Cardenal Baltazar Porras Cardozo:
El 27 de diciembre de 1726 el Papa Benedicto XIII canonizó a San Juan de la Cruz, carmelita descalzo, castellano nacido en la localidad de Fontiveros, provincia de Ávila.
Estamos en el tricentenario de dicha fecha. Y hace cien años, el Papa Pío XI, el 24 de agosto de 1926, aniversario del comienzo de la reforma teresiana, lo declaró Doctor Místico de la Iglesia. Cuatro años antes, en 1722, el 12 de marzo, el Papa Gregorio XV había canonizado a cuatro santos españoles, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y el patrono de Madrid San Isidro Labrador. Las crónicas cuentan que para que no fueran santos españoles nada más, nadie mejor que el santo popular romano San Felipe Neri. La picaresca cantaba que el papa había canonizado a un santo italiano y a cuatro españoles sin mayores especificaciones. Se daban la mano entonces los intereses de los monarcas europeos con influencias en el Vaticano.
Los carmelitas descalzos han organizado en ocasión de los centenarios del gran santo castellano pieza clave en la reforma carmelitana junto a santa Teresa de Ávila, una hermosa exposición con el nombre que encabeza esta crónica para este año y el que viene, en la villa de Alba de Tormes donde falleció y está el sarcófago con los restos de la santa fundadora.
San Juan de la Cruz, uno de los grandes poetas de lengua castellana, místico excepcional, ha atraído con el lenguaje de la poesía a creyentes y agnósticos, a literatos, pintores, escultores, músicos y compositores. Conocer su vida y obras en profundidad es importante para darle mayor relevancia a su paso por la vida que no fue nada fácil ni cómoda. La exposición está dividida en los tres períodos en los que puede seguir su vida. En apenas 49 años dejó abundante producción poética, numerosas cartas y los testimonios de contemporáneos y de quienes se han sentido atraídos por su persona dentro y fuera del mundo de su convento y del área estrictamente eclesial.
La primera etapa de su vida abarca veintiún años de 1542-1563, se identifica por su nombre de pila Juan de Yepes, en el seno de una familia de pobres de solemnidad, acogidos a la caridad pública y a la beneficencia. Transcurre en tres lugares de Castilla la Vieja: Fontiveros, los cinco primeros años de vida, Arévalo, dos años, y Medina del Campo 13 años. Fue el hijo menor de Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. La extrema penuria de Castilla se refleja en las estrecheces para sobre vivir. Los conventos y hospitales suministraban alimentos a los pobres. Su madre quedó viuda y le tocó trabajar artesanal como tejedora de unos mantos que usaban las damas de alcurnia. En busca de mejores oportunidades a familia se trasladó a Arévalo (dos años9 para trasladarse a Medina del Campo (1551-1558) donde se asentaron definitivamente. Al pequeño Juan lo internaron en los “doctrinos” destinado a la educación de niños pobres y huérfanos. Allí manifestó mejores cualidades para el estudio que para los oficios, aunque tenían que realizar tareas de monaguillo, recadero y mozo de limpieza. A los catorce años (1556) debía salir de los doctrinos y se incorporó como enfermero en el hospital de las Bubas, con lo que obtenía recursos para proseguir sus estudios de gramática, retórica, latinidad y filosofía en el colegio de los jesuitas. Allí estudió durante cuatro años (1559-1563).
La segunda parte de la vida entre 1563-1568 la presenta la exposición con el nombre de Fray Juan de Santo Matía. A pesar de estudiar y estar bajo los jesuitas eligió ingresar en los carmelitas, recién llegados a Medina del Campo y con ellos inició el noviciado, contaba veintiún años. Fue enviado a la Universidad de Salamanca para cursar los estudios eclesiásticos. Eran años de gran esplendor en las aulas universitarias. En esos años vivió una profunda crisis vocacional que lo llevó a pensar en ingresar a la cartuja. Tres cursos, el primero de regencia, el segundo de lógica y el tercero, filosofía. Tuvo los mejores profesores de la época. Lo atraía la cartuja como símbolo de observancia primitiva. Tiene lugar entonces el encuentro con la Madre Teresa de Jesús. Le habló de la reforma del carmelo femenino y lo convenció de hacer lo mismo con los frailes. Regresa a Salamanca y se matricula para estudiar teología para concluir la carrera eclesiástica bajo la reforma promovida por Fray Francisco de Vitoria. Ese año, 1563, Melchor Cano había publicado su obra “de locis theologicis”. Terminado este primer año regresó a Medina para tratar con la Madre Teresa los asuntos de la reforma.
La tercera y última etapa (1568-1591) de su vida es la que lo conocemos como Juan de la Cruz. Se abre el primer convento de Descalzos bajo la reforma teresiana, y en 1569 la segunda casa en Pastrana y al año siguiente la de Salamanca y acompaña a Teresa en la fundación de las carmelitas descalzas en Alba de Tormes. Se suceden varias nuevas fundaciones en diversos lugares de la Península. Ejerció durante cinco años como vicario y confesor en el Monasterio de la Encarnación en Avila. Comienzan los problemas que lo llevan hasta la cárcel por la oposición en la orden por el crecimiento de los Descalzos. En 1577 pasará nueve meses de prisión conventual, el episodio más dramático de su existencia. La cárcel puso a prueba su fortaleza física, psicológica y espiritual, y allí se gestó buena parte de su producción lírica, entre ellos el poema de “la fonte” y las primeras estrofas del “Cántico”. Con la complicidad del carcelero logró escapar de la prisión. Enviado a Andalucía como prior del convento de El Calvario en Jaén y visita a los conventos cercanos. En 1581 en Alcalá de Henares se celebra el Capítulo decisivo en el que la Reforma se constituyó en provincia independiente. En 1582, el 4 de octubre, fallece en Alba de Tormes la Madre Teresa. Como Vicario Provincial visita los conventos y el de Lisboa e inaugura los de Sevilla, Écija, Málaga y Madrid. Las polémicas en la Orden continúan y en 1591 es despojado de todos los cargos y destinado a Nueva España (México) a donde no pudo dirigirse por la enfermedad de calenturas, donde en Úbeda falleció.
La cuarta parte de la exposición está dedicada al escritor que “habla misterios en extrañas figuras”. Todos los pasos de la muestra están acompañados de pinturas, esculturas y objetos diversos, bellamente dispuestos con lecturas ilustrativas que le dan un toque especial y un clima de oración en el que los suaves acordes de piezas musicales inspiradas en las obras del santo le dan esa mezcla en la que todos los sentidos
Concluye la exposición con dos capítulos dedicados a la recepción de San Juan de la Cruz y en la influencia de la Madre Teresa sobre el santo, pues nadie mejor que ella lo conoció y lo condujo a ser tal como lo conocemos hoy. Con Juan Ramón Jiménez afirmamos “poesía es voz de lo inefable. Pocos poetas les ha sido dado tener esa voz. En España la tuvo San Juan de la Cruz”. A través de la tecnología se puede seguir en cualquier parte del mundo la belleza de esta exposición.-
8-7-26


