Cardenal Chomalí: «La empresa nunca puede ser un espacio moralmente neutro»

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«La empresa es uno de los lugares donde se juega buena parte de la vida de las personas y, por lo mismo, también el tipo de sociedad que estamos construyendo»

Frente a la dictadura del beneficio inmediato, la hiperregulación y la asfixia fiscal que a menudo desaniman al tejido productivo a este lado del Atlántico, la Iglesia vuelve a alzar la voz con un realismo profético.

La reciente Carta a los Empresarios del Cardenal Fernando Chomalí no es un tratado abstracto formulado desde la distancia académica, sino una enérgica llamada a la acción que sitúa el Evangelio en el corazón de la economía real. Desde América Latina, el Arzobispo de Santiago de Chile, ofrece un diagnóstico clarividente que interpela de lleno al empresario español: desde el sacrificio diario de la PYME por «levantar la persiana» hasta los desafíos globales del invierno demográfico y la fuga de talento.

En esta entrevista para Religión en Libertad, el cardenal Fernando Chomalí, defiende que la Doctrina Social de la Iglesia no es una utopía inalcanzable, sino la brújula más pragmática para humanizar el capital y devolver a la actividad empresarial su vocación más noble: la promoción del bien común.

El origen de la carta y la noble vocación empresarial

-Eminencia, ¿Qué realidad o inquietud pastoral concreta le llevó a escribir esta Carta a los Empresarios en este momento?

-Me llevó, ante todo, una convicción: la empresa es uno de los lugares donde se juega buena parte de la vida de las personas y, por lo mismo, también el tipo de sociedad que estamos construyendo. Millones de hombres y mujeres pasan gran parte de su vida trabajando. Allí despliegan sus talentos, establecen relaciones, sostienen a sus familias y contribuyen a la sociedad. Por eso, la empresa nunca puede ser considerada un espacio moralmente neutro.

»Vivimos además un tiempo marcado por el individualismo, la soledad, la desconfianza y una idea del éxito excesivamente vinculada al dinero y al consumo. Frente a ello, me pareció necesario recordar una enseñanza fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia: la economía está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía.

»Esta carta no nace contra los empresarios, sino precisamente de mi valoración por lo que hacen. Crear una empresa, generar trabajo, innovar y arriesgar el propio patrimonio es una tarea de enorme valor social. Mi invitación es a preguntarnos siempre para qué y para quién hacemos empresa.

-En un clima cultural que con frecuencia mira al empresario con suspicacia o resentimiento, usted reivindica su labor como una «vocación noble». ¿En qué consiste exactamente esa vocación desde la perspectiva de la fe y cuál es la responsabilidad moral de quien lidera una empresa?

-La vocación empresarial es noble porque pone los propios talentos de las personas al servicio de otros es una manera concreta de contribuir al bien común. El empresario asume riesgos, crea oportunidades, reúne personas en torno a un proyecto y puede transformar positivamente la vida de muchas familias.

»Desde la perspectiva cristiana, sin embargo, esa capacidad implica una gran responsabilidad: a quien más se le ha dado, más se le exige. El empresario no administra solamente capital, infraestructura o tecnología: tiene bajo su responsabilidad personas, sus talentos, sus esperanzas y, en buena medida, el bienestar de sus familias.

»Por eso, el éxito de una empresa no puede medirse exclusivamente por sus utilidades. También debe preguntarse qué salarios paga, qué oportunidades genera, cómo trata a quienes trabajan en ella, qué relación mantiene con sus proveedores, qué impacto produce en la comunidad y qué mundo está ayudando a construir. La rentabilidad es necesaria para que una empresa subsista, pero no es suficiente para decir que una empresa está verdaderamente orientada al servicio de la sociedad y el bien común.

-La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que la empresa es una «comunidad de personas». En la práctica del mercado global, ¿Cómo se evita que el trabajador termine convertido en una simple métrica o recurso de producción?

-Lo primero es algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy profundo: recordar que detrás de cada número hay una persona. Detrás de una nómina, de un indicador de productividad o de una decisión de reorganización hay un hombre o una mujer con una historia, una familia, capacidades, dificultades y sueños. ¡Los seres humanos no podemos ser reducidos a un simple número!

»Eso exige conocer a quienes trabajan en la empresa, escucharlos, favorecer su desarrollo, permitirles conciliar adecuadamente su vida laboral y familiar y reconocer justamente su aporte. La tecnología y la inteligencia artificial harán cada vez más eficiente la producción, pero ninguna innovación puede hacernos olvidar que la dignidad humana no se mide por la productividad.

El valor del trabajo y la ética global

-Usted plantea que el incremento de los salarios debe verse como un indicador de solidez y éxito. Sin embargo, muchas pequeñas y medianas empresas sufren a diario para sostener sus nóminas. ¿Cómo se exige ese estándar ético al pequeño emprendedor que apenas esquiva la quiebra?

-Hay que ser muy justos en esto. No es lo mismo una gran corporación con enormes utilidades que una pequeña empresa cuyo propietario trabaja junto a sus empleados y muchas veces hace esfuerzos extraordinarios para llegar a fin de mes. La Doctrina Social de la Iglesia no puede aplicarse desconociendo la realidad.

»No se trata de exigir lo imposible ni de poner sobre los hombros del pequeño empresario responsabilidades que corresponden también al Estado y a la sociedad. Una empresa que quiebra no genera mejores salarios: deja personas sin trabajo. Por eso necesitamos condiciones económicas y regulatorias que permitan a las empresas crecer, invertir y crear empleo.

»Pero también debemos mantener un horizonte. El salario no puede ser considerado simplemente un costo que hay que reducir al máximo, no. El salario es el sustento de una persona y de una familia. Pagar el mínimo legal puede significar cumplir la ley, pero el desafío moral comienza precisamente allí: preguntarse cuánto más podemos hacer, en la medida de nuestras posibilidades, para que quienes contribuyen al éxito de la empresa participen también de sus frutos. 

Es posible leer aquí la Carta a los Empresarios del Cardenal Fernando Chomalí:

https://publicaciones.iglesiadesantiago.cl/cartaempresarios#page/2

Pie de foto: El cardenal Fernando Chomalí, arzobispo de Santiago, durante la presentación de su «Carta a los empresarios».Pontificia Universidad Católica de Chile

Matilde Latorre de Silva

Periodista

/ReL

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