Domingo Moratalla: «Una democracia no es más sólida cuando manda las religiones a la sacristía»

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Luis Javier Moxó Soto/ReL:

El filósofo reivindica la contribución del cristianismo a la vida pública: una dignidad que limita el poder, una caridad que no se agota en la justicia y una esperanza que no confunde política con salvación

La dignidad humana no depende de una mayoría, la libertad no consiste en prescindir de los demás y la esperanza no puede quedar a merced del poder. Estas convicciones vertebran el pensamiento de Agustín Domingo Moratalla y esta conversación sobre la aportación cristiana a la vida común. Frente al aislamiento individualista y la reducción de la fe a un consuelo privado, el filósofo reivindica una razón abierta a la verdad, el cuidado de nuestra vulnerabilidad y la fuerza pública de la caridad.

Un horizonte al que se suma «Sed de Dios en la ciudad secular. Crecer con maestros de razón abierta», el volumen que coordina con Juan Bautista Peris Roig, con prólogo de Jesús Conill Sancho.

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—En «El arte de poder no tener razón», aborda el diálogo y la interpretación. ¿Cómo abrirse a la corrección del otro sin renunciar a la verdad, especialmente cuando se cree en una verdad revelada?

—Ese libro recoge parte de la tesis que realicé sobre la hermenéutica filosófica de Gadamer. Fue uno de los primeros trabajos en España e Iberoamérica sobre la hermenéutica de este pensador alemán cuya finalidad fue ofrecer una renovación de la razón práctica en la era de la tecno-ciencia, recuperando el valor de las humanidades y dos tradiciones filosóficas olvidadas: (a) la tradición dialógica, ofreciendo la importancia del diálogo socrático ante la sobredosis de dialéctica hegeliana, (b) la urgencia de una rehabilitación de la razón práctica mediante una ética de la responsabilidad basada en el “verbum cordis” de tradición agustiniana. Gadamer incide en el concepto de ‘aplicación’ como resultado práctico de la interpretación, trabajo sin el que no entenderíamos el desarrollo de las ‘éticas aplicadas’.

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Yo la titulé “El arte de poder no tener razón” porque me parecía un título disruptivo y rompedor con el que el propio autor había definido su trabajo. La nueva hermenéutica no es una técnica sino una poiesis, un arte. A diferencia de la orgullosa modernidad ilustrada, suponía hacer memoria de unas tradiciones anteriores más relacionales y menos posesivas, donde la razón emerge del trabajo del encuentro y la conversación, donde la verdad se busca con el otro. El encuentro tiene un momento de facticidad y otro de dialogo.

Estos planteamientos son importantes para los creyentes y el ámbito de la revelación porque suponen proponer la humildad epistemológica de una razón abierta, una inteligencia agradecida, recibida, historificada, humilde, unas ciencias abiertas a lo real donde el ser humano reconoce su finitud, sus limitaciones y sus capacidades.

—Su obra se inscribe en la tradición personalista. ¿Qué límites impone la dignidad de la persona a las decisiones de una mayoría democrática?

—Mi primer libro fue sobre el personalismo. El número 30 de la colección de editorial Cincel: Un humanismo del siglo XX. El personalismo (1985). La tradición personalista y comunitaria que reivindico distingue con claridad entre ética pública y ética política, lo que supone la necesidad de distinguir entre el bien común como fuente de inspiración o base del derecho y la justicia, frente al cálculo político o administrativo. Supone la recuperación de una ética con capacidad crítica próxima a cierto iusnaturalismo personalista y comunitario que permite resistir, inspirar y limitar cualquier derecho positivo; no solo el derecho político o administrativo.

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La persona siempre es un fin y nunca es un medio, lo que significa que hay un fundamento incondicional, indisponible y sagrado (absoluto) con el que articular las fuentes morales de la actuación política o administrativa. Las bases del derecho no son su fundamento último. Es un tema complejo y atractivo que ha recorrido la ética contemporánea, sin el que no entenderíamos la aparición de los derechos humanos y la potencia moral de categorías como intimidad personal, indisponibilidad funcional, o lo que en ética cívica llamamos ‘hábitos del corazón’.

«La persona siempre es un fin y nunca es un medio»

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—En «Ciudadanía activa y religión», examina los fundamentos de la democracia. ¿Puede esta sostener la justicia si reduce las concepciones del bien a preferencias privadas? ¿Qué puede aportar el cristianismo a ese fundamento común?

—A ese libro le tengo un especial cariño porque todos los años me encuentro en clase alumnos y compañeros que promueven con mucha ingenuidad el laicismo de combate, impidiendo que las creencias o convicciones religiosas puedan desempeñar algún papel en el espacio público deliberativo. En el libro señalo la importancia de las confesiones religiosas para la democracia y propongo una laicidad positiva que surge de la ética política de Peguy, Mounier, Taylor, Habermas y Ricoeur. Las religiones en general y el catolicismo de estas últimas décadas en particular tiene una potencia cognitiva, epistemológica y moral que puede proporcionar vitalidad a democracias algorítmicamente anémicas. Esta rehabilitación no sólo tiene una dimensión terapéutica porque las religiones son fuente de consuelo y el ciudadano contemporáneo está necesitado de sentido, relatos vivificadores y ánimo comunitario.

Una democracia no es más sólida cuando manda las religiones a la sacristía o cuando exige que sus ciudadanos privaticen las prácticas. Al contrario, la solidez de una democracia exige capacidad dialógica, conversación pública con argumentos, hábitos del corazón y recuperación del valor de las religiones en el espacio público. No se trata solo de la dimensión terapeútica o individual de la experiencia religiosa, sino de la dimensión litúrgica, pastoral e histórica de la Iglesia.

El cristianismo puede aportar mucho, más de lo que muchas veces nos creemos porque la imagen marginal o emotiva que a veces proporcionan los medios no se corresponde con la realidad corporal de miles de voluntarios y ‘cristianos de misa de 12’ que en silencio, con discreción y casi sin que nadie lo sepa, proporcionan consuelo en las cárceles, los hospitales o las chabolas. Gracias a este compromiso consolador y humanizador, se mantienen abiertas las ventanas de cierta esperanza o confianza en el herido ethos democrático de nuestras sociedades líquidas pero satisfechas.

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—En «Democracia y caridad», ¿qué descubre y aporta la caridad cristiana en la relación con el otro que el reconocimiento de sus derechos no agota, sin sustituir las exigencias de la justicia?

—Ese libro tiene un valor incalculable porque desarrolla la tensión y relación que en el anterior aparecía únicamente a nivel administrativo o institucional. La caridad cristiana nos zambulle en la lógica del don, nos pone de lleno en lo que llamamos “lógica de la sobreabundancia”. El compromiso por la justicia, la participación social o la militancia político sindical, se mueven por la “lógica de la equivalencia”. La tensión entre estas dos lógicas es productiva y la una no puede mantenerse sin la otra. El compromiso del cristiano en la vida pública encuentra en esa tensión la productividad de los mínimos de la razón natural (ética cívica) con los máximos de la razón revelada o razón abierta (ética de máximos). Es importante descubrir y conocer la tensión entre el mundo de prójimos (lógica de la abundancia) y el mundo de socios (lógica de la equivalencia). El libro muestra cómo desde Benedicto XVI hasta el propio Francisco, esta tensión, que es propia de la ética contemporánea, se ha integrado en la vida de la Iglesia a través de la doctrinal social.

Cuando se toman en serio, las prácticas de la vida cristiana, como los sacramentos, tienen un gran poder sanador, esperanzador y salvífico, aportan consuelo, esperanza y sentido. Tienen un gran valor porque nos recuerdan la “voluntad de verdad” en un mundo herido y fracturado. Nos ayuda a hacernos cargo de las situaciones y luchar por una justicia con rostro, compasiva, esperanzada. En el congreso de laicos de 2020 propuse tres tareas: Sanar personas, cuidar heridas, tender puentes. Hoy pondría otra: repensar el ‘estado social’ y el ‘espacio social europeo’.

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—En «El arte de cuidar», reflexiona sobre la autonomía y la dependencia. ¿Cómo cambia el ideal de una vida lograda cuando aceptamos que depender de otros no es un fracaso, sino parte de nuestra condición?

—El libro recoge un grupo de trabajos que giran en torno a la urgencia y necesidad de plantear la ética de la responsabilidad como una ética del cuidado. Mi reflexión gira en torno a la necesidad de organizar las instituciones en clave de inter-dependencia. Es un error pensar las instituciones de un estado social y democrático en clave de separación y aislamiento, como si el ejercicio de la ciudadanía se limitara a la organización de deseos individuales, caprichos o incluso necesidades. Desde el personalismo comunitario, la autonomía es compromiso, vinculación y religación. No somos más libres por estar más separados o ser átomos más independientes. El individuo es una abstracción y por lo tanto la organización de la vida comunitaria, y la consiguiente ética social, tiene que organizarse en términos de vulnerabilidad apalabrada o afrontada, ayuda mutua, interdependencia y con-cuidado. Necesitamos repensar la ley de dependencia y el conjunto de la política social en clave de inter-dependencia, vulnerabilidad afrontada y mutualidad creativa. Las administraciones no tienen por qué anular, administrar o penalizar fiscalmente la convivencia, los hijos, la maternidad, la vida en familia y la convivencia familiar. El sistema de servicios socio-sanitarios tiene que reenfocarse en clave de responsabilidad y cuidado generativo, tiene que reinventarse en clave de interdependencia y mutualidad. En este contexto, la crisis del mal llamado de bienestar es el resultado de confundir deseos con necesidades, caprichos y derechos, sin que entre en consideración la ‘responsabilidad solidaria’ que planteo….

«No somos más libres por estar más separados o ser átomos más independientes»

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—A propósito de «Del hombre carnal al hombre digital», ¿qué perdemos al tratar el cuerpo como un soporte modificable del deseo, y qué ilumina la Encarnación sobre nuestra identidad corporal?

—La encarnación es una categoría revolucionaria y disruptiva en tiempos de digitalización. Supone la rehabilitación del verbum cordis, es decir, una comunicación que hunde sus raíces en la facticidad comunicativa del corazón, no en los algoritmos, las máquinas o los sistemas autónomos de decisión. La comunicación humana exige intimidad, fricción y contacto. La digitalización a veces olvida la semántica, casi siempre la prágmática y rara vez nos hace ver la carnalidad o materialidad vital de los encuentros, como si la comunicación no tuviera una dimensión perlocutiva, práctica o historificante.

La encarnación nos recuerda la importancia de la finitud y la intensidad de los encuentros, sin ella, qué sería la ternura, las caricias o los abrazos. Los transhumanistas y entusiastas de la vida algorítmica nos quieren hacer creer que podemos ser eternos y desafíar la condición humana de mortales. Se presenta como utopía de la superinteligencia, pero hasta ahora no deja de ser una ilusión o capricho de millonarios prometéicos que también terminan muriendo carnalmente.

—Desde su experiencia académica y pública, ¿cómo puede la esperanza cristiana inspirar la transformación de la sociedad sin atribuir al poder político una capacidad de salvación?

—Me gusta la pregunta porque considero que la esperanza cristiana nos abre un campo de posibilidades impresionante. Somos animales interdependientes y esperanzados. La esperanza cristiana nos sitúa en un horizonte personal, institucional e histórico siempre abierto, a veces indeterminado, pero compasivo, consolador, salvador y sanador. Esto no significa que no tengamos que militar y participar activamente en todo el entramado institucional, al contrario, tenemos que hacerlo por ese imperativo de encarnación que nos moviliza y hunde radicalmente en lo real que nos religa.

«La esperanza cristiana nos recuerda que el día de nuestro nombramiento para un cargo político es la víspera de nuestro cese»

Esta es una lección que deberíamos recuperar del personalismo comunitario y sus responsabilidades históricas en la reinvención del espacio social europeo. Ahora bien, la esperanza cristiana nos recuerda que el día de nuestro nombramiento para un cargo político es la víspera de nuestro cese, nos recuerda que la política o la economía no pueden tener la última palabra ni cerrar el firmamento de nuestro proyecto antropológico y cosmovisión social. Gracias a la esperanza cristiana distinguimos entre vida pública y vida política, entre espacio público para la deliberación moral y espacio político para la negociación o controversia, entre vocación y profesión, entre resignación o impotencia porque no llegamos a todo y consuelo sanador. La esperanza cristiana nos moviliza para una política antropológica y administrativamente eficiente porque anima el trabajo por la justicia. Y nos moviliza para tomar conciencia histórica de nuestros límites, para despertarnos a la difícil y urgente humildad que cada día necesita más el liderazgo político.-

ReL

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