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«Plantados»

Más de 15.000 presos políticos se negaron a vestir como prisioneros comunes en las cárceles cubanas tras el triunfo de la Revolución. Su plante les costó a muchos la vida. Hablamos con varios sobrevivientes.

La película «Plantados» sobre el presidio político en Cuba se estrenará en Madrid en los cines el próximo 21 de Nov.   Aquí, el testimonio de tres hombres y una mujer que fueron presos «plantados» y confirman todo lo que aparece en la película.  ¡ Escalofriante !

Nota de RCL

 

La decisión que tomaron frente al régimen de Fidel Castro negándose a convertirse en presos comunes para denunciar con su plante que eran presos políticos implicó asumir que, al renunciar al traje de presidiarios, vivirían desnudos entre torturas y vejaciones durante décadas. Muchos fueron directamente asesinados. El 19 de noviembre se estrena en España la película Plantados, que revive su historia. Hablamos en exclusiva con los protagonistas reales de aquel drama, hoy en el exilio. Son, de izquierda a derecha, Maritza Lugo Fernández, Luis Zúñiga, Ángel de Fana (abajo) y Ernesto Díaz Rodríguez. Con sus testimonios en exclusiva para XLSemanal, dan fe de que todo cuanto se narra en la película dirigida por Lilo Vilaplana sucedió realmente. Tienen la palabra.

ÄNGEL DE FANA

«Nunca me planteé ponerme el uniforme, aunque sabía que me podían matar»

 

TIENE 82 AÑOS, NACIÓ EN LA HABANA Y ESTUVO 20 AÑOS Y 7 MESES EN PRISIÓN. HA COLABORADO EN LA REALIZACIÓN DEL GUION DE LA PELÍCULA. NO SIENTE RENCOR, SOLO QUIERE QUE SE SEPA LA VERDAD.

Apareció un guardia a la puerta de la celda tapiada donde yo estaba desnudo y me dijo queme pusiera el traje de preso común. Le dije que no, que yo era un ‘plantado’, y me pusieron un año más de condena, sin juicio ni defensa. Ese día había cumplido mi pena, 20 años en la prisión de Boniato, pero no me dejaron en libertad.

De joven, como la mayoría, yo también miraba con simpatía la Revolución. Pensaba que iba a restituir la Constitución democrática de 1940. Pero ya con 21 años, en 1960, me apunté a una asociación contra el régimen. El día de mi detención, agentes de la Seguridad del Estado se presentaron donde trabajaba, una zapatería en el centro de La Habana. Me pidieron que los acompañara cinco minutos, pero ya no regresé.

Me  llevaron a la sede de la Seguridad del Estado y de allí, encapuchado, a un centro de interrogatorios. Completamente desnudo y con la cabeza tapada dirigieron hacia mí un aire acondicionado. Empecé a tiritar. Me interrogaron tres hombres a los que nunca vi la cara. Creí que me iban a matar.

«Los ‘plantados’ no somos de derechas ni de izquierdas, solo estamos a favor de los derechos humanos»

Me condenaron por conspirar contra el Estado. En el juicio, el abogado defensor solo dijo: «Pido clemencia para él». Ahí se acabó todo.

De la prisión recuerdo con especial horror el día que asesinaron a bayonetazos a mi amigo Julio Tang, el chino, mientras hacía trabajos forzados en el campo, porque era muy rebelde.

Nunca me planteé ponerme el uniforme de preso. Las torturas reafirmaban nuestros principios de libertad. Eso nos hacía más fuertes, aun sabiendo que a muchos nos iban a matar. ‘Plantados’ éramos más libres que nuestros torturadores y que la gente del pueblo sometida a una dictadura.

Hicimos nuestra la frase «prefiero morir de pie que vivir de rodillas». A algunos compañeros míos se les ofreció ver la televisión, que era puro adoctrinamiento, a cambio de mantenerlos vivos: dijeron que no y los fusilaron. A otros los llevaban al paredón y los guardias disparaban sobre ellos balas de fogueo. Después de haber rezado por sus almas, era terrible verlos volver desquiciados.

«El día de mi detención, yo llevaba casado 33 días. Tras dos años incomunicado, me dieron varias cartas de mi esposa. Me pedía que abandonara a los ‘plantados’. Le contesté que pidiera el divorcio. Y lo hizo»

Finalmente, los que habíamos cumplido condena hicimos una huelga de hambre a muerte y conseguimos que eso se supiera en el exterior. Meses después, el Gobierno entendió que, si moríamos, se iba a enterar el mundo y nos excarcelaron con la condición de no salir del país. Casi todos nos fuimos.

El día de mi detención, yo llevaba casado 33 días. Después de estar 2 años totalmente incomunicado, me entregaron varias cartas de mi esposa en las que me pedía que me integrara en el plan de rehabilitación y abandonara a los ‘plantados’. Le contesté que pidiera el divorcio. Y lo hizo.

Ahora vivo en Estados Unidos. Me casé de nuevo con la hija de otro ‘plantado’, pude volver a trabajar, tengo hijos y me considero feliz. Ni siquiera siento deseos de venganza.

Lo que siento es la necesidad de que se conozca la historia, para que se condene a los responsables.

No tenemos una cifra exacta del número de ‘plantados’ que estuvieron entre rejas en nuestra época. Pero calculamos que, desde 1959 hasta mediados de 1970, hubo unos 30.000 presos políticos.  A mediados de los noventa había reconocidos unos 400. Hoy hay más de 600, de los que alrededor de 500 fueron detenidos tras las marchas del 11 de julio pasado.

He colaborado en el guion de Plantados y puedo asegurar que cada hecho que cuenta ha sido corroborado por el testimonio de al menos tres presos. Desde el exilio sigo luchando por que haya elecciones libres. Después, que el pueblo decida. Los ‘plantados’ no somos de derechas ni de izquierdas, solo estamos a favor de los derechos humanos.

LUIS ZÚÑIGA

«Adaptarte con dignidad, decoro y coraje es lo que te hace feliz»

 

 

TIENE 74 AÑOS Y LLEVA DESDE LOS 15 CONSPIRANDO CONTRA EL CASTRISMO. SE FUGÓ, REGRESÓ PARA LLEVAR ARMAS, SUFRIÓ TORTURAS Y HUELGAS DE HAMBRE, CASI SE MUERE… SUPERADO EL ODIO, ASEGURA, QUIERE MOSTRAR AL MUNDO LO QUE SUCEDIÓ.

En la prisión de Boniato, a los ‘plantados’ nos aplicaron ruidos electrónicos 24 horas al día, para volvernos locos. Era horrible, por la desesperación dábamos golpes contra las planchas de acero de las puertas. Entonces entró la guarnición a golpes y, desnudos, nos dejaron bebiendo agua de fango con las manos.

Ahora tengo 74 años, pero desde los 15 he conspirado contra el sistema castrista. Mi familia era de clase media y yo estudiaba Ingeniería Industrial, pero me expulsaron por temas políticos. En 1969, me detuvieron cuando trataba de salir de Cuba a través de los campos minados de la base de Guantánamo. Tenía 22 años.

Después de 2 años sin ver el sol en las celdas tapiadas de Santa Clara, me trasladaron a una prisión de máxima seguridad. Allí, me provoqué un trombo en una pierna para que me enviaran a un hospital, de donde escapé con un guerrillero. Conseguí llegar a Estados Unidos, pero al año siguiente me infiltré en Cuba para llevar armas a unos amigos y volvieron a detenerme. Me echaron 25 años más.

«Escapé con un guerrillero y llegué a Estados Unidos, pero al año me infiltré en Cuba para llevar armas y volvieron a detenerme. Me echaron 25 años más»

Puedo enumerar más de treinta torturas. Una de las peores fue cuando los guardias me astillaron el cráneo con barras de hierro por negarme a que los presos comunes me asearan. En otra ocasión, durante una huelga de hambre de 33 días, entró la guarnición para obligarnos a comer y entre los barrotes nos punzaron con bayonetas. A algunos los mataron, a mí me atravesaron el esternón. Creí que me moría.

El Régimen tenía un propósito: doblegarte o destruirte. Y te destruyen en dos aspectos: el psicológico y el físico. Los golpes, el hambre… eso forma parte de la destrucción física. Las amenazas, el terror, dejarte desnudo en una celda tapiada durante años, de la psicológica. Tratan de destruirte para que nunca te vuelvas a enfrentar al sistema: «Que, cuando salga, no salga un enemigo». Pero ellos no contaban con que la tortura nos hacía más fuertes.

Salí en noviembre de 1988, cuando el Régimen quiso que Juan Pablo II visitara Cuba y el Papa mandó al cardenal O’Connor a negociar la liberación de tres presos políticos. Desde entonces vivo en Miami.

Al salir de la cárcel, trabajé para pagarme mis estudios y me gradué en Contabilidad en Estados Unidos. Llevo 33 años casado y soy feliz.

«Nos consta que sigue habiendo presos políticos en las celdas tapiadas que viven en muy malas condiciones…»

La felicidad es un estado mental que solo se consigue con dos condiciones: amor y ausencia de odio. Igual que el día que entré en prisión comprendí que mi mundo cambió; el día que salí, todo lo vivido quedó atrás. Adaptarte a cada circunstancia con dignidad, decoro y coraje (aunque no siempre lo consigues) es lo que te hace ser feliz.

No tengo odio, pero hay que enseñarle al mundo cómo es el Régimen cubano. Nos consta que sigue habiendo presos políticos en las celdas tapiadas que viven en muy malas condiciones… Algunas torturas han dejado de practicarlas porque se han dado cuenta de que reforzaban nuestra lucha.

¡Claro que sueño con volver! Me siento orgulloso de ser cubano y no he dejado un solo día de luchar por una Cuba democrática.

ERNESTO DÍAZ RODRÍGUEZ

«Presos comunes sacaban mis escritos, dobladitos, metidos en el recto»

 

 

CUMPLIÓ 22 AÑOS, 3 MESES Y 19 DÍAS EN LAS PRISIONES DEL PRÍNCIPE, LA CABAÑA Y BONIATO. LOGRÓ PUBLICAR VARIOS LIBROS Y POEMARIOS ESTANDO EN LA CÁRCEL. TIENE 82 AÑOS.

Se me desgarraba el alma las noches en las que sacaban a compañeros de la celda para fusilarlos. Muchos de ellos no habían tenido derecho a defensa o ni siquiera habían sido juzgados.

Yo nací hace 82 años en Cojímar, un pueblo de pescadores. Apoyé la Revolución y celebré el triunfo de Fidel Castro hasta que mi padre, veterano sindicalista, me pidió el 1 de enero de 1959 que no me involucrara: «Fidel Castro, por su autoritarismo radical, va a ser el peor de todos los gobernantes que hemos tenido», me dijo. En 1961 salí de Cuba en una pequeña embarcación rumbo a Miami. Luego, tras varias incursiones clandestinas en la isla para apoyar la contrarrevolución, me detuvieron en 1968.

Me condenaron a 15 años. Y, en un segundo juicio sin derecho a defensa, me impusieron 25 años más por «tentativa de derrocar al Gobierno»… ¡Desde mi celda!

«Apoyé la Revolución y celebré el triunfo de Fidel Castro hasta que mi padre, veterano sindicalista, me pidió que no me involucrara: ‘Fidel va a ser el peor de todos nuestros gobernantes’, me dijo en 1959»

Durante una huelga de hambre que duró 5 meses, nos inyectaban suero intravenoso. El enfermero me atravesaba las venas hasta 15 o 20 veces cada vez con agujas despuntadas que tenían pegados bigotes de algodón, el dolor era terrible.

Durante el presidio escribí La campana del alba, Rehenes de Castro y poemarios para niños. Cuando se publicó el primero «sin autorización», me dijeron que me meterían 20 años más.

Los libros los escribía con letra muy pequeñita en papelitos de cajetillas que me daban los presos comunes y los iba escondiendo en huecos que hacía en la pared de la celda. Cuando un prisionero común salía en libertad, si tenía buena amistad y ánimo para arriesgarse, se introducía los papelitos bien dobladitos en el recto. A veces tardaba un año en encontrar el momento de sacarlos. Gracias a la publicación de esos libros, el Pen Club me acogió como miembro de honor e iniciaron una campaña para lograr mi libertad. Cuando ya solo quedábamos cuatro ‘plantados’ en las prisiones cubanas, el cardenal John O’Connor (Nueva York) pidió a Fidel Castro mi liberación; también la solicitó el presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, pero Castro dijo que la mía no la concedía, que yo tenía que morir en prisión. Finalmente, me liberaron en 1991.

Antes estaba casado y tenía tres hijos. Cuando salí, ya eran hombres, pero con ellos hay una relación de cariño y respeto. Mi mujer y yo, en cambio, habíamos terminado mucho antes. Me volví a casar. Y soy feliz.

«Por supuesto que se puede ser feliz a pesar de lo vivido. Siempre lo he sido porque mi espíritu se sentía libre también en prisión»

Por supuesto que se puede ser feliz a pesar de lo vivido. Siempre lo he sido porque mi espíritu se sentía libre también en prisión. Mi mujer se molesta muchísimo cuando le digo: «Daría cualquier cosa por estar en mi celda». Es incomprensible, lo sé, pero es así: cuando se lucha por una causa justa, se es muy feliz.

Tengo la certeza de que mis torturadores nunca serán juzgados. ¿En Cuba? ¡No! Allí son premiados incluso por los crímenes.

Le aseguro por mi honor que todo lo que aparece en la película ocurrió. Todo es absolutamente cierto y refleja lo que sucedió en un cúmulo de prisiones, no solo en una. Nuestro sueño es que se haga justicia, al menos, mediante el conocimiento de lo ocurrido.

MARITZA LUGO FERNÁNDEZ

«Llegué a pensar que estaba en el infierno y a dudar de si estaba viva o muerta»

 

 

ESTUVO 5 AÑOS EN UNA CÁRCEL DE MUJERES SIN SER JUZGADA. FUE DECLARADA PRESA DE CONCIENCIA POR AMNISTÍA INTERNACIONAL. «A MÍ ME DESTROZARON LA VIDA». TIENE 58 AÑOS.

Cuando me negué a vestirme con la ropa de presidiaria, me dejaron completamente desnuda delante de los guardias, hombres y mujeres perversos que me ofendían. Todo eso fue demasiado fuerte para mí. Al cabo de unos días preferí ir a la celda de castigo y ponerme el uniforme. No lo pude soportar.

Una celda de castigo es una celda muy pequeñita, apenas de un metro de ancho y dos de largo, sin ventanas. Estás totalmente incomunicada, no sabes si es de día o de noche. Llegué a pensar que estaba en el infierno y a dudar de si estaba viva o muerta.

Tengo 58 años. Cuando yo nací, Fidel Castro ya estaba en el poder. Me casé con un dirigente del Partido Democrático 30 de Noviembre y me uní a su causa en favor de los derechos humanos. Tuvimos dos hijas. Primero detuvieron a mi marido, en 1992. Lo condenaron a 20 años; luego, 7 después, me detuvieron a mí.

«No tenía agua para lavarme. El piso estaba mojado, siempre con mal olor. Había presas que no lo aguantaban y se partían los brazos con las paredes»

Mis hijas tenían entonces 4 y 7 años y los oficiales les decían que yo estaba presa porque no las quería. Las ponían en mi contra, les decían que si yo me portaba bien volvería a casa. Mis hijas me abrazaban y me decían: «Mamá, sé buena, pórtate bien y ven para casa».

Cuando hice una huelga de hambre, mis padres me suplicaban que cambiara de actitud porque a ellos les dolía lo que yo estaba pasando. Así que llegó un momento en que pedí que no quería más visitas ni de ellos ni de mis hijas. Dejé de verlos los últimos años. Destruyeron mi familia.

En la cárcel, a las presas políticas nos ponen con las comunes. A mí me metieron con asesinas, con lo peor de la sociedad, no podía coincidir con ninguna ‘plantada’.

Yo fui declarada presa de conciencia por Amnistía Internacional. Me condenaron sin juicio. Me metían en una celda de castigo 6 meses y luego me sacaban para otra; pero no me condenaba un tribunal, no querían que internacionalmente se viera que en Cuba se sancionaba por delitos políticos.

En la celda de castigo sufrí mucho. Hacía mucho frío y tenía que dormir en una cama de concreto (hormigón), que era como una tumba sin colchón, sin almohada y sin nada con lo que taparte. No tenía agua para lavarme. El piso siempre estaba mojado y con muy mal olor. Había presas que no lo aguantaban y se partían los brazos con las paredes, gritaban y se embarraban con sus restos fecales porque esa vida insoportable les enfermaba los nervios. Cuando esto pasaba, los guardias iban a sus celdas y les daban golpes. Yo les gritaba desde la mía que eran unos abusadores porque, en vez de darles tratamiento médico, les daban golpizas. Las cosas que viví allí fueron horribles.

«A mis hijas de 4 y 7 años los oficiales les decían que yo estaba presa porque no las quería y que si me portaba bien volvería a casa. Mis hijas me abrazaban y me decían: ‘Mamá, sé buena, pórtate bien y ven para casa'»

Al principio seguí en Cuba, pero luego me vine al exilio para vivir más tranquila con mis hijas porque la familia de mi marido es muy del Gobierno. Ahora que mis hijas son mayores, lloran cuando ven lo que he pasado, pero en aquella época fueron mis enemigas también. Mi marido salió hace muy poco de la cárcel, se quedó en Cuba y se volvió a casar.

A mí me destrozaron la vida, a veces tengo pesadillas y lloro. Un ruido de un candado, por ejemplo, me lleva a la prisión y grito. No puedo decir que soy feliz. Tengo muchos muchos traumas; y tanto mis hijas como yo estamos enfermas de los nervios. Hay días que tengo unas noches muy difíciles y no puedo dormir; entonces, la doctora me manda una pastillita.

Si viera a mis torturadores por la calle, los querría matar. Pero, cuando lo pienso con calma, sé que no lo haría; yo no quiero ser como ellos. Muchos carceleros están en Miami. Y eso es muy fuerte, es una burla. También nos consta que hay muchos viviendo en otros países haciendo negocios. Yo creo que nunca en la vida voy a ser feliz. Lo único que me anima es la esperanza de una Cuba democrática.-

VIRGINIA DRAKE | FOTOGRAFÍA: PABLO BLUM

Saturday, 30 October 2021, 10:03/ABC de Madrid

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