones, esto pudiera cambiar las configuraciones socioculturales de Europa y significaría, en consecuencia, una eventual crisis civilizatoria occidental.

En este contexto, el viaje del Papa Francisco a Irak si no abre exactamente, porque ello viene ocurriendo desde al menos la década de 1960, reafirma y renueva la disposición a un entendimiento de largo plazo y gran aliento. Se trata, sobre todo, de construir y fortalecer caminos para un entendimiento, el diálogo y la convivencia entre religiones y tradiciones culturales. Es el mismo espíritu ecuménico y de diálogo interreligioso fortalecido por san Juan XXIII y el encuentro para orar en las Jornadas por la Paz, iniciadas en Asís en octubre de 1986 por invitación de san Juan Pablo II, sin olvidar los esfuerzos de la comunidad monástica ecuménica de Taizé, y las prédicas de líderes religiosos no cristianos como el Dalai Lama. No en balde, Irak, cuna de procesos civilizatorios y de religiones abrahámicas y donde aún perduran otras religiones de orígenes anteriores, es un símbolo para el futuro.

La pervivencia de las tradiciones y de las creencias de todos los grupos que invocan un origen abrahámico y de otros incluso previos a esas tradiciones es una meta para el futuro. Igualmente lo es el diálogo y la colaboración y para ello resulta esencial el acercamiento al islamismo y distinguirlo de los grupos llamados fundamentalistas, extremistas o rigoristas.

El viaje del papa Francisco y su encuentro con líderes de diversas religiones y con cristianos de distintas denominaciones y ritos preludia días de mayores logros en el diálogo y la búsqueda de la convivencia y el respeto, de una “universalización” o verdadera sociedad multicultural e intercultural, de gran y cuidadoso respeto hacia el “otro” (sea quien fuera) y a sus formas de pensar, costumbres, usos, conocimientos y creencias religiosas. Ese respeto, asumido como valor fundamental, es imprescindible para la convivencia de los pueblos y la construcción de la paz universal, es decir, de una auténtica ética multicultural.

En un tiempo extraño y entre tantos signos de preocupación en Venezuela y el mundo, el viaje del papa Francisco a Irak constituye, sin duda, motivo de una gran esperanza, la celebración anticipada de la pascua de Resurrección para los cristianos.

 

 

Horacio Biord Castillo

 

Escritor, investigador y profesor universitario

 

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com