Horacio Biord Castillo:
El mes de mayo en mi memoria está asociado a varios recuerdos muy especiales. Es el mes de la Virgen y el mes de las flores. En Don Blas, esa casa-universo de mi infancia, llena de caminos y veredas que partían y llegaban al inmenso árbol de magnolia que era el ombligo de ese mundo de vivencias y recuerdos, nacían rosados lirios en el suelo, especialmente en las partes más húmedas, como cerca del orquideario. A mí madre, Ana Lola Castillo Lara de Biord, le encantaban esas flores y a mí también. Eran los lirios de mayo. Apenas todavía los veo por ahí en esta época y un río de memorias me llena de balsámico rocío.
Mi mamá se apuraba en colocar el altar de la Virgen. Una vez lo puso en una mesita en el corredor que iba hacia los cuartos, pero más cerca del pequeño salón donde estaba el seibó de madera y las escaleras, ambas metálicas (la de afuera color naranja como una inmensa fruta, la interna la recuerdo color azul, al menos como tonalidad predominante, porque subía al Cielo frente a un inmenso ventanal): la que bajaba al lavandero, al tendedero y al enorme jardín y la que subía al sitio donde se solía planchar la ropa, que era una enorme sala desde la que me encantaba ver las montañas, y a la terraza. En ese espacio abierto al cielo Raúl, mi hermano, y yo solíamos corretear y asomarnos al mundo circundante.
Mirar las montañas desde el cuarto de la plancha era para mí, pensándolo en retrospectiva, una experiencia mística; en cambio, desde la terraza podía contemplar el mundo amplio y no ajeno, las bellezas naturales que entonces engalanaban profusamente a San Antonio de Los Altos: sus montañas, sus árboles, sus flores. Era como ver las posibilidades de un mundo muy diverso que empezaba más allá del seto de pinos que separaba el jardín de nuestra casa de la calle (de “la carretera”, como se decía entonces). Aún en el orquideario había orquídeas, muchas orquídeas, y un montón de vivencias junto a las coquetas que crecían bajo los troncos de helecho de las orquídeas o por los rincones siempre rociados por el riego.
Ese pequeño altar lo hizo mi madre cerca de la ventana del enorme cuarto de baño, decorado con porcelana amarilla y que tenía arriba una buhardilla llena de cosas, donde se guardaban las cajas del nacimiento y otros adornos navideños. Puso una hermosa imagen de la Virgen de Fátima, aparecida a los pastorcitos portugueses en 1917, que aún conservo y que tiene su nicho, forrado de seda azul y con una pequeña puerta de vidrio. Le colocó tres florecitas de seda, no recuerdo si blancas o rosadas o que alternaban pétalos de ambos colores o incluso azules. Me dijo con inmensa ternura que cada flor representaba un hijo (“esas tres flores son ustedes”). En ese momento habíamos nacido solo los tres mayores: Raúl que era el segundo de los hijos (nacido en 1962), Maru la tercera (nacida en 1965) y yo, el mayor (nacido en 1961). Iky, el menor, que nació en 1970, aún no había llegado. Por lo tanto, el episodio del altar debió haber ocurrido en mayo de 1968 o el año siguiente, en 1969. Yo vi la imagen y el altarcito, escuché lo que mi mamá me dijo sobre las tres flores que como ofrendas y exvotos adelantados a la petición ferviente de protección y bendición a los retoños familiares había colocado ella y seguí con mis juegos infantiles sin prestar más atención. Como no recuerdo mucho más, me inclino por la primera fecha. Tendría yo poco más de seis años y medio, en el caso de haber sucedido en 1968.

Para mí mayo era un mes muy hermoso y esperado, pues se acercaban las vacaciones escolares, comenzaban las lluvias y algo me hacía intuir un poderoso tiempo de introspección, además de que los calores veraneros cedían un poco. Llegado mayo ya sentía que había concluido la poderosa carga escolar y la obligación, tan pesada, de ir al colegio. Este sentimiento lo guardé incluso hasta y durante los años universitarios en la Universidad Católica Andrés Bello. En mayo, ya se acercaba el fin del año académico y mi alegría, por ello, era indisimulable. Sobre todo, después de la segunda quincena ya sentía que estábamos entrando al menos un período de transición. Mayo y junio siempre han tenido para mí ese encanto: la rueda que gira.
Como era el mes de la Virgen, en el Colegio Mater Dei las hermanas organizaban ceremonias paralitúrgicas, cantos, rezos y ello ayudaba a aligerar la carga escolar con actividades complementarias. A veces íbamos casi todo el alumnado a la vieja iglesia parroquial de San Antonio de Padua, donde nos bautizaron a Raúl, a Maru y a mí y también fui yo confirmado allí el mismo día de mi bautismo por monseñor Alejandro Fernández Feo-Tinoco (1908-1988), tercer obispo de San Cristóbal (desde 1952 hasta 1984) y gran amigo de mi tío y padrino Lucas Guillermo Castillo Lara. Una vez sor Lourdes Valenzuela dirigía la ceremonia y pidió que si algún alumno quería dedicarle un poema o una canción a la Virgen lo hiciera. Debía para ello pasar frente a la imagen adornada de la Virgen y tomar el micrófono. Raúl se levantó decidido y, tras una pregunta de la religiosa, anunció que recitaría un poema. De inmediato intuí que lo improvisaría, pues no se sabía ninguno de memoria. Lo recuerdo muy rubio, resaltada su apariencia quizá por el uniforme de gala que era un flux azul, sus cabellos muy lisos y amarillos como barbas de maíz y menudito como era entonces, la mirada siempre de cielo y mar.
Empezó a su elogio mariano y en algún momento hizo una pausa un poco larga, tal vez demasiado larga para la ocasión, todos (yo en especial, por ser mi hermano) nos quedamos a la expectativa. Sor Lourdes sugirió una frase y Raúl se apropió de su sentido, la completó y sin inmutarse continuó la oda a la santísima Virgen. Debió ser en mayo de 1970 o de 1971; tendría él siete u ocho años. Hoy, el arzobispo de Caracas quizá haga lo propio a su vez con jóvenes misioneros, estudiantes y devotos que en su presencia, un tanto azorados por el miedo escénico, decidan cantarle a la Virgen. De más está decir que admiré profundamente y aún lo hago su valor y hermoso gesto.
En la casa de mi Abuelita Mina (Guillermina Lara Peña de Castillo), en la urbanización El Rosal de Caracas, también se colocaba un altar a la Virgen en el mes de mayo, adornado por las mejores flores del jardín y las oraciones familiares. Otro acontecimiento importante del mes de mayo era el día de la Madre. Íbamos a visitar a las abuelas y a llevarles algún presente. Unas veces comíamos en la casa de la Abuelita Mina, otras en algún restaurante. Una vez fuimos a comer a un restaurante chino. Al regresar mi abuelita nos preguntó que por qué nos habíamos ido, que ella había comido sola y nos hubiéramos podido quedar. Mi mamá entonces le dijo que había muchas personas. Constituían ocasiones para encontrarnos con los primos.
Al final del mes, el día 24, se celebra la fiesta de María Auxiliadora y para mi abuelita tenía una gran importancia. Alguna vez, fuimos a Güiripa a celebrar la patrona del pueblo y de toda la familia Castillo. La Virgen les abrió el camino del Cielo a mis dos abuelas en el mes de mayo: a mi Abuelita Mina el 29 de mayo de 1975 a las 81 años y a mi abuela paterna, Inés Rodríguez de Biord, el 7 de mayo de 1978 a los 89 años.

Mayo, pues, es un mes de recuerdos, un mes para la introspección. Comienzan las lluvias y el 3 de mayo, día de la Cruz, es recordado como una fecha importante en el calendario festivo tradicional y religioso de Venezuela. Los velorios a la santa Cruz aún resuenan junto a la proximidad de las cosechas. Muchas personas vestían la cruz, la adoraban y le cantaban. Ya en la universidad recuerdo que Marielena Mestas, compañera y amiga desde entonces, se esmeraba, como aún lo hace, por engalanar la cruz vistiéndola con papel crepé de diversos colores.
Mayo, mes la Virgen, del Toro que le entrega su fuerza a los Gemelos. Mayo… mes de la renovación del ciclo anual de la sequía y las lluvias, mes de neblina y garúas.
Los recuerdos, como flor de mayo, perfuman este mes.-
Horacio Biord Castillo
San Antonio de Los Altos (Gulima), 1° de mayo de 2017
Este artículo fue publicado en Reporte Católico Laico el 01 de mayo de 2017. Hoy se vuelve a publicar con algunos ajustes y actualizaciones mínimas.


