Mons Raúl Biord: «La resurrección de Jesús es el grito de alegría que inunda toda la tierra»

La resurrección de Jesús es el grito de alegría que inunda toda la tierra como bien se describe en el Pregón pascual. Alégrense los coros de los ángeles, las jerarquías del cielo, toda la tierra, nuestra madre la Iglesia. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! La resurrección de Cristo ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los potentes une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino. Es la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la gracia sobre el pecado, de la alegría sobre la tristeza. De aquí la invitación pascual: Aleluya, Aleluya… que otra cosa no es sino: Alegría, alegría, porque Cristo resucitó.

Celebramos esta Pascua en medio del dolor de la pandemia: amigos y familiares, conocidos y hasta los mismos médicos y personal sanitarios están enfermos. A ellos vaya nuestra oración y nuestra palabra de consuelo y de ánimo en esta hora de cruz. Es importante que tengan una actitud positiva. No pierdan la fe y aférrense a la oración por su salud. Necesitamos la bendición de Dios, pero necesitamos también buscar caminos de entendimiento social y político para que lleguen las vacunas para toda la población sin distinción de credo religioso, condición social e ideología política.

Celebramos la pascua del Señor. Hemos escuchado varias lecturas de la Palabra de Dios: la primera la creación, tomada del libro del Génesis: Dios hace todas las cosas buenas y crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, iguales en dignidad, para ser fecundos en los hijos, dominar la naturaleza y ponerla a su servicio, producir los frutos de la tierra como alimento.

La segunda lectura está tomada del Éxodo: nos narra el paso del mar rojo. Dios libera a su pueblo, que estaba en el destierro, esclavo del Faraón, lejos de su tierra. Los libera de modo maravilloso: el paso por el mar Rojo es la primera Pascua, liberación de la esclavitud hacia la tierra prometida, salvación de toda una esclavitud y la negación de su libertad como pueblo y de su religión en el único Dios.

La tercera lectura es del profeta Isaías. Es una voz de esperanza para los que pasan hambre y no tienen dinero. Dios anuncia una alianza perpetua con su pueblo, pero pide al pueblo que lo busque con corazón sincero, que el malhechor abandone su mal camino y se convierta a Dios que es rico en perdón.

La epístola de San Pablo nos anuncia que Cristo resucitó por el poder del Espíritu. En el bautismo participamos de su muerte, pero también de su resurrección. Ahora nuestra vida está en Cristo. En el vivimos, nos movemos y existimos. Todos estamos llamados a ser otros Cristos.

Finalmente, el Evangelio de Marcos que hemos proclamado nos dice: NO tengan miedo. Buscan al Nazareno, al crucificado, no está en el sepulcro. Resucitó. El hombre está vivo y nos precede en el camino de la vida. Nos espera a todos en la resurrección. Jesús con su resurrección ha abierto un camino para todos los creyentes.

La resurrección del Señor es fuente de una alegría invencible. Al experimentar la resurrección, los discípulos descubrieron que las palabras del Maestro tenían sentido, que su modo de ser y actuar era válido, que toda la esperanza que habían depositado en él no quedaba defraudada y que Dios daba su visto bueno a todo. La resurrección significaba que ese mal que habían tenido que soportar, esa tristeza de la pasión y ese llanto del viernes santo habían sido vencidos por la vida y la alegría del domingo de pascua.

La alegría cristiana no es ingenua, sino que es una alegría puesta a prueba. La cruz es la garantía de la alegría. Las bienaventuranzas del Evangelio nos hablan de una alegría que nace precisamente de lo que podemos llamar prueba. Jesús nos enseña que el discípulo auténtico es aquel que en todas las situaciones negativas (persecuciones, calumnias, injusticias, violencias, enfermedades, exilio…) aprende a experimentar en ellas una fuerte presencia de Dios. El discípulo prende a alegrarse ahí donde un hombre común no puede sino sufrir, a sentirse valioso a los ojos de Dios cuando no cuentes para nadie, a disfrutar de las pequeñas alegrías de la vida, de la naturaleza, de la fuerza de los débiles, de la riqueza de los pobres.

A quien todas las cosas le han salido siembre bien, quien es estimado y querido por los demás, quien nunca ha tenido problemas y siempre ha vivido en el éxito, en la salud y en la riqueza… ¿cómo podrá experimentar el hambre y la sed de Dios y luego la bienaventuranza correspondiente? Quien nunca ha probado la soledad, ¿qué sabrá del valor de la amistad? Quien nunca ha experimentado el abandono o la desesperanza hasta la desesperación, ¿cómo podrá dirigirse a Dios e invocarlo como el amigo seguro, la esperanza firme y la alegría desbordante? Quién nunca experimentó la propia debilidad, ¿cómo podrá descubrir la potencia de la gracia que salva? Por todo esto la prueba y el sufrimiento son la escuela donde se aprende la verdadera alegría. La cruz es el camino a la resurrección.

Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido el mismo suplicio con amor infinito. En la cruz y en la enfermedad se descubre que Dios está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia. En medio de estos sufrimientos, por la gracia de Dios estoy lleno de alegría, porque no estoy solo, sino que Dios está conmigo me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia.

Bendecimos hoy el mar en Catia la Mar con el Santísimo Sacramento, pero también en Naiguatá, La Guaira, La Sabana, Mare y Punta de Mulatos Queremos bendecir a todo el pueblo, a toda la creación, a Dios que nos regaló esta naturaleza tan bonita aquí en La Guaira, el mar que baña las playas y bordea nuestras montañas, queremos pedirle que esa fuente del mar sea motivo de curación, que la bendición de Dios nos acompañe y podamos superar esta enfermedad. Que pronto podamos bailar los alegres tambores, danzar con los diablos en Corpus Christi, reunirnos en las iglesias para cantar “Aleluya, Aleluya, el Señor resucitó”.

Mons. Raúl Biord
Obispo de La Guaira.