En fosa común

 

Julieta Salas de Carbonell:

 

Con todo respeto, a su Eminencia Baltasar Cardenal Porras Cardozo

 

La catedral no era rimbombante, ni los feligreses soberbios. Gente vieja, muchos descendientes de los que, en 1558, habían fundado la ciudad. De profunda fe cristiana, humildes ante Dios y parcos en su vida diaria. Muy orgullosos de sus antiguos privilegios. Al morir el mayor honor posible, ser enterrados en el recinto de las iglesias. Así era la costumbre en Mérida, la Dra. Ana Hilda Duque, estudiosa del tema, en “De enterrados a fieles difuntos” interesante artículo aparecido en Saber Universidad de Los Andes ULA, nos informa que los personajes importantes de la ciudad y los bienhechores de la Iglesia podían acceder a tal honor y la tradición familiar me recuerda que era un privilegio muy apreciado por mis deudos que siempre lo exigieron. A nuestros difuntos los enterraban en la Catedral y así por los años y los años hasta que Antonio Guzmán Blanco lo prohibió.

Al principio debió ser un tingladito, de techo de paja y paredes de bahareque, que aquí en Mérida dieron en llamar tapias, lugar consagrado por curas doctrineros. Después construyeron una capilla, pero tierra de temblores, a cada tanto había que reconstruir. Y así pasaron dos siglos, el caserío se había consolidado, ya era una villa del inmenso Virreinato de la Nueva Granada, pero en 1777 en Mérida se vivieron tiempos difíciles, tiempos de cambio. Carlos III decidió poner orden en sus dominios, en un intento reformista que sacudió a todos. Para empezar los habitantes de Mérida ya no eran reinosos, ahora eran venezolanos y su capital Caracas, que la mayoría de los merideños ni sabía dónde quedaba. En lo religioso Mérida fue erigida el 16 de febrero de 1778, como la Diócesis de Mérida de Maracaibo y su primer Obispo, fray Juan Ramos de Lora, hizo construir un nuevo templo bajo la invocación de la Inmaculada Concepción, una Catedral, modesta y austera, cónsona con el paisaje y los hombres que en ese recinto adorarían a Dios.

Terremotos, temblores y sus réplicas obligaron a los merideños a mantener continua vigilia y a la Catedral a siempre estar en fábrica. Los Obispos se sucedieron uno tras otro, con el templo constantemente amenazando ruina hasta que en 1842 Juan Hilario Bosset inició la construcción de una nueva Catedral sobre las ruinas de la antigua colonial, obra que culminó en 1867 con su consagración. Poca vida tuvo este templo que fue destruido por el gran terremoto de 1894. Antonio Ramón Silva al ser consagrado Obispo en 1895 se encontró con un templo en ruinas del que solo la fachada estaba intacta así como la torre del reloj que lamentablemente no daba ya la hora. Para 1927 la Diócesis de Mérida había sido elevada a Arzobispado y Monseñor Silva su nuevo Arzobispo, quien fue sucedido por Monseñor Acacio Chacón Guerra en 1926. Largo y fructífero el tiempo de Monseñor Chacón y para 1944 las  condiciones físicas de la Catedral con la bóveda por los suelos y las paredes agrietadas obligaron a su demolición y Monseñor Chacón se abocó a la construcción de un nuevo templo para lo cual contrató a un arquitecto español de gran fama en el país. Manuel Mujica Millán llegó con la intención de construir una catedral monumental de acorde con la pujante Mérida. En 1958 a pesar de no haberse concluido su construcción y en celebración del cuatricentenario de la fundación de Mérida, el gran templo fue inaugurado pero, solo fue consagrado en 1960.

Hay que considerar que en 1945 en el país no se respetaba el pasado. Venezuela estaba en una gran onda de renovación así que no se puede reclamar que Mujica Millán no tratara de salvar algo de la antigua construcción, Fuera con lo viejo parece que era la consiga y así fue como la piqueta del progreso  profanó las tumbas de las antiguas familias merideñas, destrozando sus lápidas a punta de mandarriazos. Y para mayor dolor los restos de nuestros deudos fueron recogidos sin ningún respeto y “echados” en una fosa común que nadie parece conocer su ubicación. Nos quedamos sin familia, comentaba mi mamá cada vez que íbamos a Mérida.

Muchos años después, a principios de 2016, fui con mi prima María Luz Salas de Morales a visitar a Monseñor Baltazar Porras Cardozo, en el Palacio Arzobispal en Mérida. Aunque nacido en Caracas, Monseñor Porras es merideño por convicción, ciudad donde tiene hondas raíces. Su interés por la historia lo ha llevado a ser el Cronista Oficial de Mérida y a la recuperación de innumerables documentos históricos que ahora se encuentran a disposición de los investigadores en el Archivo Arquidiocesano a cargo de la Dra. Ana Hilda Duque. Queríamos agradecerles personalmente la ayuda que nos prestaron en la infructuosa búsqueda de los orígenes de Tomasa Salas, nuestra antecesora. Recorrimos el Palacio Arzobispal, nos tomamos un cafecito con Monseñor Porras, y visitamos el Museo Arquidiocesano que guarda reliquias del pasado colonial de Mérida. Nos despedimos y dispusimos a salir por la puerta principal lo cual fue impedido por una turbamulta enfurecida que gritaba consignas contra Monseñor. Se impuso que saliéramos por trascorrales, por la puerta del patio de atrás del Palacio Arzobispal. Allí encontramos colocados sobre las paredes restos de lápidas funerarias, y para mi gran sorpresa en una de ellos leí “Concepción Dávila de Celis”  y me di cuenta que era Mamá Concha, la abuela de mi abuela María Ruiz Celis y de repente todos esos otros nombres que lucían las lápidas se volvieron gentes de carne y hueso y me sentí parte de una corriente que fluía a través del tiempo.

La joven que nos acompañaba nos contó que esas lápidas mutiladas, esos trozos de historia, las había rescatado Monseñor Porras de una gran montaña de basura de por lo menos 50 años de desechos de la construcción de la Catedral de Mujica Millán. Me imagino que la joven debe haber conversado sobre la emoción que yo sentí al verlas porque al día siguiente nos llamaron de parte de Monseñor para que volviera a Palacio a tratar de identificarlas. Y quedé impactada al ver en la pantalla de la computadora, página tras página con de más de cien fotografías. Cada lápida, cada trocito rescatado había sido fotografiado y se le había abierto una ficha. Y le di gracias a Dios por Monseñor Porras y su interés por la historia y a mi mamá le dije en el recuerdo:

–Mami, volvimos a tener familia…