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Trabajos especiales

Análisis: La estrategia a largo plazo del Vaticano con Irán

RCL
Last updated: mayo 19, 2026 11:09 am
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Published: mayo 19, 2026
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ANÁLISIS: Detrás de un reciente y controvertido reconocimiento concedido al enviado de Teherán hay una historia de diplomacia entre bastidores, batallas compartidas en la ONU y canales cuidadosamente mantenidos con los ayatolás.

A finales de marzo de 2007, mientras el gobierno de Ahmadineyad exhibía por la televisión iraní a miembros capturados de la Marina Real británica, la crisis parecía endurecerse hasta convertirse en otro sombrío enfrentamiento entre Teherán y Occidente.

Sin embargo, entre bastidores se estaban llevando a cabo discretos esfuerzos para lograr su liberación. Entre los más eficaces estuvieron los que involucraron a la embajada británica ante la Santa Sede, a diplomáticos vaticanos y a funcionarios iraníes. En el centro de estos esfuerzos se encontraba Mons. Pietro Parolin, entonces subsecretario del Vaticano para las relaciones con los Estados.

Trabajando con contactos diplomáticos británicos e iraníes establecidos desde hacía mucho tiempo, Mons. Parolin gestionó que el Papa Benedicto XVI enviara una petición confidencial al líder espiritual de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, solicitando la liberación de los marineros como gesto de buena voluntad antes de Pascua. La petición tuvo éxito, y los marineros fueron liberados el 4 de abril, Miércoles Santo, en lo que el presidente Mahmoud Ahmadineyad describió como un “regalo de Pascua” para el pueblo británico.

Ese episodio recordó que la relación del Vaticano con Irán —que oficialmente se remonta a 1966— ha sido durante mucho tiempo más sustancial, y más útil, de lo que a menudo se supone.

Esa historia ayuda a explicar, aunque no necesariamente a justificar, una reciente controversia en torno a la decisión del Vaticano de conferir un reconocimiento diplomático rutinario pero prestigioso al embajador de Irán, Mohammad Hossein Mokhtari.

Los medios estatales iraníes presentaron el premio como un gesto de apoyo papal a la política exterior de Teherán y a sus esfuerzos por promover la paz. En respuesta a los críticos que afirmaron que el reconocimiento legitimaba al régimen iraní, el Vaticano y la embajada de Estados Unidos ante la Santa Sede subrayaron que la Gran Cruz de la Orden Pontificia de Pío IX se confiere rutinariamente a todos los embajadores tras más de dos años de servicio, y añadieron que 13 diplomáticos recibieron el reconocimiento en la misma ceremonia del 12 de mayo.

Aunque pudo haber sido una cortesía diplomática rutinaria, los vínculos bilaterales entre Irán y la Santa Sede han sido consistentemente sólidos durante décadas. La embajada de Irán ante la Santa Sede es una de las más activas en Roma. Recuerdo vívidamente haber visitado el complejo varias veces hace algunos años para entrevistas con los medios y haberme impresionado la cantidad de actividad que tenía lugar allí; pensé entonces que posiblemente se debía a que era un puesto útil de observación, pero más probablemente porque tanto la Santa Sede como la república islámica se consideran mutuamente útiles.

En ocasiones, Teherán ha buscado la ayuda del Vaticano como mediador, como ocurrió en julio pasado, cuando Mokhtari escribió a León XIV instándolo a denunciar públicamente lo que Irán describió como amenazas e insultos de Estados Unidos e Israel dirigidos contra Jameneí.

Por su parte, la Santa Sede ha encontrado a veces en Irán un aliado inesperado en ámbitos multilaterales, especialmente en las Naciones Unidas. En varias ocasiones, diplomáticos iraníes se han alineado con el Vaticano en la defensa de posturas sobre la santidad de la vida, la protección de la familia y la resistencia a interpretaciones expansivas de los derechos reproductivos que incluyan el aborto.

El Vaticano también ha aprovechado en ocasiones sus relaciones positivas con Irán para formular críticas cuando ha correspondido, como en enero, cuando el Cardenal Parolin —aunque de manera moderada— criticó a Teherán por la matanza de sus propios ciudadanos.

La relación también se ha desarrollado mediante un intercambio intelectual y religioso sostenido. Delegaciones de clérigos chiitas han viajado regularmente a Roma para reunirse con sus homólogos católicos, a menudo bajo los auspicios del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso. Estos encuentros han ido más allá del simbolismo, fomentando familiaridad y, en ocasiones, una calidez genuina, además de brindar una oportunidad para impulsar la libertad religiosa de los cristianos en Irán.

En 2010, el ayatolá iraní Mostafa Mohaghegh Damad participó en el Sínodo para Oriente Medio de ese año. En una entrevista con el National Catholic Register en aquel momento, dijo que claramente tenía a Benedicto XVI en muy alta estima, señalando que se “conocían desde hacía años”, y recordó su participación en una conferencia vaticana sobre derechos humanos.

Acontecimientos recientes subrayan además que este canal diplomático sigue activo. En un mensaje enviado el sábado a León XIV, el presidente iraní Masoud Pezeshkian expresó su aprecio por la “postura moral y lógica” del Papa sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irán. El mensaje, difundido por los medios estatales iraníes, reflejó el interés continuado de Teherán en mantener una línea de comunicación con la Santa Sede, incluso —o quizá especialmente— en medio de las crecientes tensiones regionales.

Todo esto ayuda a explicar por qué el Vaticano se muestra reacio a poner en peligro sus vínculos con Irán, particularmente en un momento de renovada tensión en la región. La Santa Sede se ha posicionado en ocasiones como un posible intermediario allí donde la confianza escasea. Preservar esa posibilidad, aunque sea remota, exige mantener intactas las relaciones.

Nada de esto, sin embargo, resuelve plenamente la cuestión de la prudencia respecto del momento en que se concedió el reconocimiento al embajador iraní. Rutinarios o no, los gestos diplomáticos tienen peso simbólico, y los símbolos pueden malinterpretarse con facilidad. Un breve aplazamiento podría haber evitado una controversia innecesaria sin dañar materialmente la relación de fondo.

Sin embargo, la decisión quizá refleje un cálculo más amplio: que el valor a largo plazo de las relaciones diplomáticas importa más que la mala imagen que pueda generar cualquier premio controvertido. El Vaticano está jugando a largo plazo, guiado por décadas de relaciones diplomáticas en su mayoría positivas con Irán.

Visto desde esta perspectiva, el reconocimiento conferido al embajador parece menos una aberración que la continuación de una política silenciosamente coherente, una que desea mantener abiertos canales diplomáticos positivos con un régimen y en una región de los que actualmente depende tanto de la paz mundial.-

En la foto: El ministro iraní de Cultura y Orientación Islámica, Seyyed Abbas Salehi (3º desde la izquierda), camina junto al embajador iraní ante el Vaticano, Mohammad Hossein Mokhtari (2º desde la izquierda), a su llegada antes del funeral del fallecido Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, el 26 de abril de 2025. | Crédito: ISABELLA BONOTTO / AFP vía Getty Images.

Artículo publicado originalmente en el National Catholic Register. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.

Edward Pentin

Edward Pentin/Aciprensa

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