El concejal de Educación de Toledo, de VOX, explica cómo la lectura de san Juan Pablo II y del entonces cardenal Ratzinger lo impulsó a participar activamente en la vida pública y defiende una educación con menos confrontación política
A los quince años, Daniel Morcillo Sandaza contemplaba Toledo desde el Valle con sus amigos e imaginaba cómo mejorar su ciudad. A los dieciocho se afilió a un partido, pero fue la lectura de san Juan Pablo II y de una nota doctrinal publicada bajo la presidencia del entonces cardenal Ratzinger la que le hizo comprender que los católicos no debían dejar vacío el ámbito político. Hoy, como concejal de Educación y Servicios Educativos del Ayuntamiento de Toledo, por VOX, sostiene que la fe debe impulsarlo a servir a todos, sin distinciones. Tras participar en el encuentro del arzobispo y el obispo auxiliar con representantes de la vida política, explica qué lugar ocupa su conciencia frente a la disciplina de partido y por qué el desacuerdo nunca debe convertirse en descalificación personal.
—Gracias a Dios, la fe me llegó desde que nací. Fueron mis padres quienes me la transmitieron. Recuerdo ir desde bien pequeñito a misa a la iglesia de San José Obrero, ya que, cuando nací, vivíamos en el barrio del Polígono.
El momento en el que empecé a tomar verdadera conciencia de lo que significaba la fe fue con mi primera comunión. Recuerdo que era un chico bastante inquieto y que conocer de verdad a Jesús y descubrir lo que significaba recibirlo en la Eucaristía supuso un cambio importante en mi vida.
—Mi vocación política la tengo desde muy joven. Ya con quince años observaba mi ciudad y pensaba en cómo cambiaría las cosas para mejorarla. Con mi grupo de amigos nos íbamos al Valle y, desde allí, cada uno proyectaba su propia imagen de ciudad.
Con dieciocho años me afilié a un partido político, aunque siempre me mantuve en un segundo plano. Fue leyendo a san Juan Pablo II y la «Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política», publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando estaba presidida por el entonces cardenal Ratzinger, cuando comprendí que los católicos no debíamos dejar vacío el ámbito político y que nuestra participación activa en la vida pública era necesaria.
La lectura de san Juan Pablo II y del entonces cardenal Ratzinger lo llevó a entender el compromiso político como una responsabilidad también cristiana.
Entendí que la política también puede ser una forma de ejercer la caridad, trabajando por la justicia y el bien común. Algo más de veinte años después de aquella primera afiliación fui elegido concejal.
—En mi labor diaria intento tener siempre muy presentes los principios evangélicos y la doctrina social de la Iglesia. Cuando desarrollo una actividad o tomo una decisión, procuro poner en el centro a la persona, su dignidad y su bienestar, prestando especial atención a quienes más dificultades tienen.
Su fe no establece a quién debe servir, sino cómo: poniendo en el centro la dignidad de cada persona.
Creo que un responsable público debe trabajar para todos los ciudadanos, independientemente de sus creencias, ideología o situación económica. La fe no puede convertirse en una barrera, sino en un impulso para servir mejor a los demás.
Para mí hay una máxima que resume bastante bien esta manera de entender la política: «Haz el bien y no mires a quién».
—Para mí la fe no es algo que se pueda dejar a un lado según las circunstancias en las que me encuentre. Me acompaña en todos los momentos del día. Da igual que esté con mi familia, con amigos, en el trabajo o en ambientes de ocio: soy cristiano las veinticuatro horas del día.
Estoy en VOX porque considero que es un partido cuyos principios y planteamientos políticos son compatibles, en muchos aspectos, con mi manera de entender la fe y la sociedad. Pero también tengo claro que mi condición de cristiano está por encima de cualquier militancia política. Mi conciencia y mis convicciones cristianas son las que deben orientar siempre mis decisiones.
—Es verdad que la doctrina social de la Iglesia no pertenece a ningún partido político ni puede identificarse plenamente con ninguno de ellos. Sin embargo, sí podemos encontrar principios que nos ayuden a valorar las propuestas y actuaciones de las distintas formaciones.
En este sentido, considero que VOX es el partido que ofrece una defensa política más clara de cuestiones fundamentales que Benedicto XVI identificó como principios no negociables: la protección de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, el reconocimiento y la promoción de la familia fundada en el matrimonio y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.
Para mí, la defensa de la vida ocupa un lugar central porque es el presupuesto de todos los demás derechos. No podemos hablar de dignidad humana si no defendemos, en primer lugar, el derecho a la vida.
En cuanto a las cuestiones en las que pueden existir mayores discrepancias, creo que la inmigración es probablemente una de las más delicadas. Considero legítimo que los Estados regulen sus fronteras y establezcan una política migratoria ordenada, pero esa responsabilidad debe ejercerse siempre respetando la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales.
VOX defiende una política migratoria que priorice la inmigración legal y ordenada, combata a las mafias que trafican con personas y promueva que quienes llegan a nuestro país se integren y respeten nuestras leyes, nuestra cultura y nuestras tradiciones. También defiende que se promuevan las condiciones necesarias en los países de origen para que sus ciudadanos no se vean obligados a emigrar.
La regulación de las fronteras debe ir acompañada de un compromiso firme con la dignidad y los derechos de los inmigrantes.
Creo que es posible defender una política migratoria ordenada y, al mismo tiempo, mantener un compromiso firme con la dignidad y los derechos de los inmigrantes. En cualquier caso, entiendo que la doctrina social de la Iglesia debe ser siempre una referencia para examinar críticamente cualquier propuesta política.
Hasta el momento no me he visto en la tesitura de tener que elegir entre la disciplina de partido y mi conciencia, pero tengo muy claro que, si algún día se produjera esa situación, me decantaría por mis principios y valores cristianos. Mi conciencia no puede estar nunca subordinada a los intereses de un partido.
—Como concejal de Educación no tengo competencias directas en estas materias, pero sí hay algo que depende de mí: trabajar para que nadie sea discriminado por razón de su origen, su situación económica o cualquier otra circunstancia. Todas las personas tienen una dignidad que debe ser respetada y yo no soy quién para cuestionarla.
Desde mi concejalía intentamos que las oportunidades educativas lleguen también a quienes tienen más dificultades económicas. De hecho, desde que llegué en 2023, hemos triplicado el presupuesto destinado a las becas para las personas con menos recursos de la Escuela Municipal de Idiomas.
En cuanto a la segunda parte de la pregunta, no me resulta difícil defender ninguna de las dos cuestiones dentro de mi partido. En VOX defendemos el derecho a la vida y también la necesidad de una política migratoria ordenada, que combata las mafias y evite que las personas tengan que jugarse la vida en manos de quienes se aprovechan de su desesperación.
Creo que defender nuestras fronteras y exigir una política migratoria responsable no está reñido con respetar la dignidad de quienes emigran. Ambas cosas deben ir de la mano.
—Evidentemente, lo que más me ha interpelado es todo lo relacionado con la educación. La educación es uno de los mayores tesoros que tiene una sociedad, porque de su calidad depende en gran medida su futuro.
Los responsables políticos con competencias educativas tenemos una enorme responsabilidad. No podemos conformarnos con que los alumnos superen unas etapas educativas o consigan un título. Tenemos que procurar que reciban una formación integral que les ayude a convertirse en personas libres, responsables y comprometidas con la sociedad.
La tarea educativa no termina en un título: debe ayudar a formar personas libres, responsables y comprometidas.
Creo que la educación de calidad es una de las mejores herramientas para ofrecer igualdad de oportunidades y reducir las diferencias sociales. También considero fundamental defender la libertad educativa y el derecho de los padres a participar activamente en la educación de sus hijos.
Por eso, una de las cuestiones que más me preocupa es que llevemos tantos años sin alcanzar un gran pacto educativo que garantice estabilidad al sistema y permita trabajar con una perspectiva de futuro. La educación necesita menos confrontación política y más responsabilidad por parte de quienes tenemos la obligación de mejorarla.
—Hay una máxima muy conocida que resume perfectamente cómo deberíamos comportarnos: «En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad».
Como católicos podemos discrepar sobre cuestiones educativas. Unos pueden defender la introducción de las pantallas en las aulas y otros estar en contra; unos pueden preferir el trabajo individual y otros, el trabajo en equipo. Son cuestiones sobre las que caben distintas opiniones y planteamientos.
Lo importante es no confundir el desacuerdo con la descalificación personal. Podemos defender nuestras ideas con firmeza, pero siempre desde el respeto y reconociendo que quien piensa diferente sigue siendo nuestro hermano.
Desde mi punto de vista, debemos hacer una política constructiva, de propuestas y no de descalificaciones. Es fundamental y urgente alcanzar un gran pacto educativo que garantice la estabilidad del sistema y permita proyectar un modelo a largo plazo. Por desgracia, durante demasiados años la educación ha estado sometida a los cambios de gobierno y a las disputas ideológicas. Los niños y los jóvenes merecen algo mucho mejor.
—A ese joven le diría que la política es uno de los ámbitos desde los que más se puede influir en la sociedad y trabajar para cambiar aquello que consideramos que no está bien. Es fundamental que los católicos tomemos conciencia de que tenemos que participar activamente en todo lo relacionado con los asuntos públicos.
La política necesita personas con principios, con valores y con una sólida formación moral. Todos los papas contemporáneos, desde León XIII hasta el papa Francisco, pasando por san Juan Pablo II y Benedicto XVI, han animado a los católicos a comprometerse con la vida pública y a trabajar por el bien común.
A los jóvenes católicos les pide formación y compromiso: no basta con esperar que otros transformen la sociedad.
Desde aquí me gustaría animar a todos los jóvenes que son idealistas, que sueñan con un mundo mejor, a que se formen, porque la formación es importantísima para defender sus valores, y a que se animen a participar en política. No podemos limitarnos a observar la sociedad y esperar que otros hagan aquello que nosotros también podemos hacer.
Y terminaría recordándoles unas palabras de Jesús en el sermón de la montaña, que creo que resumen perfectamente cuál debe ser nuestra actitud como cristianos en medio del mundo:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».-


