Cuba es una sola: Isla y Diáspora

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Yoandy Izquierdo Toledo, desde Cuba:

​La historia contemporánea de Cuba está surcada por una línea de fractura invisible pero impenetrable: el estrecho de la Florida, el mar Caribe, las distancias geográficas y, sobre todo, un muro de recelos políticos construido durante décadas. Durante demasiado tiempo, la narrativa oficial ha provocado la fragmentación de la persona del cubano. De un lado de la orilla se ha colocado al “pueblo revolucionario”, propietario simbólico y político de la soberanía insular; del otro, se ha etiquetado a la diáspora con epítetos cambiantes, desde “gusanos” hasta “emigrados económicos” o “adversarios”, negándole sistemáticamente su condición de parte activa y orgánica de la nación, con todos sus derechos y deberes.

Sin embargo, plantear el futuro de Cuba exigiendo un cambio de rumbo político sin resolver esta escisión fundamental es, cuando menos, una contradicción insostenible. Cuba es una sola, integrada indisolublemente por su Isla y su Diáspora. Ningún proyecto de nación es completo, legítimo ni viable si no logra integrar a ambas partes. Cualquier esfuerzo serio de sanación nacional, reconstrucción económica o diseño institucional, incluyendo una nueva Constitución para la República, que intente prescindir de los millones de cubanos dispersos por el mundo, replicará, inevitablemente, el mismo modelo de exclusión y hegemonía sectaria que hoy se le critica con justa razón al poder establecido.

*​La trampa de la exclusión heredada*

​El Estado cubano ha operado históricamente bajo una lógica excluyente: la soberanía reside exclusivamente en quienes habitan el territorio nacional y comulgan con los lineamientos ideológicos del poder centralizado. En esa perspectiva maniquea, el exilio ha sido castigado con la muerte civil, la confiscación de bienes, la desmembración familiar y la invisibilización jurídica.

Curiosamente, esta visión de trinchera no ha sido patrimonio exclusivo de la oficialidad. Sectores radicales de la propia diáspora han caído en la trampa simétrica de deslegitimar a quienes resisten, sobreviven y construyen su vida cotidiana dentro de la Isla, tachándolos de cómplices u omitiendo su voz en los debates sobre el porvenir de la Patria.

Esta polarización en espejo es el mayor peligro para el futuro cubano. Si el cambio político en Cuba se limita a un mero relevo de élites donde los que regresan imponen su visión a golpe de revancha, marginando a los que se quedaron, no habremos avanzado hacia una democracia republicana, habrá cambiado de dueño el latifundio político. La verdadera ruptura democrática no consiste en cambiar quién margina a quién, sino en erradicar la cultura de la exclusión como método de gobierno.

*​La Diáspora, como sujeto político vital*

​Hoy en día, la diáspora cubana no es solo un fenómeno demográfico desolador —agravado por la mayor crisis migratoria de nuestra historia reciente en los últimos años—, sino una nación transnacional vibrante. En Estados Unidos, España, América Latina y Europa, los cubanos han demostrado una resiliencia extraordinaria. Crean empresas, lideran centros de investigación, producen arte de vanguardia, participan en la política de sus países de acogida y mantienen a flote, mediante remesas y afectos, a la sociedad civil en la Isla.

​Despojar a la diáspora de sus derechos políticos y de su voz en la reconstrucción del país es un absurdo estratégico y moral. Una futura Constitución cubana no puede construirse a espaldas de esa inmensa reserva de capital humano, financiero y cognitivo.
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*Integrar a la diáspora significa, en términos prácticos:*

• ​Reconocer la ciudadanía efectiva y el derecho al voto transnacional, garantizando que los cubanos en el exterior puedan participar en los procesos electorales y constitucionales de su patria sin temor a represalias o trámites confiscatorios.

• ​Garantizar el derecho al retorno seguro, a la propiedad inmobiliaria y a la inversión en igualdad de condiciones, desterrando las leyes anacrónicas que penalizan al ciudadano por haber emigrado.

• ​Aceptar la pluralidad de lealtades: un cubano puede ser un ciudadano devoto de su nueva patria adoptiva sin que eso disminuya un ápice su amor y su compromiso con la tierra que lo vio nacer.

*​Sanar la herida: reconstruir desde el pluralismo*

​La sanación de Cuba pasa por un proceso de reconciliación nacional que no puede ser un lema publicitario, sino una política de Estado fundamentada en la justicia transicional y el reconocimiento mutuo. La Isla necesita el dinamismo, la frescura institucional y los recursos de su diáspora. La diáspora, por su parte, necesita cicatrizar el trauma del destierro y reencontrarse con sus raíces sin el miedo constante a la agresión simbólica o material.

​Una nueva Constitución republicana debe ser el pacto fundacional de mínimos donde quepamos todos. Debe consagrar un Estado de Derecho donde la ley no sea un instrumento de castigo ideológico, sino una garantía de inclusión. Si el diseño constitucional del mañana excluye a los «otros cubanos», estaremos redactando las bases del próximo colapso.

La nación cubana del siglo XXI ya no cabe en las fronteras geográficas de un archipiélago cercado. Es un archipiélago humano extendido por el globo. Asumir esta realidad no es una concesión graciosa, es una exigencia de supervivencia histórica.

​Cuba será de todos y para el bien de todos, como soñara el Apóstol, o no será nada. Es hora de derribar los muros ideológicos y geográficos, entendiendo de una vez por todas que la Patria no es un cuartel amurallado, sino la suma generosa y compleja de sus hijos, estén donde estén.-

| 29 octubre 2026
Jueves de Yoandy

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