¿Qué reduce la vida en América Latina?

Managua, Nicaragua. 03-23-2019. Men having a rest while working in the garbage dump La Chureka in the city of Managua.

Venezuela tiene hoy, junto a Paraguay y Bolivia la más baja esperanza de vida de la región sur de Latinoamérica

Hay  países en los que la vida está más favorecida. Hay estados más vigilantes que otros, instituciones más sólidas, economías más prósperas y gobiernos que respetan los derechos humanos.

En América Latina se nos pone difícil la cosa. Cuando no hay estados abiertamente agresores contra su propia población y desentendidos de sus penurias, la falla  viene por el lado de la debilidad institucional. O también los derechos fundamentales a la vida. Lo mismo la salud, el trabajo o la alimentación que están en serio riesgo o simplemente no se  disfrutan como mandan las constituciones.

Por supuesto que la forma de vida condiciona la salud de los ciudadanos y, en consecuencia, alarga o recorta su expectativa de vida.   Según la ONU, la esperanza de vida es la «cantidad de años que un recién nacido puede esperar vivir si los patrones de mortalidad por edades imperantes en el momento de su nacimiento siguieran siendo los mismos a lo largo de toda su vida».

Y la esperanza de vida al nacer es el promedio de años que vive una determinada población, nacida en el mismo año.

Lo cierto es que la esperanza media de vida es un indicador clave para establecer qué tan buena es la salud de una población. Y, por ende, cómo están otros factores económicos y sociales que permiten predecir cuánto tiempo vivirá esa población.

Venezuela, Paraguay y Bolivia, en el foso

Venezuela tiene hoy, junto a Paraguay y Bolivia la más baja esperanza de vida de la región sur de Latinoamérica. De hecho, la curva de esperanza de vida para Venezuela comienza a descender por primera vez desde 1960. En 2010, y en 2019 alcanzamos la esperanza de vida del año 2000. El tema de ingresos y la atención sanitaria tienen mucho que ver con esas cifras. Si la esperanza de vida al nacer es el mejor parámetro para medir la situación de salud de la población, nuestros países están en problemas.

Para el 2017 (Raleigh-OECD iLibrary) la esperanza de vida al nacer para toda la población de la región de LAC (Latinoamérica y el Caribe)  alcanzó los 74,5 años en promedio. Según el informe Panorama Estadístico de la Salud Mundial 2019, entre el 2000 y el 2016, la esperanza media de vida aumentó de 66,5 a 72 años a nivel mundial. Y la expectativa de vida sana subió de 58,5 a 63,3 años.

El mismo informe destacaba que la esperanza de vida siempre es mayor en las mujeres que en los hombres. Sus números subrayan la necesidad imperiosa de dar prioridad a los cuidados de salud primarios y dejan claro que el nivel de ingresos afecta directa y definitivamente la esperanza de vida.

En las urbes se vive menos

En 2021, un estudio publicado en la revista Nature Medicine que analiza la longevidad y mortalidad de 363 ciudades de nueve países de América Latina, indica cuán variable es la situación entre los países de la región.

El estudio evaluó la esperanza de vida de hombres y mujeres, el porcentaje de muertes por violencia, heridas no intencionales, enfermedades contagiosas, maternales, neonatales y nutricionales, y cáncer. También la asociación de estas causas con el nivel de educación, acceso al agua y condiciones de hacinamiento entre otras variables. Las ciudades seleccionadas de Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Colombia, El Salvador, México, Panamá y Perú tienen más de 100.000 habitantes. Los datos fueron recabados entre 2010 y 2016.

A partir de esos datos, la BBC analizó la esperanza de vida en los distintos países de América Latina. Ahí se muestra que que Brasil, México o Colombia tienen la mayor variabilidad entre sus ciudades -con diferencias de hasta entre 7 y 10 años-. Mientras que Chile, Costa Rica y Panamá tienen un patrón relativamente uniforme y algunas de sus ciudades tienen la mayor esperanza de vida (81-82 años para las mujeres; 75-77 para los hombres).

Agua, saneamiento…

Y un detalle muy significativo: “Las ciudades con niveles más altos de educación, mejor acceso al agua y saneamiento y viviendas más adecuadas muestran una mayor esperanza de vida y menos muertes por enfermedades infecciosas y más por cáncer o enfermedades cardiovasculares”.

Hay mayor incidencia de cáncer y otras enfermedades, muertes accidentales  tanto como violentas en las grandes ciudades. De manera que la  la esperanza de vida es más corta para los hombres que viven en ellas. Y, de nuevo, encuentran que no vale lo mismo para las mujeres, las cuales viven más.

Los índices de muerte por violencia -una de las variables utilizadas por la investigación del proyecto SALURBAL (Salud Urbana en América Latina)- son los que tienden a marcar la diferencia en la esperanza de vida entre hombres y mujeres.

Diferencias que hacen la diferencia

Usama Bilal, investigador de la Universidad Drexel, en Estados Unidos, y coautor de la investigación, acota: «Los resultados resaltan la considerable heterogeneidad de la esperanza de vida y las causas de muerte en ciudades de América Latina, revelando factores modificables que podrían ser susceptibles de políticas urbanas dirigidas a mejorar la salud urbana en América Latina y, en general, en otros entornos urbanos.»

Se reflejan diferencias entre países, pero también al interior de ellos. Una ciudad puede tener muchas dentro de su perímetro, considerando las diferencias de nivel de vida y entorno que caracterizan a sus comunidades. Por ejemplo, en Caracas, una cosa es el Este y otra el Oeste. En Buenos Aires, Palermo es muy diferente a Las Villas. En Bolivia alta y baja los contrastes son apabullantes. Santiago de Chile tiene varios «santiagos» dentro. Brasil presenta una cara opulenta en sus cascos urbanos y otra cara pintan las favelas. Es un contraste entre zonas pudientes y sectores que viven en la marginalidad y la pobreza.

Si tomamos en cuenta que el 55% de la población vive actualmente en áreas urbanas, y que para 2050 este porcentaje rondará el 70%, estudiar y entender estas diferencias es crucial, como recomiendan todos los estudios conocidos sobre el particular.

Un mundo más justo y saludable

El pasado 6 de abril, la OMS emitió un comunicado desde Ginebra con motivo del Día Mundial de la Salud. Ahí instan a los países a construir “un mundo más justo y saludable”. Se refieren específicamente a la crisis humanitaria global desatada por el Covid-19 por lo que agregan la urgencia de agilizar el acceso equitativo a las tecnologías y herramientas contra la epidemia. Son específicos en la necesidad de priorizar la salud y la protección social. También crear barrios seguros, saludables e inclusivos y fortalecer los datos y los sistemas de información sanitaria.

“Los gobiernos –señala la OMS- deberían cumplir el objetivo recomendado por la OMS de destinar un 1% adicional del PIB a la atención primaria de salud. Los datos disponibles indican que los sistemas de salud centrados en la atención primaria de salud obtienen mejores resultados sanitarios de forma sistemática, aumentan la equidad y mejoran la eficiencia. La expansión de las intervenciones de atención primaria en los países de ingresos bajos y medianos podría contribuir a salvar 60 millones de vidas e incrementar la esperanza de vida media en 3,7 años de aquí a 2030”.

El «internacionalismo de las vacunas»

El papa Francisco y la Iglesia en el continente han sido constantes y enfáticos en su lucha por elevar la calidad de vida de las grandes mayorías depauperadas. Denuncian las carencias pero también se empeñan en desarrollar planes de asistencia y ayuda directa a las familias en situación más comprometida. Cáritas y otras organizaciones eclesiales dan de sí todo lo que pueden para aliviar la realidad de los sectores más desfavorecidos.

Nuestros obispos latinoamericanos, caribeños y amazónicos, han sido líderes –y el caso de Venezuela, por ejemplo, es emblemático- en comenzar campañas masivas que presionan por una vacunación equitativa, sin discriminación de ninguna especie, a fin de conjurar el riesgo que se cierne sobre toda una población vulnerable, no sólo por sus precarias e insalubres condiciones de vida, sino también por la absoluta falta de recursos que les impiden tener acceso a tratamientos costosos.

En un mensaje dirigido a todo el planeta antes de impartir la bendición ‘Urbi et Orbi’ -a la ciudad y al mundo entero-, el Papa Francisco ha propuesto un «internacionalismo de las vacunas». Ha pedido a toda la comunidad internacional «un compromiso común para superar los retrasos en su distribución y promover su reparto, especialmente en los países más pobres».

En este sentido, proclama a la fraternidad como “el desafío del siglo” y en su reciente discurso ante el Cuerpo Diplomático el pontífice subrayó la importancia de los acuerdos internacionales que permiten profundizar los lazos de confianza mutua y posibilitan a la Iglesia cooperar más eficazmente al bienestar espiritual y social de sus países.

América Latina

En la región, en algunos países se vive un cuadro que ha requerido de la voz de los pastores de la Iglesia católica. América Latina y el Caribe ha sido la región más afectada por la pandemia, por lo que reclama el acceso equitativo a las vacunas. El Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano) ha clamado: “Urge un plan de vacunación”.

En Colombia, los prelados han instado a evitar “negacionismos infundados”, al tiempo que   consideran “altamente recomendable” sumarse al plan masivo de vacunación para el bien de la persona y el bien común. Piden a las autoridades velar por los sectores más vulnerables y actuar con justicia y transparencia sin caer en “mercantilización y politización».

La Conferencia Episcopal peruana condenó el uso indebido de vacunas contra la Covid-19, confiadas a responsables de ensayos científicos, y que sirvieron para inmunizar en secreto a altos funcionarios. La asamblea permanente de obispos deploró “el reprochable proceder de autoridades que se han beneficiado egoístamente, dejando de lado los intereses del país, el bien común y su obligación de velar por los más necesitados, que están en primera línea de lucha contra la pandemia”.

Iglesias centros de vacunación

En Chile miles de iglesias se han transformado en centros de vacunación. El obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Monseñor Oscar Vicente Ojea, expresó su perplejidad por la «politización» de la vacuna contra el coronavirus. Ante el duro panorama que vive Brasil a causa de la pandemia, el arzobispo de Manaos, monseñor Leonardo Steiner, instó a todos los fieles a vacunarse, reiterando que «la vacuna es la única salida que tenemos para superar este momento». Y también: «No debemos pensar que todo ha terminado porque la situación sigue siendo grave». También Uruguay, país donde integrantes de la Iglesia han animado a la vacunación.

En República Dominicana, la Iglesia ha contribuido decisivamente a que se respire un aire de esperanza y tranquilidad, al proponer y participar en una campaña masiva campaña de concientización apenas se anunció la llegada de las vacunas.

En Venezuela, el ingreso de las vacunas no sólo está restringido, sino supeditado en su distribución estrictamente al sector oficialista. Trascendió que sólo serán vacunados quienes porten el “carnet de la patria”, uno de los mecanismos más discriminadores entre los muchos que existen en el país.

En Venezuela urge un plan de vacunación

Hace apenas horas, La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) ha pedido, en un comunicado, “al Ejecutivo Nacional, a las autoridades sanitarias y a todas las instancias públicas y privadas para que, pensando en el bien del pueblo al cual deben servir”, busquen un entendimiento social y político para preparar un plan masivo de vacunación.

Y han sido enfáticos en su mensaje:  “A Venezuela le urge un Plan de Vacunación a la brevedad posible. La llegada de vacunas no puede supeditarse a negociaciones, ni conveniencias e intereses políticos. Se trata de la vida de millones de venezolanos lo que está en juego”.

Macky Arenas – publicado el 16/04/21-Aleteia.org