Beatrice Borromeo, la nuera de Carolina de Mónaco que investiga a la mafia: «Que creyeran que esto era pasatiempo de una aristócrata me preocupaba al principio. Sentía mayor presión. Ahora no me importa el ruido»

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Invitada por Suárez a la inauguración de su exposición en el Museo Lázaro Galdiano, la periodista y exmodelo renuncia a los ambages

El anillo de Carolina de Mónaco fue para Beatrice Borromeo. La princesa entregó a su nuera el regalo que le había hecho su marido, Stéfano Casiraghi, por el nacimiento de su hijo Pierre. Tres décadas más tarde, la italiana recibió los correspondientes por cada uno de sus tres embarazos. Sabe que repetirá el gesto de su suegra: las sortijas que le regaló el nieto de Grace Kelly integrarán el joyero de la próxima generación de Grimaldi. No cifrarán secretos monegascos o, razona, códigos de clase. «Cuando algo se convierte en un símbolo de la familia y del amor, adquiere un significado tan especial que siempre será infinitamente más valioso que su mero precio, sea el que sea. Una joya deja de ser una muestra de estatus y se convierte en parte de su identidad privada cuando se vincula a un recuerdo concreto y se incorpora a su viaje emocional».

El de las mujeres, apunta, «afortunadamente» ha cambiado. En una paráfrasis shakiresca, ya no lloran: ahora facturan. «Somos más conscientes e independientes económicamente, por lo que te compras lo que te gusta, no te quedas esperando a que alguien te lo regale. Y me parece precioso. Aunque sigue teniendo un valor especial que te regalen una joya, también es bonito poder comprártela tú misma gracias a tu esfuerzo».

El mapa que dirige hacia la joya se modifica. El que conduce de vuelta a su origen y desvela, por tanto, su trazabilidad incluye baches. Las firmas lo exponen como muestra de transparencia y síntoma de buen hacer. Pero el interés del público por la ética tras la producción, aventura Borromeo, no parece abrumadora. Una brecha distancia al comprador privilegiado del masivo. «La sostenibilidad se ha convertido en un tema de conversación obsoleto por culpa de la administración de Donald Trump, a quien no le importa y combate el consenso científico». La periodista intuye que el esquema se replicará sobre otras formas de creación. Los amagos artísticos de la inteligencia artificial no la inquietan. Es consciente de que «lo que hace ahora mismo para escribir o tener ideas es pescar las que ya existen. No tiene un enfoque creativo en absoluto. Lo que sí me preocupa muchísimo es que se nos vaya de las manos y se use para fines equivocados o que escape del todo a nuestro control, incluso sin mala intención, y se convierta en el arma más peligrosa de nuestro tiempo, algo bastante probable, por desgracia». La directora de El príncipe que nunca reinó, documental en el que indaga en la figura de Víctor Manuel de Saboya, hijo del último rey de Italia que fue acusado de asesinato, coincide con el papa de Roma. No imagina una razón que pudiera justificar la renuncia a «la chispa humana». «¿Qué sentido tendría no preservarla? Asusta estar en una situación en la que personas demasiado poderosas como para que las controlemos escapan al proceso democrático. Que esté pasando y seamos testigos mudos de algo que no tiene sentido para el resto del planeta es ir en la dirección equivocada. Y no tengo claro tampoco qué podríamos hacer al respecto».

Beatrice Borromeo posa en la semana de la moda de París y saluda desde el balcón del palacio real del principado. A diario, en Mónaco, con un currículum profesional construido en la dirección de documentales sobre la mafia italiana y entrevistas a Roberto Saviano, la hija del conde de Arona encabeza la productora Astrea Films. El síndrome Hannah Montana -estudiante de día, estrella del pop de noche- ya no la alcanza. «Hubo un momento en el que trabajaba como reportera y mi vida con Pierre era un poco… diferente. Es también la razón por la que cambié de rumbo y me pasé a proyectos de formato largo, como documentales o piezas de ficción: acabé conociendo a mucha gente a la que me habría gustado entrevistar y eso creaba cierto conflicto. Tampoco es agradable para los demás estar preguntándose siempre si vas a intentar entrevistarlos. Mi vida se ha vuelto muy sostenible en ese sentido». El pimpón de prejuicios se ha disuelto. Borromeo incluso toma impulso si localiza el capote de la política. «Europa tiene muchísimas cosas que debemos defender, como el hecho de que nos importe nuestro pasado, nuestra historia y nuestros valores democráticos. Muchos la ven como una unión débil porque lo es, pero merece la pena protegerla: es uno de los últimos reductos de una democracia real, aunque sea imperfecta y esté amenazada. Podría dar ejemplos de cosas que importan en mayor o menor medida, pero en el fondo de todo está la cuestión de preservar un estilo de vida que consiste en poder elegir a quién te representa y tener voz sobre nuestro modo de vivir, algo que se está perdiendo en el resto del mundo».

No emplea eufemismos ni sugiere desvíos: ya no la arredra que el espectador preconciba su trabajo como producto del pasatiempo de una aristócrata. «Pudo importarme al principio, con veintitantos, cuando trabajaba para la televisión pública en un programa político. Teníamos una audiencia de cinco millones y sentía mayor presión por demostrar lo que valía. Me tomo mi trabajo muy en serio, pero no me importa el ruido de fondo. No me considero tan importante. Hay un abismo entre mi situación y la de gente que de verdad tiene que pelear para ser escuchada. No hay mucho que pueda hacer desde mi posición familiar: puedo hacer más a través de mi trabajo. Eso es algo positivo. Y si lo que hago es bueno, se ve y se juzga porque es bueno; y si no lo es, pues no».-

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