Durante el siglo XX, una parte significativa de las vanguardias artísticas mostró simpatía o adhesión hacia los grandes totalitarismos europeos, especialmente el fascismo y el comunismo soviético.


Futuristas italianos celebraron el proyecto de Benito Mussolini y la retórica de la guerra como regeneración histórica; al mismo tiempo, numerosos artistas e intelectuales europeos miraron con entusiasmo a la Unión Soviética de Lenin y después de Stalin como escenario de una revolución cultural total. Este episodio histórico revela un error que aún pesa sobre nuestra imaginación política: la idea de que la condición de artista concede una especie de clarividencia política. Muchos creadores pensaron que si eran capaces de romper con las formas estéticas del pasado también estaban especialmente dotados para interpretar el sentido de la historia y orientar el futuro de la sociedad.
La experiencia demostró lo contrario. La sensibilidad artística puede captar tensiones simbólicas o expresar conflictos humanos con gran intensidad, pero la política exige otro tipo de saber: prudencia, conocimiento institucional, memoria histórica y responsabilidad por las consecuencias. La intuición estética no sustituye al juicio político.
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La leyenda romántica del artista (el genio visionario que anticipa el porvenir) reforzó durante décadas esta confusión. Sin embargo, cuando los creadores entraron en el terreno de la política mostraron la misma mezcla de entusiasmo, error y ceguera que cualquier ciudadano.
Recordarlo no disminuye el valor del arte. Al contrario, lo sitúa en su lugar propio. El arte puede iluminar la experiencia humana, pero no otorga autoridad política. Confundir ambas cosas fue uno de los mitos más persistentes de las vanguardias.-
María Victoria Torres. ABC/Madrid


