Amor liberador

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Rafael María de Balbín:

 

El amor requiere cultivo y desarrollo. Tal como dice el antiguo proverbio: “El amor es como la luna, cuando no crece, mengua”.

<<El amor divino nos ha hecho libres porque amorosamente nos ha destinado al amor: un amor que, estando ya radicalmente en el principio mismo activo de nuestra libertad, como un don de Dios, ha de desarrollarse en forma histórica en una multiplicidad de actos amorosos, para culminar al fin, cuando entremos en la eternidad, en la plenitud de la unión de amistad con Dios. Nuestra libertad no es indiferencia ni es tampoco una responsabilidad sin sentido: no estamos «condenados a la libertad», como infirió Sartre al llevar a sus últimas consecuencias el principio de inmanencia. El hombre no es «una pasión inútil». Nuestra libertad, como la divina de la que participa, tiene este sentido preciso: el amor>> (Cardona, C., Metafísica del bien y del mal. Universidad de Navarra, Pamplona, 1987, p. 91).

El Creador nos manda amarle. Y porque necesite de nuestro amor, sino porque quiere lo mejor para nosotros, que es amarle:

<<No es verdad que andemos «errantes como a través de una infinita nada», como tenía que concluir Nietzsche , una vez levantada acta de la «muerte de Dios» en el horizonte cultural de la «modernidad». Después de hacernos independientes en la libertad, Dios nos ha constituido en «alguien delante de Él y para siempre», y requiere poderosamente nuestro amor: de una parte, como un modesto pretendiente, casi como un mendigo apoyado en el quicio de nuestra alma; pero de otra parte, para que la fatuidad no nos desorientase y para que no tomásemos la libertad como indiferencia, se ha erguido majestuoso, con todo el peso de su autoridad eterna, para imperarnos absolutamente el amor: «el fin del precepto es el amor». No es indiferente a Dios que le amemos o no, precisamente porque nos ama, y por eso nos quiere amorosos>> (Idem).

El amor propicia la libertad y de ella procede. No esclaviza sino libera. El mandato divino no es para controlarnos ni para esclavizarnos, sino para ayudarnos:

<<Dice Santo Tomás  que todo precepto tiende a la constitución de la amistad del hombre con Dios y de los hombres entre sí, que es lo expresado con el doble precepto del amor, que es de ley natural aunque se positivizara en la historia, y que nos ordena amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a uno mismo (que nuestro amor electivo al prójimo sea como el que naturalmente nos tenemos a nosotros mismos). Y de ese doble precepto penden la Ley y los Profetas>> (Idem, p 91).

El mandato divino del amor no es un frio reglamento organizativo:

<<Sólo Dios, que ha creado al hombre y lo conserva en el ser, puede ordenarlo desde dentro, desde la intimidad profunda de su ser. La autoridad humana dirige desde fuera, ilustrando su inteligencia y quizá atrayendo su voluntad, pero sólo hasta cierto punto. Dios ordena, da la capacidad y mueve con la íntima y «natural» inclinación a hacerlo. Ha hecho la ley porque ha hecho la naturaleza. Por eso su ley es natural y es mía, siendo a la vez y radicalmente de Él. Siendo la ley natural regla y medida de los actos humanos, procede del principio radical de esos actos, que es el fin último, que es Dios>> (p. 97).

Cada vez va estando más clara la conciencia ecológica, de valoración y promoción de la naturaleza material. Pero no hay que olvidar que el hombre tiene una naturaleza propia que requiere respecto y cultivo:

<<La ley natural es la luz por la que discernimos lo bueno y lo malo, es la iluminación de la luz Divina en nosotros, es la inteligencia de su Amor, es la participación de la Ley eterna en la persona humana , que Dios mismo promulga en la naturaleza de todo lo creado, y en la inteligencia de los hombres al dotarlos de la capacidad de conocer esa amorosa ordenación. La ley natural está promulgada con la creación del hombre (y de los ángeles), y siempre vigente por la permanencia de la naturaleza creada. Aparte de esta promulgación «natural», Dios la «positivizó» con la revelación del Decálogo a Moisés, después del pecado original que había vulnerado nuestra naturaleza, introduciendo la oscuridad y el desorden en nuestra naturaleza, en nuestras facultades y en la parte sensible de nuestro ser>> (p. 98).

La contemporánea valoración, al menos teórica, de los derechos humanos, nos ayuda a tener presente la realidad perenne de ley moral natural, que es la gran orientadora de la conducta humana:

<<Se hace urgente recuperar la esencia de la ley natural, que es el amor a Dios y a los demás por Dios. Es una necesidad perentoria cuando vemos habitualmente degradados la noción y el ejercicio mismo del amor, como satisfacción de deseos animales o como prometeica voluntad de poder; y cuando de otra parte, radicalmente coincidente, el abstracto amor general de las filantropías de la Ilustración ha abierto el paso al odio programático, que deja tras de sí, como residuo y sedimento único, la más radical indiferencia, donde el bien y el mal han perdido sus contornos y su punto de discriminación. Sólo redescubriendo el amor como esencia y raíz y término de la misma ley natural, alcanzaremos el sentido profundo y luminoso de los momentos aparentemente más grises y desterraremos el depresivo hastío, la «náusea» sartriana y sus falsos y deletéreos remedios. Sólo así recuperaremos la sencillez. Sólo así viviremos como personas, como «alguien delante de Dios y para siempre» encaminado a la unión eterna de amistad a que estamos destinados. Sin amor todo se hace enigmático y repulsivamente excedente. Con amor todo se hace significativo y atrayente. Y la ley natural es el camino para ese amor>> (p. 99).

Pero fallamos en el amor:

“Paralelamente a la íntima experiencia por la que nos encontramos poseyendo una razón que aparece como destituida de su ordenación a la verdad, advertimos también un quebranto en la voluntad, como un cierto desorden interior previo de algún modo a todo acto, y que sólo un desastre primitivo puede explicar : catástrofe que conocemos por revelación y que se llama pecado original. No se trata de dilatar hacia atrás la explicación del pecado —como interpretaba equivocadamente Kierkegaard—, sino de saber por qué mi naturaleza humana —antes del ejercicio de mi propia libertad— está ya herida, y atenuada mi libertad misma, pronta siempre a desfallecer>> (p. 119).

Libertad limitada es la humana, pero verdadera libertad. Y por eso necesita ayuda:

<<La libertad humana no es la divina, es una libertad participada: en su limitación constitutiva exige una finalidad. Aunque el alma tenga en algunas cosas dominio sobre sí, no lo tiene absoluto, porque en parte está predeterminada por su naturaleza: así ha recibido la luz de los primeros principios, que no puede cambiar —sólo puede oscurecerla, renunciando a obrar inteligentemente—, y su tendencia al último fin, o bien absoluto, que no puede dejar de querer. Si se mueve a sí misma, es por estar movida por otro, que le da la luz con que conoce y la inclinación con que apetece su felicidad. Sólo Aquel cuya naturaleza es su mismo entender, y nada de lo que posee le ha sido determinado por otro, goza del sumo grado de vida y de libertad. Y ése es Dios>> (p. 126).

La libertad personal humana está en desarrollo y sus perspectivas son ilimitadas:

<<El término de ese laborioso camino de la libertad creada, su expansión total y su gozo pleno, es la unión de amistad definitiva y eterna con Dios. A eso, pero ya en un orden sobrenatural de participación formal en el conocimiento y en el amor divino, es a lo que la doctrina cristiana llama el Cielo>> (p. 156).-

(rbalbin19@gmail.com)

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