Babel o Jerusalén

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Rafael María de Balbín:

El Papa León XIV presenta en su Encíclica  Magnífica humanitas una bellísima comparación entre las ciudades bíblicas de Babel y Jerusalén. 

La primera fue fruto de la ambición y el orgullo. Los hombres antes de dispersarse decidieron construir una ciudad que llegara al cielo, con una sola lengua y una sola organización. Pero fracasó el intento: Dios confundió sus leguas y los hombres se dispersaron

Por contraste los judíos que estaban cautivos en Babilonia toman la iniciativa de volver a Jerusalén y reconstruirla bajo la dirección de Nehemías, al que Dios ilumina e impulsa.

Podemos ver en el primer caso que la soberbia se alza, confiando en sus fuerzas y organización, para llegar al cielo.

<<A la luz de estas dos imágenes, el Espíritu Santo hoy nos interpela acerca de nuestra relación con la tecnología y con la revolución digital en curso. Los descubrimientos científicos son un talento entregado a la humanidad para que lo haga fructificar (cf. Mt 25,14-30). La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna>> (n. 9).

  Podemos decir que la humanidad actual tiene la tentación de Babel, fiada en su organización y tecnología. La tentación del superhumanismo o del transhumanismo. Una humanidad  que confía sólo en sus fuerzas: unas sola tecnología, una sola organización, un solo lenguaje que podría ser la llamada inteligencia artificial..

En cambio podemos aspirar a una humanidad que progresa, pero no con una confianza plena en sus propias fuerzas, que admite el pluralismo y la diversidad, que confía en un progreso  que no anula las diferencias sino que fomenta la colaboración solidaria. 

<<Por último, edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz>> (n. 14).-

(rbalbin19@gmail.com)

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