Durante demasiado tiempo, Cuba ha sido una de las grandes imposturas morales y políticas de nuestro tiempo. Pocas tiranías han disfrutado de una coartada sentimental tan obscena ni de una indulgencia internacional tan escandalosa. La revolución cubana fue, para una parte considerable de la izquierda occidental, una suerte de icono romántico tropical: épica antiamericana, demagogia de justicia social y estética guerrillera envuelta en el humo de los habanos y la música de las guajiras. La realidad fue mucho más prosaica y mucho más brutal.
Lo que el castrismo construyó fue una tiranía de partido único, una cárcel ideológica y una máquina de pillaje y ruina nacional que ha llevado a uno de los países con mayor potencial de Iberoamérica a una devastación material y moral de proporciones históricas. Cuba no padece hoy una crisis coyuntural. Vive la agonía terminal de un régimen comunista, marxistaleninista, abominable, cuyo desastre ya no admite maquillaje alguno. El castrismo no administra ya una revolución, es el detritófago de los escombros de lo que habría podido ser una de las naciones más brillantes y exitosas del hemisferio.
El poder castrista tras la muerte de Fidel
La muerte de Fidel Castro en noviembre de 2016 no supuso el fin del castrismo, sino su petrificación institucional. El castrismo nunca fue solo un caudillo, aunque Fidel fuera su gran sumo sacerdote, su intoxicador supremo y el arquitecto principal del aparato. El castrismo fue —y sigue siendo— una estructura de poder diseñada para sobrevivir al fundador: el Partido Comunista como eje ideológico y filtro de lealtades; el Gobierno como mera fachada administrativa sin soberanía real; las Fuerzas Armadas como columna vertebral del régimen y gran actor económico privilegiado; el aparato de seguridad e inteligencia como herramienta de opresión permanente; y una maquinaria de manipulación exterior cuya eficacia ha sido históricamente muy superior a la de su calamitosa gestión económica.
A esta estructura interna hay que añadir la dimensión exterior más corrosiva del castrismo: su control sobre el chavismo venezolano y su influencia sobre la extrema izquierda internacional. La Habana encontró en Caracas petróleo, financiación y respiración asistida. A cambio, exportó inteligencia, cuadros fanatizados para adoctrinar y experiencia represiva. No se trató de simple solidaridad ideológica, sino de penetración estructural en los aparatos de inteligencia, seguridad y control del Estado venezolano. El resultado fue un abrazo letal entre dos regímenes tóxicos y fracasados que se alimentaron mutuamente de saqueo, propaganda y terror. Hoy la decadencia de uno acelera inexorablemente la del otro.
La sociología de una isla en descomposición
La Cuba real —la que no aparece en los carteles revolucionarios ni en las apologías de la izquierda europea— es una nación en estado de descomposición acelerada en cuatro dimensiones simultáneas e interconectadas. Primero, a crisis social es devastadora: escasez de alimentos, medicamentos y productos básicos, colas kilométricas ante tiendas semivacías, apagones de hasta dieciséis horas diarias, deterioro sanitario y la humillación perpetua del racionamiento como horizonte vital de una población entera. Segundo, la crisis económica es estructural e irreversible dentro del modelo vigente: el sistema no produce, no genera incentivos sanos, castiga sistemáticamente la iniciativa y multiplica la inseguridad jurídica hasta hacer imposible cualquier confianza inversora. Tercero, la crisis demográfica, que es quizás la más reveladora de todas y la más difícilmente manipulable por la propaganda: Cuba se vacía a chorros, con más de 500.000 personas emigradas tan solo entre 2022 y 2023, sustrayendo a la isla su capital humano más joven, más dinámico y cualificado. Finalmente, y sobre todo este panorama se extiende una crisis sociológica más profunda todavía: la erosión del contrato social, la normalización de la doble moral, la supervivencia como única meta colectiva y la corrosión del alma nacional por décadas de terror, propaganda y depredación sistemática.
El agotamiento de una ideología asesina
El comunismo fracasa porque está diseñado para fracasar. Concentra poder, destruye incentivos, asfixia la libertad y corrompe de manera estructural a las élites que lo administran. Allí donde ha sido aplicado —de Moscú a Pekín, de Berlín Oriental a La Habana— ha producido las mismas consecuencias: miseria, represión, éxodo masivo y colapso. El comunismo cubano no es la excepción, sino la confirmación más patética de la regla. Su fracaso ha adoptado una forma particularmente degradante: dogmatismo rancio, improvisación permanente, privilegios obscenos para la nomenklatura, militarización de la economía, incompetencia crónica de sus cuadros dirigentes y corrupción galopante que corroe todos los estamentos del aparato. Se prometió igualdad y se levantó una aristocracia revolucionaria. Se prometió soberanía y se hipotecó el país primero a Moscú y después a Caracas. Se prometió justicia social y se entregó a los cubanos miseria, devastación y represión. El castrismo ha agotado no solo sus recursos materiales sino, y esto es definitivo, sus recursos ideológicos: ya no hay nadie, ni en La Habana ni en ninguna cabeza con dos dedos de frente, que crea en la revolución cubana como proyecto viable o de futuro.
No hubo nunca un «bloqueo»
Es imperativo desmontar sin el más mínimo complejo, una de las mayores falsificaciones semánticas sobre las que la propaganda castrista ha construido buena parte de su coartada internacional. En Cuba no ha existido nunca un bloqueo en el sentido legal estricto y marítimo del término. Un bloqueo es un instrumento de guerra que implica el corte físico de las comunicaciones de un territorio, y eso jamás ha ocurrido con la isla. Lo que ha existido es un embargo estadounidense contra un régimen dictatorial —la prohibición a ciudadanos y empresas norteamericanas de comerciar con La Habana— acompañado de sanciones extraterritoriales a terceros que mantuviesen relaciones comerciales con el castrismo pretendiendo mantener relaciones con EEUU. Esa política puede discutirse, puede matizarse, puede criticarse en algunos de sus aspectos. Lo que no puede hacerse es utilizarla como absolución histórica del castrismo. Cuba ha comerciado con decenas de países, ha recibido turismo, inversiones y múltiples formas de alivio exterior durante décadas. Lo que ha arruinado la economía cubana no es el inexistente bloqueo, palabra elevada a dogma propagandístico, sino la planificación central, la abolición de libertades económicas, la confiscación y aplastamiento de la iniciativa privada, la monstruosa inseguridad jurídica y la incompetencia de dimensiones cósmicas del régimen. Que la izquierda española y europea siga repitiendo la consigna del «bloqueo» como un mantra revela su deshonestidad intelectual, su ignorancia supina, o ambas cosas a la vez.-


