Anatomía de un colapso anunciado: Cuba entra en fase de liquidación

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Lo que comenzó aparentemente como una crisis de combustible y electricidad se ha transformado en un problema mucho más profundo en Cuba. La isla enfrenta simultáneamente la fuga de empresas, el desplome de visitantes extranjeros y creciente incapacidad para sostener servicios básicos. Por no quedar, no queda ni esperanza.

La salida de cadenas hoteleras internacionales, la reducción de vuelos, el colapso del transporte público, los apagones interminables y las últimas reformas de emergencia anunciadas por Miguel Díaz-Canel no son fenómenos aislados. Son piezas de una misma historia: Cuba está entrando en una nueva fase de su crisis económica, una en la que ya no solo escasean los recursos, sino también la confianza.

Durante años, La Habana logró mantener una narrativa de resistencia. La economía se deterioraba, pero el turismo seguía llegando. Los apagones reaparecían, pero la inversión hotelera continuaba. Las sanciones se endurecían, pero las grandes empresas extranjeras permanecían en la isla.

Ese equilibrio parece estar rompiéndose.

El éxodo empresarial que nadie quiere nombrar

La señal más evidente apareció a comienzos de junio.

Meliá Hotels International, la compañía que durante décadas simbolizó la apuesta internacional por el turismo cubano, anunció su salida inmediata de quince hoteles en la isla. Pocos días antes, Iberostar había abandonado la gestión de doce establecimientos vinculados a entidades afectadas por las nuevas sanciones estadounidenses.

No fueron las únicas. La canadiense Blue Diamond Resorts inició igualmente su retirada del mercado cubano. Aston Hotels, perteneciente al grupo Archipelago International, también puso fin a sus relaciones, dejando sin operador hoteles considerados entre los más modernos y exclusivos del país.

Por separado, cada movimiento puede explicarse como una decisión empresarial. Juntos forman algo diferente.

Por primera vez en años, compañías internacionales están reduciendo simultáneamente su exposición a Cuba. No se trata únicamente de hoteles. Se trata de confianza, de seguridad, de alerta. Cuando varias multinacionales llegan a la misma conclusión al mismo tiempo, el mensaje para los inversionistas suele ser inequívoco.

Un turismo que ya no salva la economía

La crisis empresarial coincide con el desplome de la principal fuente de divisas de la isla.

Entre enero y mayo de 2026, Cuba recibió apenas 359.491 visitantes internacionales, una caída de 58,4% respecto al mismo período del año anterior. La cifra resulta demoledora para un país que llegó a recibir más de cuatro millones de turistas anuales antes de la pandemia y que convirtió al turismo en el eje central de su estrategia económica.

Los hoteles construidos durante los últimos años se encuentran cada vez más vacíos. Durante el primer trimestre de este año, la ocupación hotelera apenas alcanzó 12,9%. Eso significa que casi nueve de cada diez habitaciones permanecieron desocupadas.

Mientras tanto, competidores como República Dominicana, México o Jamaica continúan recuperando visitantes y ampliando capacidad. La apuesta cubana por construir más hoteles mientras descuidaba sectores productivos esenciales, escuelas y hospitales comienza a mostrar sus límites.

Cuando los aviones dejan de llegar

La crisis también se observa en los aeropuertos.

Delta Air Lines anunció esta semana la suspensión de su ruta Atlanta-La Habana y reducción de 50% de sus frecuencias desde Miami. Antes ya habían reducido o suspendido operaciones compañías como Condor, Edelweiss, World2Fly, Air Canada, Air Transat, WestJet, Rossiya y Nordwind.

Air France suspendió temporalmente sus operaciones durante la crisis de combustible que golpeó a la isla. Iberia hizo lo mismo.

Incluso las aerolíneas que permanecen en el mercado están ajustando capacidad ante una demanda cada vez más débil. Cada vuelo cancelado implica menos turistas. Menos turistas significan menos ingresos para hoteles, restaurantes, taxis, comercios y para el propio Estado.

La espiral se alimenta sola.

Un país que empieza a quedarse inmóvil

Esta semana, por si fuera poco el castigo que vive la isla, entraron en vigor algunas de las restricciones de transporte más serias de los últimos años.

Los trenes nacionales operarán con frecuencias mínimas. Y cuando decimos mínimas, hablamos de un viaje cada 16 días para conectar el Oriente del país con el resto. Los autobuses interprovinciales funcionarán apenas una o tres veces por semana, dependiendo del destino.

Los pasajes estarán reservados prioritariamente para enfermos, funerales y situaciones consideradas urgentes. En la práctica, viajar en Cuba comienza a convertirse en un privilegio.

En La Habana, la desaparición de numerosas rutas urbanas obliga a miles de personas a caminar kilómetros bajo temperaturas cercanas a los 40 grados. Los taxis privados siguen operando, pero sus precios pueden absorber gran parte del salario mensual de un trabajador estatal en un solo trayecto.

Cuando una economía comienza a tener dificultades para mover a su propia población, el problema deja de ser únicamente económico. Se convierte en un problema de funcionamiento básico del país.

Pero nada de esto es nuevo en la Cuba desgastada, agotada, deprimida y sin ver la luz al final del túnel; esa Cuba que casualmente no sale en las postales paradisíacas que vende el socialismo como un triunfo, ni en la televisión estatal.

Apagones de otro tiempo

La crisis energética continúa agravándose.

En provincias los cortes eléctricos ya superan regularmente las veinte y treinta horas consecutivas. Las cifras oficiales muestran déficits de generación cercanos a los 2 mil megavatios diarios, lo que implica hasta 60% del territorio nacional apagado.

Las consecuencias se extienden mucho más allá de la electricidad. Hospitales, industrias, sistemas de bombeo de agua, comercios, escuelas y pequeñas empresas dependen de una red que opera constantemente al borde del colapso.

En numerosas ciudades, la basura se acumula durante días por falta de combustible para la recogida de residuos. La sensación de deterioro es cada vez más visible.

Las reformas que llegan cuando ya no quedan opciones

En medio de este escenario, Miguel Díaz-Canel anunció con bombos y platillos el paquete de reformas económicas más amplio de los últimos años.

Las medidas incluyen mayor apertura a la inversión extranjera, más espacio para la iniciativa privada, nuevos actores en el turismo y mayor autonomía para empresas estatales y gobiernos locales.

Para hacer más creíble el circo, el nonagenario Raúl Castro apareció públicamente para respaldar aquello que promete “salvar la revolución”.

¿Por qué estas reformas llegan ahora?

La respuesta parece evidente: porque la situación económica ya no permite seguir posponiéndolas.

Lo que ocurre hoy en Cuba trasciende una crisis económica convencional. Es el progresivo vaciamiento de un país que pierde simultáneamente población, empresas, turistas, inversión y capacidad productiva.

Los hoteles se vacían. Las aerolíneas reducen rutas. Las empresas extranjeras repliegan operaciones. Los apagones se convierten en parte de la rutina. El transporte público deja de funcionar con normalidad.

Y millones de cubanos continúan buscando fuera de la isla las oportunidades que no encuentran en ella.-

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