Al comenzar el curso, el Evangelio recuerda a maestros y profesores que educar no es moldear conciencias, sino servir a la verdad que libera al hombre
Hay palabras que informan, palabras que conmueven, palabras que hieren y palabras que se olvidan al cabo de unas horas. Pero la palabra de Jesucristo, escuchada en la sinagoga de Cafarnaún, hace algo más: entra en combate por el hombre.
«Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad». No es el entusiasmo pasajero ante un orador brillante ni la curiosidad ante una doctrina nueva. Los habitantes de Cafarnaún perciben que en Jesús hay una autoridad distinta: no necesita imponerse por el estrépito, la amenaza ni la seducción. Es la autoridad de quien conoce la verdad del hombre porque es su Creador; de quien ve el mal y no pacta con él; de quien pronuncia una palabra que no solo explica la libertad, sino que la devuelve.
En la sinagoga hay «un hombre que tenía un demonio inmundo». El Evangelio no se demora en los detalles ni convierte el sufrimiento de aquel hombre en espectáculo. San Lucas no quiere alimentar la curiosidad morbosa sobre las tinieblas. Quiere llevarnos a Cristo.
El espíritu grita: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». El mal reconoce a Cristo antes que muchos hombres. Sabe quién es, pero no le ama; pronuncia una verdad, pero lo hace desde el odio; confiesa con los labios aquello que rechaza con toda su voluntad.
También hoy se puede hablar mucho de Jesús y, sin embargo, no dejarle gobernar la vida. Se le puede reducir a maestro de valores, referente moral, inspirador de fraternidad o símbolo de acogida. Son aproximaciones que pueden contener algo verdadero, pero resultan radicalmente insuficientes. Cristo no ha venido a ofrecer un catálogo de buenos sentimientos con el que mejorar la convivencia. Ha venido a salvar al hombre.
No una idea, sino un Salvador
El hombre poseído de Cafarnaún no necesitaba una lección de autoestima, una consigna tranquilizadora ni una explicación sociológica de su desdicha. Necesitaba ser liberado. Y Cristo lo libera.
«¡Cállate y sal de él!». Jesús no dialoga con el demonio, no negocia con él, no le concede el protagonismo que reclama. Le ordena callar. El enemigo de Dios y del hombre busca ruido, confusión, miedo y fascinación; Cristo devuelve el silencio de la paz. El mal aspira a deformar el rostro humano; Cristo restaura al hombre en su dignidad.
El demonio derriba al hombre en medio de la gente, pero sale «sin hacerle daño». Es una precisión luminosa. Quien se acerca a Cristo puede atravesar luchas, purificaciones y renuncias dolorosas, pero no queda abandonado a la destrucción. El Señor no humilla al herido ni lo identifica con su herida: lo arranca de aquello que lo esclaviza.
La fe cristiana no niega que muchos sufrimientos tengan dimensión psicológica, familiar, social o médica. Sería irresponsable y cruel despreciar la necesidad de atención sanitaria, tratamiento especializado, escucha paciente o acompañamiento humano. Pero sería igualmente empobrecedor reducir todo el misterio del mal a esas dimensiones. El Evangelio nos obliga a mirar más hondo: hay un mal que no se explica solo por la fragilidad humana, porque se opone a Dios y pretende arrancar al hombre de su verdad.
El cristiano no está llamado a vivir obsesionado con el demonio. Está llamado a vivir centrado en Cristo. El centro de la escena de Cafarnaún no es el espíritu inmundo, sino Jesús; no es el miedo, sino la liberación; no es el poder de las tinieblas, sino la autoridad del Santo de Dios.
La autoridad que educa
Este Evangelio coincide con el regreso de maestros y profesores a los centros educativos. Es el comienzo silencioso del curso: reuniones, programación, preparación de aulas, coordinación, materiales, nombres que pronto dejarán de ser una lista para convertirse en rostros, historias, capacidades, carencias y esperanzas.
Poco después, las aulas de segundo ciclo de Infantil y de Primaria volverán a llenarse de niños. En Castilla-La Mancha, el curso académico comienza el 1 de septiembre y las clases de estas etapas se inician el día 8. No es un detalle ajeno al Evangelio. La tarea de educar plantea, cada día, una pregunta decisiva: ¿con qué autoridad hablamos a quienes se nos confían?
Hay una autoridad que somete, que exige obediencia para proteger el ego de quien manda. Hay otra, más extendida y aparentemente amable, que renuncia a orientar por miedo a contrariar. Una domina; la otra abandona. Ninguna educa.
La autoridad de Cristo es distinta. Jesús enseña con autoridad porque su palabra es verdadera y porque busca el bien del hombre. No manipula, no adula, no rebaja la verdad para ser aceptado. Tampoco aplasta al débil. Ve al hombre herido, se acerca a él y pronuncia una palabra que devuelve libertad.
Esta es una lección especialmente necesaria al comienzo del curso. Educar no es moldear conciencias ni producir alumnos adaptados a los vaivenes de cada época. Tampoco consiste en llenar la cabeza de datos sin despertar el gusto por la verdad, el bien y la belleza. Educar es ayudar a cada niño y adolescente a habitar la realidad, a reconocer que no todo deseo merece ser obedecido y que la libertad no es hacer cualquier cosa, sino hacerse capaz de amar el bien.
Un profesor que corrige con justicia, que exige sin humillar, que escucha sin abdicar de su responsabilidad y que transmite amor por la verdad realiza una labor profundamente humana. Y, cuando vive su vocación desde la fe, participa de una forma singular en esa autoridad de servicio que se contempla en Cristo.
La libertad no consiste en obedecer los impulsos
Una cultura que ha elevado la elección individual a criterio último suele llamar libertad a la ausencia de límites. Pero quien no puede decir «no» a sus deseos, a su miedo, a su ira, a la opinión de los demás o a la pantalla que reclama su atención no es plenamente libre. Es vulnerable a todo aquello que prometa alivio inmediato y acabe exigiendo un precio cada vez mayor.
Las nuevas esclavitudes no siempre llevan cadenas visibles. Se presentan como autonomía, entretenimiento, consumo, éxito o intimidad inviolable. Sin embargo, la pornografía que degrada la mirada, las adicciones que estrechan el horizonte, la violencia que se normaliza, la ansiedad por ser aceptado o el desprecio de la propia dignidad no liberan. Prometen poder y dejan impotencia; prometen plenitud y producen soledad.
Por eso la educación no puede limitarse a proporcionar herramientas técnicas para competir. Debe ayudar a reconocer la mentira antes de que se instale, a formar la conciencia, a cuidar la interioridad y a descubrir que cada vida tiene una dignidad que no depende de las calificaciones, de la apariencia, de la popularidad ni de la utilidad.
La familia tiene aquí una responsabilidad insustituible. La escuela no puede ni debe ocupar su lugar. Pero las familias, los profesores y toda la comunidad educativa necesitan recuperar una alianza básica: el niño no es un proyecto ideológico, ni un consumidor en formación, ni una cifra en una estadística. Es una persona llamada a la verdad, a la libertad y al amor.
No hay liberación sin Cristo
Los presentes en Cafarnaún preguntan: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen». Es la pregunta que el Evangelio sigue dirigiendo a cada generación.
¿Quién es Jesús? No basta decir que fue un profeta admirable, un gran maestro o una figura de excepcional sensibilidad. El espíritu inmundo pronuncia, contra su voluntad, una confesión decisiva: «Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús es el Santo de Dios porque viene del Padre y pertenece al Padre de una manera única. En Él ha irrumpido el Reino. Su presencia significa que el mal no posee la última palabra sobre el mundo; que el pecado no tiene un derecho definitivo sobre el corazón humano; que la muerte no cierra el horizonte de quien se abandona a Él.
Por eso el cristianismo no es, en primer lugar, una ética. Es el encuentro con una Persona que salva. La moral cristiana no queda anulada; encuentra su raíz y su fuerza. Solo quien ha sido liberado puede amar de verdad, perdonar de verdad, servir de verdad y resistir en la prueba sin fingir que el mal no existe.
Querer una fe sin conversión, sin gracia, sin sacramentos y sin combate espiritual es querer un cristianismo reducido a discurso. Pero Cristo no ha venido a ofrecer una teoría sobre la libertad. Ha venido a decir al mal que esclaviza: «Sal de él».
La palabra que los alumnos necesitan
Al comenzar el curso, maestros, profesores y familias pueden preguntarse qué palabra sostendrá la vida de los niños y adolescentes que les serán confiados. Hay palabras que entretienen, otras que adiestran y otras que oscurecen. También hay palabras que liberan.
No se trata de imponer una fe a nadie desde la escuela ni de confundir educación con proselitismo. Se trata de no renunciar a la verdad sobre el hombre: nadie crece cuando se le abandona a la tiranía de sus impulsos; nadie madura si se le convence de que todo vale; nadie encuentra la paz cuando se le priva de razones para esperar.
La palabra de Cristo no convierte al hombre en un súbdito sin rostro. Le devuelve a sí mismo. Le enseña que no está condenado a obedecer aquello que lo degrada, que puede ser perdonado, que puede levantarse y que su vida no es una casualidad sin destino.
Ese es el asombro de Cafarnaún y esa es la noticia que la Iglesia sigue anunciando: cuando Cristo habla, la mentira pierde poder; cuando Cristo manda, el mal retrocede; cuando Cristo libera, el hombre vuelve a respirar.-


