Los silenciosos pasos del Dr. José Gregorio Hernández y las hermanas del San José de Tarbes

Corría el mes de junio de 1919, exactamente el domingo 29, eran más o menos las tres de la tarde…: las Hermanas de San José de Tarbes se paseaban por los largos e impecables pasillos del Hospital José María Vargas, en Caracas. Como cuidadosos ángeles iban de cama en cama, en aquella inmensidad de Hospital que albergaba un millar de puestos para enfermos, y con la delicadeza propia de su ser femenino, atendían a unos, curaban a otros, consolaban a todos; era su misión diaria: eran enfermeras, cuidadoras, administradoras y mantenían el edificio como un palacio propio de la realeza, aunque a quienes cuidaban eran, justamente, a los más pobres.

Allí, en ese hospital, habían soñado estar, desde 1889, cuando las había llamado y traído desde Francia, el entonces presidente de la República, el Dr. Juan Pablo Rojas Paúl y habían podido realizar su anhelo el año de su inauguración, en 1901, bajo la presidencia del Dr. Andueza Palacios.

Su trabajo no tenía descanso. Estaban en medio de una pandemia que duraría dos años y estaba diezmando a la población. Encerradas en los degredos, habían estado al borde de la muerte, pero el Dios de la vida las protegería y ninguna sería víctima de la peste.

La experiencia adquirida por la atención de multitud de enfermos de los hospitales esparcidos por todo el país, aunado al contacto y conversación con los médicos y científicos de las casas de salud que atendían durante tantos años, habían convertidos sus manos en instrumentos expertos para curar, y sus palabras eran las mismas palabras de amor y consuelo que tuvo Jesús con quienes más necesitaban. Realmente, nuestras Hermanas eran ángeles vivientes.

A estas mujeres valerosas, esa tarde del 29 de junio de 1919 les llegó, repentinamente una tarea a la cual, si bien estaban acostumbradas, supuso esta vez, para ellas una especie de liturgia sagrada. Tenían, ante sí, al cuerpo inerte del Doctor José Gregorio Hernández, al científico, al médico de los pobres, al profesor eminente, al filósofo, al escritor, al músico, al hombre humilde y santo a quienes, aún en vida, se le trataba como  tal. Acababa de ser atropellado en la Esquina de Amadores. Y allí, aún bañado en su propia sangre, pero sin vida, estaba su pequeño y frágil cuerpo. El Doctor Razetti ya había firmado su partida de defunción y ya ellas tenían la orden de proceder a un difícil y respetable rito: tenían que amortajarlo.

Sus rostros consternados por la súbita pérdida del querido Doctor, se bañaron en lágrimas. No podían creer lo que sus ojos contemplaban. Pero, aún en medio de su dolor, debían cumplir con el sagrado deber. Por sus mentes comenzaron a pasar las imágenes impresas en sus recuerdos: …el día que llegó aquel joven doctor al Hospital, cuando regresó de París. Traía consigo los más modernos aparatos científicos, los cuales hasta ellas mismas aprendieron a usar en su tarea sanitaria. Lo veían llegar cada día a impartir clases a sus neófitos alumnos, quienes lo admiraban y querían como al hombre que les iba, paulatinamente, abriendo sus mentes a los misterios maravillosos de la ciencia humana.

¡Estaba llegando de París: por lo tanto, hablaba francés! No lo sabemos a ciencia cierta, pero probablemente, nuestras Hermanas francesas platicarían con aquel ser tan sensible a las maravillas de Dios, acerca del amor que las había llevado al sacrificio inimaginable de abandonar su tierra y sus costumbres para venir a este cálido país y servir aquí a los más necesitados. ¡Con cuánta devoción hablarían de su vocación, de su vida, del Dios del Amor! Tal vez, él les contaría sobre su experiencia en la Cartuja, en el Pio Latinoamericano y de su dolor por haber tenido que abandonar su ideal religioso; tal vez les confiaría sus deseos de ingresar en la Tercera Orden Franciscana Seglar… ¿Quién de nosotros, hoy en día, después de tantos años, podríamos negar o afirmar que esto es mera fantasía, producto de una imaginación fructífera, o bien una realidad que se realizó en el tiempo?

La memoria de nuestras Hermanas seguramente volaría a aquel día, en el año 1904, cuando participó en la fundación de la Academia Nacional de Medicina, en la cual ocupó el sillón XXVIII.

¿Cómo olvidar sus cotidianas salidas del Hospital para ir a visitar a sus enfermos, casa por casa? Lo veían salir cada día a la una de la tarde, ellas sabían que sus preferidos eran los enfermos pobres, y también ellas le facilitarían, probablemente, pertrechos para su recorrido diario. Eran conscientes de que el Doctor les llevaba, muchas veces, las medicinas a sus enfermos. Y, sensibles como eran, las Hermanas le ayudarían silenciosamente en su labor de caridad.

¿Podrían, acaso, olvidar las Hermanas que el monumento que preside el panteón de San José de Tarbes en el Cementerio General del Sur fue una donación del pueblo venezolano a la Congregación y que el Doctor José Gregorio Hernández contribuyó con su sencillo aporte?

En el silencio de aquella dolorosa tarde surgían, pues, en las mentes de las religiosas, los recuerdos de aquel sencillo hombre, con su clásico sombrero y su irreprochable presencia, y ellas, con sus ágiles manos, llenas en ese instante de profunda veneración, iniciaron y concluyeron su tarea de amortajar al querido Doctor.

Muchas veces nos hemos preguntado quiénes fueron las Hermanas a quienes les correspondió esta tan noble, pero tan triste tarea… Por nuestras mentes pasan algunos nombres… ¿Sería, acaso, a Sœur St. Pie, quien ejercía el cargo de Superiora? O, tal vez, ¿la Hermana Mercedes, (Carmen Amalia Iribarren), la primera Hermana venezolana? ¿Le correspondería a Sœur Marie Gertrude? O ¿la Sœur Saint Pierre?… ¡Quién sabe! Eran muchas las Hermanas que, en aquellos años, desempeñaban su labor en este legendario Hospital… Lo único que sí tenemos por cierto es que, si bien no conocemos los nombres personales de las Hermanas quienes tuvieron la gracia de amortajar a nuestro Beato, sí sabemos históricamente que fueron las HERMANAS DE SAN JOSÉ DE TARBES.

Tal vez ellas no estaban al cabo de saberlo en ese momento, aunque pueda ser que lo presintieran, pero lo cierto es que el 29 de junio de 1919, nuestras Hermanas amortajaron a un Santo.

Hna. Beatriz Caraballo C., SJT