Cuando tener más ya no deja vivir

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Luis Javier Moxó Soto/ReL:

Jesús no condena los bienes ni el trabajo: desenmascara la ilusión de quien cree que puede asegurar su vida acumulando, mientras deja de ser rico ante Dios y ante los demás

Un hombre pide a Jesús que intervenga en un conflicto de herencia, pero el Señor va hasta la raíz de la disputa: «La vida no depende de los bienes que se poseen» (Lc 12, 15). La parábola del rico insensato no habla contra la previsión responsable, sino contra la avaricia que encierra el corazón, convierte los frutos en propiedad absoluta y pretende aplazar la pregunta por Dios, el prójimo y la muerte.

«Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia». La petición que abre el Evangelio de este 19 de octubre —Lucas 12, 13-21— parece razonable. Los conflictos por bienes, viviendas, empresas o herencias no son una novedad de nuestro tiempo. Pueden romper familias, prolongar resentimientos durante años y despertar una codicia que estaba dormida.

Jesús, sin embargo, no acepta ser convertido en árbitro de un reparto que desconoce. «Hombre, ¿quién me ha puesto de juez o árbitro entre vosotros?». No se desentiende de la justicia, ni deja de lado la necesidad de repartir con equidad. Hace algo más profundo: se niega a reducir su misión a resolver una disputa patrimonial y descubre el mal que puede esconderse detrás de una pretensión aparentemente legítima.

«Mirad: guardaos de toda codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes» (Lc 12, 15). La advertencia no va sólo dirigida al hermano que quizá se niega a compartir. Va dirigida a todos los presentes. La codicia puede habitar en quien acapara y también en quien cree tener derecho a poseer más que los demás. No se mide únicamente por la cantidad que se tiene, sino por el lugar que los bienes ocupan en el corazón.

El rico habla solo

Jesús cuenta entonces la parábola de un hombre cuya tierra produce una cosecha abundante. Nada indica que haya robado, engañado o trabajado de forma deshonesta. El problema no es la fertilidad del campo ni el fruto del trabajo. El problema aparece en la conversación que el rico mantiene consigo mismo.

«¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha?». A continuación decide derribar sus graneros para construir otros mayores y guardar «todo mi trigo y mis bienes». Después se dice: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente».

En pocos versículos, el rico habla de su tierra, su cosecha, sus graneros, su trigo, sus bienes y su alma. No aparece Dios. No aparece la familia. No aparecen los jornaleros. No aparece el pobre. No aparece una pregunta sobre qué responsabilidad trae consigo una cosecha abundante. La abundancia no lo ha vuelto agradecido ni generoso; lo ha encerrado en un monólogo.

Ésta es la pobreza que denuncia Jesús. Una persona puede poseer mucho y vivir interiormente empobrecida, porque ha convertido lo recibido en un muro. Los bienes, que podían ser ocasión de agradecimiento, trabajo compartido, responsabilidad familiar y ayuda a quien lo necesita, se transforman en una garantía ilusoria contra la fragilidad.

El rico se habla a sí mismo como si hubiera vencido al tiempo: «para muchos años». Dios interrumpe esa seguridad: «Necio, esta noche te reclaman el alma. ¿Y lo que has preparado, para quién será?» (Lc 12, 20). La palabra «necio» no designa una falta de inteligencia financiera. En el lenguaje bíblico, el necio es quien vive como si Dios no contara, quien calcula todo menos lo esencial.

Prever no es acaparar

Sería un error leer esta parábola como una condena de toda previsión. Ahorrar para una necesidad real, cuidar el patrimonio familiar, levantar un proyecto profesional, invertir con responsabilidad o planificar una cosecha no son actos contrarios al Evangelio. El propio libro de los Proverbios elogia la prudencia y la capacidad de prever.

La diferencia está en la pregunta de fondo: ¿para qué quiero lo que tengo? La previsión responsable reconoce que los bienes son recibidos, que no garantizan el futuro y que llevan consigo una responsabilidad hacia otros. La codicia, en cambio, convierte el tener en identidad y seguridad absoluta.

El rico de la parábola no construye graneros porque quiera alimentar a una comunidad en tiempos difíciles. Los amplía para que su abundancia no tenga que salir nunca de su control. No busca administrar un don: quiere blindar su vida.

Ésta es una tentación que no afecta sólo a quienes tienen grandes patrimonios. Puede surgir en el hogar que vive para acumular sin preguntarse por nadie; en quien sacrifica la familia por una promoción que nunca basta; en la persona que guarda tiempo, afecto y dinero como si compartirlos amenazara su seguridad; en una sociedad que mide el éxito por lo que consume y que deja al margen a quienes no producen.

El problema no es tener cosas. El problema llega cuando las cosas nos tienen a nosotros.

Ser rico ante Dios

Jesús concluye: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12, 21). Ser rico ante Dios no significa despreciar el trabajo, romantizar la pobreza ni buscar una carencia artificial. Significa recibir los bienes con gratitud, administrarlos como una responsabilidad y ponerlos al servicio de una vida que no termina en uno mismo.

La riqueza ante Dios se mide de otra manera. Puede crecer cuando una familia comparte lo que tiene con alguien que atraviesa necesidad; cuando un empresario no considera a sus trabajadores un coste que hay que reducir a toda costa; cuando se usa una herencia para reparar vínculos en vez de prolongar guerras familiares; cuando se renuncia a un consumo superfluo para sostener una obra de misericordia; cuando se ofrece tiempo a quien está solo.

No se trata de un voluntarismo culpabilizador. Nadie se salva por gestionar mejor sus cuentas. Pero la gracia de Dios no deja intacta nuestra relación con los bienes. La Eucaristía, donde recibimos el pan que Cristo entrega, educa al creyente para reconocer que la vida es don y que el pan no puede convertirse en posesión aislada.

La libertad evangélica no consiste en no tener nada, sino en no estar poseído por nada. Una persona puede vivir con recursos y ser pobre de espíritu; otra puede tener poco y estar esclavizada por la comparación, el resentimiento o la obsesión por acumular. La pregunta no es sólo cuánto poseemos, sino si somos capaces de dar gracias, compartir y vivir sin la angustia de que todo dependa de nosotros.

Pedro de Alcántara y la pobreza libre

San Pedro de Alcántara, cuya memoria se celebra en diversos lugares el 19 de octubre, ofrece un testimonio exigente de libertad frente a los bienes. Nacido en Alcántara en 1499, ingresó joven en los franciscanos, promovió una reforma de la vida regular marcada por la austeridad y la oración, y acompañó a santa Teresa de Jesús en los comienzos de la reforma carmelitana. Murió en Arenas de San Pedro el 18 de octubre de 1562.

Su ascetismo fue extremo y no puede trasladarse mecánicamente como modelo material a toda persona o familia. La Iglesia no exige que todos imiten sus penitencias. Pero su vida plantea una pregunta que sí sigue siendo universal: ¿cuánto espacio ocupa Dios en una existencia que busca protegerse mediante la comodidad, la posesión y el reconocimiento?

Pedro de Alcántara no despreciaba la creación ni confundía la pobreza con negligencia. Su radicalidad nacía de una convicción franciscana: quien se sabe sostenido por Dios puede dejar de necesitar tanto para sentirse seguro. La austeridad, cuando es evangélica, no se convierte en desprecio del cuerpo ni en superioridad moral. Libera para amar, para compartir y para escuchar con mayor disponibilidad.

Santa Teresa, que lo tuvo como consejero y defensor, reconoció la hondura de su vida de oración y penitencia. Su amistad muestra que la reforma verdadera no comienza con estrategias de prestigio, sino con personas que permiten que Cristo reordene sus deseos.

Pablo de la Cruz y la riqueza de la entrega

San Pablo de la Cruz, fundador de los pasionistas, ilumina otra dimensión del Evangelio: la riqueza que nace de contemplar al Crucificado. Nació en Ovada, Italia, en 1694, y fundó la Congregación de la Pasión para mantener viva en la Iglesia la memoria de la Pasión de Cristo. Murió en Roma en 1775.

Para Pablo de la Cruz, la Cruz no era un símbolo de resignación ni una búsqueda enfermiza del dolor. Era la revelación de un amor que se entrega sin reservarse. Quien mira al Crucificado descubre la mentira de una vida organizada únicamente para guardar, asegurar y disfrutar. Cristo no acumula para sí: se da.

Esa contemplación convirtió a Pablo en un predicador de la misericordia y en fundador de una familia religiosa entregada a anunciar la Pasión. Su vida recuerda que sólo quien se sabe amado hasta el extremo puede desprenderse de lo que posee sin caer en la amargura. La caridad cristiana no nace del desprecio por las cosas, sino de haber encontrado un bien mayor.

La herencia que no se pierde

El Evangelio de hoy no pide resolver la vida con un gesto espectacular. Nos invita a mirar con sinceridad nuestros propios graneros. Tal vez son materiales: dinero, casas, objetos, inversiones, una herencia que aún divide. Tal vez son interiores: prestigio, control, tiempo reservado sólo para uno mismo, conocimientos que no compartimos, afectos que administramos con miedo.

Jesús no nos pregunta si hemos previsto suficientemente el futuro. Nos pregunta qué estamos haciendo hoy con lo que hemos recibido. ¿Nos encierra o nos permite servir? ¿Nos vuelve más ansiosos o más agradecidos? ¿Nos ayuda a construir comunión o levanta muros?

La muerte que aparece en la parábola no es una amenaza morbosa. Es una llamada a recuperar la verdad de nuestro tiempo. No somos dueños absolutos de los días. Por eso no conviene dejar para mañana el perdón que debemos pedir, la ayuda que podemos ofrecer, la reconciliación familiar que una herencia ha herido, la generosidad que siempre posponemos.

Ser rico ante Dios es vivir de tal modo que, cuando llegue la hora de dejarlo todo, no descubramos que habíamos conservado mucho y amado poco.-

/ ReL

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