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Opinión

Dos terremotos, dos tragedias: ¿cuál lección?

RCL
Last updated: junio 28, 2026 12:16 pm
RCL
Published: junio 28, 2026
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Horacio Biord Castillo:

24 de junio de 2026. Fiesta de san Juan Bautista. 205º aniversario de la batalla
de Carabobo. Por extensión, también Día del Ejército.

Venezuela celebraba con entusiasmo la fiesta tradicional del Bautista. Tal vez,
en parte, recordaba la efeméride de la batalla que decidió la suerte de la causa
independentista. Ya al final de la tarde, en uno de los días más largos del
hemisferio norte, ocurre un doblete sísmico: dos grandes terremotos,
sucedidos por escasos segundos de diferencia.

Los cómputos iniciales ya señalan más de un millar de fallecidos, miles de
heridos y damnificados, que han perdido sus hogares y, junto a ellos, lo
esencial para vivir.

Venezuela está de luto. Venezuela toda está sumida en una profunda tristeza
que probablemente dure no poco, sino un largo tiempo, como grande es esa
tristeza que embarga el alma venezolana.

Terremoto en Venezuela, hoy en directo: la última hora sobre el número de  fallecidos, de heridos y las tareas de rescateA l

A lo largo de los dos últimos siglos, diversos eventos naturales han causadograndes desastres en nuestro país. Empecemos por recordar el terremoto del
26 de marzo de 1812 y mencionemos, también, el famoso terremoto de Cúa de
1878, el Gran Terremoto de los Andes, el terremoto de san Narciso de 1900, el
terremoto de Cumaná de 1929, el deslave de 1951 en Naiguatá, el terremoto
de El Tocuyo de 1954, el terrible terremoto de Caracas (que afectó también
profundamente a La Guaira) el 29 de julio de 1967, el terremoto de Cariaco de
1997, la extraordinariamente fuerte vaguada del 15 de diciembre de 1999, que
arrasó con un gran parte de La Guaira y afectó también a Caracas. Y ahora, se
producen los terremotos de San Juan, cuyos efectos aún distamos mucho de
poder ponderar.

No es momento de hacer las necesarias cuentas ni de adjudicar las
responsabilidades que deben permanecer indelebles en la conciencia
venezolana. Quizá lo sea sí de entender lo nefasto de los regímenes que
privilegian presupuestos ideológicos y partidistas.

En otras ocasiones, el Estado venezolano ha sido demandado por negligencia
en algunos casos. Que no se olvide. Habrá que hacer las cuentas sí, pero no es
la hora.

Es la hora de la solidaridad, de la unión, de darle la bienvenida y recibir a
manos abiertas la ayuda internacional, a diferencia de diciembre de 1999,
cuando, con inadmisible prepotencia, se despreciaron apoyos de diversos
países. Es la hora del rescate de las víctimas, del consuelo y la bondad, del
auxilio a los sobrevivientes, de la reconstrucción de las vidas, de los hogares,
de las ciudades, del país.

“Venezuela necesita al mundo”, tituló su editorial un importante diario
español. Venezuela, los venezolanos, o como prefieren decir algunos, los
venezolanos y las venezolanas, estamos necesitados de esa ayuda de todo el
mundo. Solo la prepotencia ha rehusado la ayuda humanitaria en el pasado
reciente. No solo la magnitud de los terremotos determina esa necesidad de
recibirla, sino también la ineficiencia y el bajo nivel de los servicios públicos de
nuestro país, o sea, el resultado de la prepotencia y sus modos de ser
gobierno.

Así como las grandes campanadas que, entre 1989 y 1993, recibió la dirigencia
política del país y de las cuales hizo caso omiso, la tragedia de 1999 ofrecía una
gran oportunidad para entendernos y superar juntos los retos del nuevo siglo,
entonces a punto de comenzar. En 1999, en vez de aprender la lección de la
unidad, del entendimiento de la comprensión y el respeto a la diversidad, se
impuso, desde las más altas esferas, la exclusión de quien no pensaba igual y la
promoción del odio social.

Con esta terrible tragedia, cuya exacta magnitud, aún no conocemos, se
debería convocar a todos los venezolanos, empezando por los sectores con
poder político y económico, para un gran acuerdo que permita fundar
verdaderamente un nuevo país, caracterizado por la convivencia, la
solidaridad, el respeto, la inclusión y la libertad.

No solamente es necesario soltar a los presos políticos y de conciencia, sino
garantizar a toda la ciudadanía la libertad, la inclusión social y el respeto a las
diferencias de opinión.

Si una tragedia marcó el inicio de una época de exclusión bajo la bandera de la
inclusión, que otra tragedia nos alerte sobre los rumbos equivocados y abra las
puertas a una nueva Venezuela, sin los males de la pobreza, la discriminación, el racismo, las inequidades de cualquier tipo, los odios sociales, la exclusión y
la persecución.-

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