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¿Cuál es la Iglesia que quiero y deseo?

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Last updated: septiembre 9, 2025 10:53 am
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Published: septiembre 9, 2025
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P. Javier Duplá, sj:

 

Una Iglesia que no se mire tanto a sí misma, sino al mundo, a la sociedad, a los seres humanos concretos. Que se sienta dentro de la sociedad, no separada y juez de ella, es decir, una Iglesia que se sabe pecadora, pero que confía en el Señor para luchar por un mundo mejor. Una Iglesia con más mística, no en el sentido vulgar de entusiasmo, sino en el sentido religioso de mayor contacto con lo divino, un contacto recibido como don para el mundo. Porque el ser humano necesita urgentemente de esta comprobación de sentido que da el contacto con Dios. Si echamos un vistazo a las propuestas de sentido que circulan en el mundo de hoy, dominado por la cultura occidental, podemos mencionar:

— La utopía de un crecimiento ilimitado en comodidad y riqueza, que conduce a un agotamiento del mundo y sus reservas naturales, a la guerra de exterminio de los pobres, de los que carecen de armas de destrucción masiva, pero que en definitiva destruye a todos.

— La creencia en el poder de la razón humana, que terminará desvelando todos los misterios de la conducta humana y hará así al ser humano previsible y manipulable. Esta utopía científica aspira a eliminar a Dios como innecesario, como un residuo de un pasado de ignorancia que puede ser definitivamente superado. Esta utopía conduciría a la manipulación de unos pocos sobre el resto, en definitiva, a la destrucción del hombre por el hombre mismo. Es la imagen moderna del “pecado de Adán y Eva”, el dominio del árbol del conocimiento, “de la ciencia del bien y del mal”, que Dios se reserva. ¿Y por qué se lo reserva? ¿Acaso porque está como celoso de la inteligencia humana? No. Se lo reserva porque el hombre carece del amor, que es lo único que puede frenar el conocimiento desmedido; éste tiende a la soberbia, al ensalzamiento del hombre por encima de todo, incluyendo a Dios. Es el superhombre nietzscheano, que condujo a las locuras nazis, que siguen agazapadas ahí, que no han sido del todo eliminadas. Sin el amor de Dios el hombre se destruye a sí mismo.

Este creo que es el cometido principal de la Iglesia: mostrar el amor, vivir el amor de Dios, hacerlo creíble. Y eso sólo lo puede hacer desde la mística, desde el contacto humilde con Dios, que es quien toma la iniciativa. Si la Iglesia lo vive así, si los cristianos de todas las confesiones lo vivimos así – y le pedimos a Dios que nos haga así – entonces la humanidad podrá salvarse de sus fuerzas autodestructoras que ahora constituyen una real amenaza para la supervivencia.

Los últimos pontífices han vivido plenamente estos sentimientos y los han inculcado en sus documentos. Juan XXIII colocó a la Iglesia no contra el mundo sino dentro del mundo; Pablo VI puso por obra muchos de los postulados del Concilio Vaticano II; Juan Pablo II viajó por todo el mundo dando una imagen muy cercana de lo que significar seguir a Cristo en el mundo de hoy; Benedicto XVI supo expresar en su teología la novedad de una nueva era; Francisco trató de hacer una Iglesia cercana a todo el mundo, incluyendo a los tradicionalmente rechazados; León está continuando esta imagen de cercanía a todos.

Los santos recientemente canonizados o que pronto lo serán – Pier Giorgio Frassati, Carlo Acutis, José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles – con un ejemplo vivo de cómo se puede amar a Jesucristo y a la Virgen y trabajar por la Iglesia y la comunidad humana.-

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