
Rafael María de Balbín:
La humanidad está llamada a un desarrollo a través de la Historia (Comisión Teológica Internacional, Quo vadis humanitas):
<<A partir de la exigencia de leer los “signos de los tiempos”, que ya había planteado Juan XXIII, y tomando conciencia del impacto global de las transformaciones tecnológicas que influyen en la sociedad, la constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II insertaba el desarrollo de la técnica en aquel dinamismo de progreso que permite que la humanidad se realice en la historia: «con su trabajo y con su ingenio en perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza»>> (n. 25).
<<Sin embargo, el ambicioso ritmo del progreso humano <<no deja de suscitar preguntas: «Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad? ¿Cuál es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender los esfuerzos de individuos y colectividades?»>> (n. 26).
Hace falta un desarrollo integral:
<<Pablo VI retoma esas preguntas, y reconoce que la valiosa contribución del progreso tecnológico es necesaria para el crecimiento económico y el desarrollo humano. Al mismo tiempo, advierte del riesgo de que la persona humana deje de ser la autora del progreso: «No basta promover la técnica para que la tierra sea humanamente más habitable. […] Economía y técnica no tienen sentido si no es por el hombre, a quien deben servir. Y el hombre no es verdaderamente hombre sino en la medida en que, dueño de sus propias acciones y juez de su valor, se convierte él mismo en autor de su propio progreso, en conformidad con la naturaleza que le ha dado su Creador y de la cual asume libremente las posibilidades y las exigencias»… es necesario vigilar para garantizar un “desarrollo integral y solidario”, es decir, promover «a todos los hombres y a todo el hombre»>> (Idem).
El desarrollo debe alcanzar a las dimensiones morales de la persona:
<<Juan Pablo II explicita la necesidad de que el desarrollo se centre en la persona humana sin perder su dimensión moral, y se hace eco de la inquietud extendida de que el desarrollo tecnológico pueda escapar al control: «El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento»…«¿Este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, «más humana»?; ¿la hace más «digna del hombre»?»>> (n. 27).
Las capacidades técnicas pueden crear la ilusión y la tentación de la autocreación humana:
<<Benedicto XVI advierte sobre el sueño de “crearse a sí mismo”, sin tener en cuenta el don que nos precede: «El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma».[32] Algo semejante sucede con el desarrollo de los pueblos, que degenera si la humanidad considera que puede “recrearse” valiéndose solo de los prodigios de la tecnología. Al mismo tiempo, acoge el valor positivo de los progresos tecnológicos, que corresponden a una verdadera vocación que proviene de Dios>> (28).
La tecnocracia es poderosa:
<<El Papa Francisco denuncia los efectos devastadores que se derivan de las formas de “tecnocracia” en las que el ser humano «está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo»>> (29).
Hace falta discernimiento:
<<El Papa León XIV advierte de que la reciente aceleración del desarrollo tecnológico en ámbitos particulares como el de la comunicación, la gestión de datos y la inteligencia artificial, las biotecnologías y la robótica, hace más complejo y delicado el discernimiento: «La humanidad se encuentra en una encrucijada ante el inmenso potencial generado por la revolución digital liderada por la Inteligencia artificial. El impacto de esta revolución es de gran alcance, transformando campos como la educación, el trabajo, el arte, la asistencia sanitaria, la administración, el ámbito militar y la comunicación. Este cambio de época exige responsabilidad y discernimiento para asegurar que la IA se desarrolle y utilice para el bien común, construyendo puentes de diálogo y promoviendo la fraternidad, y garantizando que sirva a los intereses de la humanidad en su conjunto>> (n31).
La relación entre la persona y el instrumento tecnológico implica un condicionamiento recíproco:
<<Este dinamismo tiene mayor impacto sobre los sujetos cuando se pasa de los instrumentos tecnológicos que potencian la velocidad de desplazamiento (automóvil, tren, avión) a las “tecnologías intelectuales”, que pretenden potenciar el conocimiento, es decir, lo que pensamos y cómo lo pensamos (tecnología digital, redes sociales, inteligencia artificial)>> (n. 32).
La tecnología digital influye profundamente sobre las personas:
<<No es tan solo un instrumento, sino que constituye un verdadero entorno de vida, con su propio modo de estructurar las actividades y las relaciones humanas. Este desarrollo tecnológico tiene fuertes repercusiones en la autocomprensión del sujeto, que se reflejan en nuevas posibilidades cognitivas y comunicativas. La era digital inaugura un nuevo horizonte de sentido para pensar sobre nosotros y comunicarnos>> (n. 33).
Se trata de una problemática plenamente actual:
<<León XIV ha expresado en varias ocasiones su apertura crítica hacia las posibilidades de la tecnología, subrayando la importancia de promover un modelo de desarrollo tecnológico que esté al servicio de la persona y del bien común, y advirtiendo sobre las consecuencias “nocivas” de un progreso incontrolado. Tomando nota del desafío que constituye el “nuevo humanismo digital”, omnipresente e irreversible, invita a que sepamos habitarlo de modo justo…Frente a los cambios culturales a lo largo de la historia, la Iglesia nunca se ha mantenido pasiva; siempre ha tratado de iluminar cada época con la luz y la esperanza de Cristo, discerniendo el bien del mal y lo que era bueno de lo que debía cambiarse, transformarse y purificarse»>> (n. 30)-.-
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