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Arzobispo propone reemplazar sacerdotes por laicos como párrocos

El Arzobispo de Lima, Mons. Carlos Castillo Mattasoglio, presentó recientemente su propuesta de reemplazar a los sacerdotes por laicos en las parroquias de la capital peruana.

En una conferencia virtual difundida el 21 de julio de este año en las redes sociales del Arzobispado de Lima, Mons. Castillo Mattasoglio, de 71 años, dijo que está pidiendo permiso al Vaticano “para varias cosas que no están permitidas”, entre ellas que “familias, o parejas, o grupos de esposos o de personas mayores laicas asuman parroquias”.

“Es mejor mandar a los curas a estudiar un poco, ¿no?”, añadió.

La conferencia del Arzobispo de Lima lleva como título “La crisis del Bicentenario: Crispación, odio, miedo”.

Poco antes de abordar su proyecto para las parroquias, Mons. Castillo Mattasoglio, que asumió el gobierno pastoral del Arzobispado de Lima en marzo de 2019, dijo que “el ser humano es un ser para nacer y renacer” y lamentó que “toda la filosofía moderna es sobre la muerte”.

Como ejemplos de su postulado, el Arzobispo de Lima recordó “cuando entierran a las momias para que renazcan caminando”, para que puedan “subir a las cumbres de los cerros, donde está el agua y donde está la vida”.

“Y en las culturas antiguas se pone en posición de feto al cadáver para que renazca”, añadió.

Para el Prelado peruano “hay una filosofía de la vida cotidiana sencilla del pueblo que tenemos que retomar”.

“Yo pienso que, como Iglesia, vamos a tener que trabajar mucho el brindar una Iglesia más cercana para igualar más”, continuó.

Mons. Castillo Mattasoglio dijo luego que “en ese sentido estoy en este momento, he ido a Roma, he estado mucho tiempo, un mes. Estoy propiciando el que me den permisos para varias cosas que no están permitidas, ¿no?”.

“Por ejemplo, (que) me den permiso para que familias, o parejas, o grupos de esposos o de personas mayores laicas asuman parroquias porque es mejor mandar a los curas a estudiar un poco, ¿no?”, expresó.

El Arzobispo de Lima propone “que los laicos hagan de párrocos o de jefes de las iglesias, levanten las comunidades como lo hacen cuando se van a Europa”.

“En Europa hay cantidad de cosas de iglesias en París, por ejemplo, que las han levantado laicos, y mantienen la comunidad cristiana sin necesidad de que haya curas”.

“Luego, hay un cura que les celebra una vez por semana la Misa o dos veces en el domingo, lo que sea; pero hay que pensar formas más igualitarias, más cercanas”, expresó.

Instantes después, Mons. Castillo Mattasoglio indicó que a esto se refiere la “sinodalidad” y “eso lo hicimos en la consulta que hicimos en la asamblea sinodal” del Arzobispado de Lima.

“Fuimos 800 delegados y acordamos cómo hacer la Iglesia de Lima”, aseguró.

El Arzobispo peruano dijo también que “el Papa quiere que a nivel latinoamericano y a nivel mundial la Iglesia consulte cómo debe ser el futuro, y se organice de acuerdo al acuerdo que tienen las autoridades junto con el pueblo mismo y así avanzar”.

Las “leyes” de la Iglesia se oponen a la propuesta del Arzobispo de Lima

Como reconoce el propio Mons. Carlos Castillo Mattasoglio, las “leyes” de la Iglesia, que están contenidas en el Código de Derecho Canónico, se oponen radicalmente a sus propuestas.

Las normas “De las parroquias, de los párrocos y de los vicarios parroquiales” están comprendidas entre los cánones 515 y 552, y comienzan indicando que “la parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio”.

Para que alguien pueda ser designado párroco válidamente debe haber recibido el orden sagrado del presbiterado”, precisa el canon 521.

Solo de forma excepcional “por escasez de sacerdotes”, las leyes de la Iglesia permiten que el Obispo encomiende “la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal”.

Pero incluso en esos casos, el Código de Derecho Canónico establece que el Obispo debe designar “a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral”.-

DAVID RAMOS | ACI Prensa

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Un comentario

  1. “Llego a una parroquia. Abro la puertea y toco la campana, me revisto. Acuden unas pocas personas, celebro la eucaristía. Terminamos. Recojo todo, apago las luces y cierro la puerta. Arranco el coche y me dirijo a otro lugar. No hago catequesis, sólo digo misas…” …O algo así.
    ¿Entienden ahora la comparación?
    Es algo que yo me pregunto. Que todos nos preguntamos: ¿cuánto tiempo? ¿cuánto más puede durar esta situación”. He tenido amigos curas que se ocupaban de 22 pueblos. ¿“Ocuparse”, realmente? ¿Con qué perspectivas?
    Las “Unidades pastorales”, me temo, no van a arreglar nada. De hecho no creo que ninguna ocurrencia puntual, de última hora, vaya a hacerlo porque el problema al que nos estamos enfrentando en la Iglesia Católica de Europa es, ni más ni menos, que el de un cambio de paradigma. No se trata de una crisis coyuntural, como muchas otras anteriores. No son reajustes lo que necesitamos. Esta vez, me temo que no.
    El modelo de estructuración pastoral del catolicismo es, sin apenas cambios, el definido por Trento a partir de 1563. Este Concilio tuvo una importancia extraordinaria y ha marcado las líneas de dirección de los últimos cuatro siglos.
    En él, se consagraron una teología y una forma concretas de entender la Iglesia en el terreno doctrinal. En el de la organización práctica, la realidad se estructuró en forma piramidal, de modo que la base verdadera del conjunto se apoyaba en la figura del presbítero. Dicha figura fue definida y consagrada como el elemento fundamental y a partir de su ministerio se construía, en realidad, todo lo demás.
    Un cura, una parroquia. Él predicaba, gobernaba, enseñaba, y administraba los sacramentos a sus fieles, su grey, cuyo papel consistía, simplemente en obedecer y dejarse “santificar”. Este concepto teórico de las cosas era expresado con toda claridad el Papa S. Pío X, a principios, todavía, del siglo XX.
    Cualquiera que pensara un poco, que conociera la dinámica real de nuestra sociedad, o la historia de la Iglesia, se daría cuenta enseguida. Y no se trata de una cuestión teológica espiritual o pastoral. No, son matemáticas…
    Sencillamene ya no hay sacerdotes, ni los habrá (salvo milagro absolutamente manifiesto), para mantener el modelo tradicional. Además los laicos ya no son los de antes. La parroquia como la hemos entendido durante siglos, simplemente se terminó…
    Sin embargo, al mismo tiempo, curiosamente al mismo tiempo, nos encontramos con el surgimiento de una serie de carismas que han estado dormidos, escondidos (o quizá reprimidos) durante siglos. Miren, conozco buenos hombres casados que dedican muchas horas a la semana a hablar con otros, a escuchar sus problemas, a enseñarles y a fortalecer su fe. Predican en grupos o enseñan la Palabra de Dios. Acompañan a gente con problemas o con duelos y además trabajan y atienden ejemplarmente a su familia. Insisto en que conozco la realidad y que ésta escreciente. Pero, en el esquema actual de la Iglesia ¿qué son exactamente estas personas? En un ámbito evangélico estaría clarísimo:»pastores». Pero entre nosotros no significan nada. Parece que no hay reconocimiento ni lugar para ellos y el don que el Señor les ha concedido.
    Me pregunto si no será la hora de sustituir el viejo sistema piramidal de Trento por un modelo eclesiológico circular y de comunión apoyado en los ministerios, tanto ordenados como laicales.
    No me parece que el problema sea de tipo teológico, ni mucho menos dogmático: creo que la obra de teológos como Dionisio Borobio o Bernard Sesboüé, por no hablar de aportaciones clásicas como las de Rahner o Congar y otros, han resuelto totalmente la cuestión a este nivel.
    Así que ¿por qué no reconocer que puede haber «pastores» laicos: personas con una relación estrecha con el Señor, con una formación adecuada, con una vida comunitaria y, lo que es más importante, bajo la unción del Espíritu Santo? ¿Por qué no ofrecerles un reconocimiento, aunque sea simbólico, que clarifique su función ante la comunidad eclesial?

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