¿Cómo acaban las historias de la peste?

En la literatura del contagio, cuando la sociedad está finalmente libre de la enfermedad, le corresponde a la humanidad decidir cómo empezar de nuevo.

El invierno pasado, cuando cayó por primera vez la pesadumbre, vi a una anciana, con la espalda doblada como un cayado de pastor, caminando atentamente a través de la lluvia helada. Atravesaba el aguanieve mientras cruzaba la carretera con botas negras que había forrado con bolsas de plástico para protegerse de la humedad y el frío. Llevaba una máscara de color carne, antinaturalmente lisa, pero esto era antes de que todo el mundo usara máscaras y, al principio, no pude saber qué era: parecía que no tenía nariz ni boca. Al acercarme, pude ver la cosa, hecha -debió de coserla ella misma- de un viejo sostén beige con aros, con una copa cortada y vuelta al revés, el cable sobre el puente de la nariz, los finos tirantes de nailon ceñidos a la parte posterior de la cabeza. Me acerqué a ella, pensando que debía decir algo: ¿se encontraba bien? Al instante, sus ojos se abrieron de par en par y se dio la vuelta, acelerando el paso. No volví a verla.

Poco después, empecé a escribir un ensayo sobre la literatura del contagio, historias sobre plagas. Durante el día, leía libros. Por la noche, cosía máscaras con retazos de tela y gomas elásticas, con toallas de papel dobladas por dentro como si fueran tampones. Me preguntaba cómo empezaban las historias de la peste y qué pasaba después. «Todo el mundo está patas arriba», dice un personaje de una historia. «Y ha estado patas arriba desde la llegada de peste». Los humanos pierden su humanidad, según la trama habitual. A medida que la peste se extiende, la gente se vuelve temerosa de los demás; las familias se encierran en sus casas. Las tiendas retiran sus mercancías; las escuelas cierran sus puertas. Los ricos huyen; los pobres enferman. Los hospitales se llenan. Las artes se marchitan. La sociedad desciende al caos, el gobierno a la anarquía. Finalmente, en la última etapa de esta aparentemente inevitable regresión, en la que la historia corre en sentido inverso, los libros e incluso el alfabeto se olvidan, el conocimiento se pierde y los humanos se convierten en bestias. En la novela de Octavia Butler de 1984, «El Arca de Clay», ambientada en el año 2021, los mutantes supervivientes de un patógeno alienígena de Próxima Centauri 2 «ya no son humanos».

Últimamente, a la espera de una vacuna, aguardo otro final. ¿Los humanos volverán a ser humanos?

Todas las plagas dejan su huella en el mundo: cruces en nuestros cementerios, manchas de tinta en nuestra imaginación. Edgar Allan Poe fue testigo de los estragos del cólera en Filadelfia, y es probable que conociera la historia de cómo, en París, en 1832, la enfermedad se cebó en un baile, en el que los rostros de los invitados, bajo sus máscaras,  adquirieron un color azul violáceo. En el relato de Poe «La máscara de la muerte roja», de 1842, el príncipe Próspero («feliz e intrépido y sagaz») ha huido de una peste -una plaga que tiñe de carmesí los rostros de sus víctimas- para vivir con un millar de sus nobles y mujeres, bajo un lujo grotesco, en una abadía aislada, tras unos muros cerrados con hierro. En un fastuoso baile de máscaras, un invitado alto y demacrado llega para arruinar su imprudente diversión. Va vestido de hombre muerto: «La máscara que ocultaba el rostro estaba hecha de tal manera que se asemejaba al semblante de un cadáver rígido, y el escrutinio más minucioso debía tener dificultades para detectar el engaño». Está vestido como la mismísima Muerte Roja: «Su vestimenta estaba empapada de sangre, y su amplia frente, con todos los rasgos de su rostro, estaba salpicada del horror escarlata». Todos mueren, y como esto es Poe, mueren mientras un reloj de ébano da las doce de la noche (después de lo cual, hasta el reloj muere): «Y la Oscuridad y la Decadencia y la Muerte Roja tuvieron un dominio ilimitado sobre todo».

Más a menudo, sobrevive un vestigio de vida, un recordatorio de lo mucho que se ha perdido. En «La peste escarlata», de Jack London, publicada no mucho antes de la pandemia de gripe de 1918, un contagio mata a casi todos los habitantes del planeta; la historia se sitúa en 2073, sesenta años después del imaginado brote, cuando un puñado sobrevive, iletrado, «vestido de piel y en estado salvaje». Un hombre muy, muy viejo que, medio siglo antes, había sido profesor de inglés en Berkeley predice buenas noticias: «Nos estamos multiplicando rápidamente y preparándonos para un nuevo ascenso hacia la civilización». Aun así, no es tremendamente optimista, señalando: «Será lento, muy lento; es un ascenso tan grande. Hemos caído tanto. ¡Si sólo hubiera sobrevivido un físico o un químico! Pero no fue así, y lo hemos olvidado todo». Por esta razón, ha construido una especie de arca -una biblioteca- escondida en una cueva. «He almacenado muchos libros», dice a sus nietos analfabetos. «En ellos hay una gran sabiduría. Además, junto a ellos, he colocado una clave al alfabeto, para que el que conozca la escritura en imágenes pueda conocer también la letra impresa. Algún día los hombres volverán a leer».

Algún día los hombres volverán a leer. Lo primero que leerán, presumiblemente, será el propio libro que relata lo sucedido, en el que un narrador profético, parecido a Job, que ha sobrevivido al desastre, asume el sagrado deber de dirigirse a la posteridad. Como Ismael en «Moby-Dick», el superviviente deja torpemente un manuscrito, un mensaje en una botella, el último libro. «¡Aún estoy vivo!» son las últimas palabras de «Diario del año de la peste» de Daniel Defoe, un relato del brote de peste bubónica de 1665.

«El último hombre«, de Mary Shelley, se publicó en 1826, ocho años después de la publicación de «Frankenstein» y entre dos pandemias de cólera. En él, un hombre que se cree el único superviviente de un contagio mundial redacta un relato de la devastación -llamado «La historia del último hombre»– y luego parte en un barco entre cuyas escasas provisiones se encuentran las obras de Homero y Shakespeare. «Pero las bibliotecas del mundo están abiertas para mí», escribe en las últimas líneas del libro, «y en cualquier puerto puedo renovar mis existencias». Desaparece en su «pequeña barca», como si el mundo estuviese a punto de volver a empezar.

Las novelas con trama matrimonial terminan en bodas; las novelas con trama de peste terminan en funerales (siempre que quede alguien para enterrar a los muertos). El lector de «Emma«, de Jane Austen, nunca llega a saber cómo termina el matrimonio de Emma Woodhouse con el señor Knightley; el lector de «El último hombre» nunca llega a ver si la vida, después de la peste, continúa. Sin embargo, la literatura del contagio tiende a terminar, como la de Shelley, con un nuevo comienzo, una pizarra en blanco al estilo de John Locke, y, a veces, incluso con un indicio de que los males y errores de las viejas costumbres podrían no volver. Como afirmaba la campaña de Biden: «¡Construir de nuevo, mejor!».

En «Diario del año de la peste», la peste, magníficamente, se va. Es obra de Dios, no de ninguna medicina, concluye el narrador de Defoe. «Incluso los propios médicos se sorprendieron de ello«, escribe (aunque las medidas de salud pública adoptadas en Londres, incluida la cuarentena de los enfermos, habían supuesto una gran diferencia). La enfermedad retrocede tan repentinamente que la gente «se desprende de todos los temores, y lo hace demasiado rápido». Un hombre, aventurándose a salir, ve una multitud y lanza sus manos al aire, diciendo: «¡Señor, qué cambios hay! La semana pasada vine, y apenas se veía gente«. Otro hombre grita: «Todo es maravilloso, todo es un sueño». Defoe también termina su «relato de este año calamitoso» dando las gracias; su libro es, como el levantamiento de la plaga, «un llamamiento visible a todos para que demos Gracias».

Más difíciles de soportar, si uno se aferra con bastante desesperación a la promesa de construir algo mejor, son las historias en las que el problema, en el fondo, no es la peste sino la política. La novela de José Saramago «Ensayo sobre la ceguera», de 1995, sobre una plaga que reduce la visión de todos, termina con los ciegos recuperando la vista y abriendo los ojos para encontrar un mundo destruido. Pero la historia continúa en una secuela, llamada «Ensayo sobre la lucidez«, de 2004. Cuatro años después de la plaga de ceguera, los habitantes de la capital votan en unas elecciones municipales. Sin embargo, la mayoría de ellos emiten votos que han dejado en blanco. De alguna manera, los votos en blanco parecen otra plaga. «Lo que está ocurriendo aquí podría cruzar la frontera y extenderse como una muerte negra moderna», dice el ministro de Asuntos Exteriores. «Se refiere a una muerte blanca, ¿no?«, dice el Primer Ministro. Finalmente, los líderes deciden que los votos en blanco deben ser el resultado de una conspiración -un contagio político- y sitian la ciudad. Se contrata a un francotirador para que dispare a la única mujer de la capital que nunca perdió la vista, que siguió siendo totalmente inocente y veía la verdad. Todo el tiempo, el propio gobierno, sin visión, había sido la verdadera y duradera plaga.

La cesta de mi radiador, junto a la puerta de entrada, está llena de máscaras desechadas. Están hechas de papel blanco y tejidos azules y de algodón: florales, a cuadros, lisas. La mayoría huele a sudor y a saliva y, en menor medida, a jabón de lavandería. Son despreciadas. Fuera, la gente pasa, de luto, afligida, esperando, con esperanza. La última nieve se ha derretido. Incluso el aguanieve ha desaparecido.

«En aquellos días en los que la peste parecía retirarse, escurriéndose hacia la oscura guarida de la que había salido sigilosamente, al menos una persona de la ciudad veía la retirada con consternación«, escribe Albert Camus en «La peste«, de 1947. El número de muertos sigue disminuyendo, pero un hombre codicioso y de corazón duro, Cottard, que se ha beneficiado de la peste y no ha ayudado a los enfermos, empieza a sentir pánico. «¿De verdad crees que puede parar así, de repente?«, se pregunta. La gente del pueblo se acerca a lo que llaman «la vuelta a la vida normal», como animales que salen de una cueva después de una tormenta. Cottard no. «Parecía incapaz de retomar la vida oscura y monótona que había llevado antes de la epidemia. Se quedaba en su habitación y pedía que le enviaran la comida desde un restaurante cercano. Sólo al anochecer se aventuró a hacer algunas pequeñas compras». Las puertas de la ciudad están a punto de abrirse. La gente se alegra. «Pero Cottard no sonreía. ¿Se suponía, preguntó, que la peste no habría cambiado nada y que la vida de la ciudad seguiría como antes, exactamente como si no hubiera pasado nada?» Cottard saca una pistola y empieza a disparar a la gente en la calle. Se ha vuelto loco.

El narrador de «La peste» sabe lo mismo que Cottard: que la peste retiró la máscara que oculta la vileza egoísta y despiadada de los humanos. Pero también sabe algo que Cottard no sabía: que esa no es la última máscara, que bajo ella se esconde un verdadero rostro, el de la generosidad y la bondad, la misericordia y el amor. Al final de «La peste», su narrador se desenmascara a sí mismo: revela que es un médico que, tras haber atendido a los enfermos, resolvió escribir, «para no ser uno de los que callan, sino para dar testimonio a favor de los aquejados por la plaga; para que perdure algún recuerdo de la injusticia y el ultraje que se les hizo; y para afirmar simplemente lo que aprendemos en tiempo de peste: que hay más cosas que admirar en los hombres que las que despreciar». Más cosas, humanas al fin y al cabo.

 

Traducción: Marcos Villasmil

 

 

Jill Lepore es una historiadora estadounidense.  Ejerce la Cátedra David Woods Kemper 41‘ de Historia Americana en la Universidad de Harvard, y  es asimismo escritora en The New Yorker, donde colabora desde 2005.  Es la presidente de la Sociedad de Historiadores estadounidenses y comisionada emérita de la Galería Nacional de Retratos del Smithsonian. Escribe sobre historia, derecho, literatura y política estadounidenses, y es autora de catorce libros, entre ellos «Estas verdades: Una historia de los Estados Unidos».

The New Yorker/América 2.1