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Venezuela

Causa nacional. Memoria y ofrenda

RCL
Last updated: julio 8, 2026 12:05 pm
RCL
Published: julio 8, 2026
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Macky Arenas: 

Circuló esta noticia:

“Entierran a 239 fallecidos en los terremotos de Venezuela sin identificar. En Catia La Mar fueron abiertas fosas en el cementerio local de La Esperanza para poder sepultar a las víctimas de los sismos del 24 de junio que no pudieron ser identificadas”.

Una reflexión y una demanda: Si bien es comprensible que se tomen medidas para evitar epidemias, ello no puede implicar el trato indigno de los cadáveres y restos de los fallecidos. Ignoramos cuanta capacidad y disposición para la identificación de víctimas se ha puesto en función para lograr el objetivo. Visto lo visto, no parece que el esfuerzo haya estado a la altura.

Para los deudos hay un doble luto, la pérdida de sus familiares y el dolor de no poder despedirlos. Para otros, el sufrimiento moral profundo por la incertidumbre de no saber si los suyos están entre aquellos que arrojaron a una fosa común. Ello, agravado por el trato, desprovisto de toda consideración, al sacar en bolsas -quién sabe si revueltos –  los restos, en lugar de proveer urnas como una manera de rendirles póstumo homenaje.

Hay consideraciones que debemos recordar: la primera, todo ciudadano tiene derecho a preservar su identidad, vivo o muerto. Tiene un nombre y un apellido y le asiste la prerrogativa de conservarlos hasta el final; la segunda es social: no es admisible que a pocos días de un evento como el que hemos vivido, simplemente se opte por desaparecerlos en una fosa común.

En un país medianamente democrático, la identificación debe ser asegurada por protocolos adecuados. Hoy en día, hasta las víctimas de incendios, aún calcinadas, pueden ser identificadas por las tecnologías disponibles; la tercera, es legítimo exigir una despedida mínimamente decente, en nombre de un patrimonio espiritual común y en recuerdo vivo de una tragedia que invita a unir y convocar iniciativas que dignifiquen.

Existe la alternativa de conservar esos restos en lugar refrigerado y luego, por ejemplo, escoger el lugar adecuado – que no faltará- para un camposanto con el correspondiente monumento para el recuerdo, la ofrenda y la memoria. Y brindar una ceremonia interreligiosa para agradecer por sus vidas y encomendar sus almas al Creador. Se trata de la más elemental compasión y solidaridad.

Hay todo un catálogo de acciones que deben ser cumplidas por respeto, memoria cívica y sentido humanitario. El desprecio por la vida humana no puede llegar hasta estos niveles de insensibilidad. Los cadáveres y restos seguirán apareciendo. Todo parece indicar que es poco lo que hemos visto hasta ahora.

El Estado debe proporcionar las posibilidades de identificación hasta las últimas consecuencias. Repetimos, hoy en día, recursos tecnológicos no faltan. Más fácil es deshacerse, sin más, de los restos de tanto venezolano al que la tragedia alcanzó de manera fatal.

Todo permanece indeterminado y es obligación del Estado aclarar y registrar los datos de cada fallecido. ¿Qué tal si mañana aparece un ciudadano ofreciendo su ADN para reclamar a su familiar desaparecido?  Al Estado le corresponde y está obligado a ofrecer una respuesta a ello.

Las tres religiones monoteístas, con representantes en el país, deben tener una palabra al respecto.

Conviene recordar que este país, mayoritariamente católico, tiene en la enseñanza de la Iglesia, unas pautas claras y bien determinadas:

La Iglesia Católica considera que enterrar a los difuntos, es una obra de misericordia corporal. Enseña que todo cuerpo humano fue templo del Espíritu Santo y merece respeto absoluto, por lo que exhorta a las autoridades a tratarlos con caridad y dignidad.

Su Postura Ante la Cremación también es meridiana:
Ante la saturación en morgues y cementerios por tragedias, la Iglesia permite la cremación, siempre y cuando las cenizas sean tratadas con el mismo respeto que un cuerpo y no se esparzan o dividan.

Esto no tendría que ser objeto de controversias sino demandar que, desde el Estado, se cumpla lo básico que habría que agotar para lograr la plena identificación de los cadáveres, toda vez que no hay descomposición absoluta. La mayor parte, por lo que se sabe, son cuerpos enteros,  algunos de los cuales, han sido rescatados y colocados en ataúdes. En la vida y en la muerte, todos somos iguales.

Tributo y compromiso de país para que esa memoria no se pierda en el olvido, sino que derive en una causa común, un justo reclamo en beneficio de la vida en sociedad.-

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