Cardenal Baltazar Porras Cardozo:
Me apropio el sugerente título del pliego reciente de la revista Vida Nueva para poner a la consideración de mis benévolos lectores un tema de gran actualidad y sentido. La liturgia no es asunto de los entendidos, de los practicantes o de los más devotos. Lo que le da sentido al creyente es “la espiritualidad eucarística en la que el Señor se comunica y reúne a la Iglesia, para que su entrega se convierta en principio de unidad y fuente de vida nueva. De esta comunión nace también la solidaridad cristiana. La eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación” (Magnifica humanitas, 234 y 235).
Lo anterior explica la actualidad y necesidad de analizar desde las exigencias de la fe pero también de la cultura hodierna, para que la liturgia tenga incidencia real en la vida y otorgue a su práctica un valor auténtico a la presencia cristiana en este mundo pluricultural. Uno de los elementos claves de la liturgia es el componente musical. No es un tema marginal pues es uno de los temas sugeridos para la consideración de los consistorios de los cardenales y al que se ha referido tanto el Papa León XIV y varias de las instituciones eclesiales en las que la música es parte integral de su quehacer. Además, en la cultura actual, la música atrae a miles de personas de todas las edades y de todos los gustos. L os invito a leer el número 1317 (2026) de la revista Sal Terrae dedicado a la música sagrada y la liturgia, y el pliego de la revista Vida Nueva (3466 del mes de julio 2026) cuyo título preside esta crónica.
Hay que aclarar que música litúrgica y música religiosa no son sinónimos. La primera tiene que ver primordialmente con el acompañamiento en la celebración eucarística, es decir, el Señor ten piedad, el Gloria, el Sanctus, el Padrenuestro y el Cordero de Dios como partes fijas de la celebración. Hay que añadir las partes variables que depende de los tiempos, adviento, navidad, cuaresma, pascua, y en el caso de fiestas del Señor, la Virgen o los santos, tienen textos propios que son o pueden ser musicalizados. Música religiosa son las composiciones que en todos los tiempos han existido para acompañar devociones comunitarias o personales y tienen en el genio y creatividad de artistas connotados o autores anónimos. Estas son más libres y no están sometidas a normas estrictas, salvo el que expresen la fe de todos y no solo de un grupo. Por eso, las celebraciones en las que solo se interpretan cantos o melodías de un movimiento o parcialidad, no representan la catolicidad, es decir, la fe de todos. Es el peligro que está presente hoy en algunos movimientos o carismas muy válidos, pero no pueden pretender imponer lo suyo. Los fanatismos e individualismos no son buenos consejeros.
La reforma del Concilio Vaticano II (1962-1965) en uno de sus documentos, el relativo a la liturgia eucarística marcó un cambio en cierto modo radical. De la lengua latina se pasó a las lenguas actuales. El canto dentro de la celebración privilegiaba el latín en su expresión tradicional, el gregoriano, aunque desde comienzos del siglo XX, la polifonía se hizo presente en los templos que tenían acceso a coros en las ciudades principales. Entre nosotros se adoptaron los cantos provenientes principalmente de España. La producción musical nuestra fue escasa, aunque teníamos compositores de gran valía a los que no se les acompañó o solicitó su participación.
El boom del Vaticano II con la reforma litúrgica al llamar a la participación e inteligibilidad en las lenguas de cada pueblo y no en la exclusividad del latín, trajo consigo también un boom con la urgencia de musicalizar los textos en lengua vernácula e incorporar otros ritmos acordes con las culturas particulares. Los primeros años del postconcilio fueron muy creativos; la adaptación a esta nueva realidad entusiasmó a muchos. Se crearon instancias nacionales y diocesanas encargadas de promover y animar a compositores y grupos musicales. Por supuesto que en los nuevos escenarios no es lo mismo la misa para niños, jóvenes, en la realización de sacramentos o en los ritos exequiales; celebraciones multitudinarias en las fiestas populares, o misas en las catedrales con la participación de orquestas y coros. En fin, las circunstancias obligan a darle el toque propio en el que la participación sea efectiva y de todos, invite a crecer en aquello que se cree y conduzca a acciones en el que tengan presencia los pobres, marginados, discapacitados o enfermos.
Hay que reconocer que en Venezuela no se ha promovido desde la Conferencia Episcopal ni desde las diócesis ni la formación en este campo, ni se han creado instancias que reflexionen y hagan propuestas compartidas con las comunidades. En los seminarios desapareció la formación musical como asignatura obligatoria, teórica y práctica. La facilidad con los que los jóvenes de hoy se convierten en actores natos en la instrumentación o en el canto, deja a la improvisación lo que debe tener un proceso formativo que responda a unas exigencias con muchas aristas. La tradición venezolana fue muy rica, por ejemplo, en las composiciones propias del tiempo de adviento-navidad con la belleza de los aguinaldos a lo divino como a las parrandas en las que al terminar la eucaristía la comunidad permanece en el atrio para compartir comida, bebida y cantos populares. La semana santa conserva unos pocos cantos de pasión y la expresión más culta del Popule meus. La religiosidad popular es mucho más rica en el acompañamiento musical a las devociones más sentidas. Es una materia pendiente que requiere ser retomada con entusiasmo y profesionalismo.
La formación no puede reducirse a los candidatos al sacerdocio. El laicado no puede ser invitado de piedra, y el llamado a los que están en acera de enfrente como decía el papa Francisco tiene mucho que decirnos. Hay expresiones musicales religiosas compuestas por personeros populares y/o artistas reconocidos enriquecen el patrimonio cultural venezolano en el que las raíces del catolicismo está presente de mil formas.
La producción musical de los países hermanos de nuestro continente no llega a conocerse. Uno de los problemas reales es el poco intercambio entre nuestras iglesias de la vida pastoral y las iniciativas existentes. Los que hemos tenido la dicha de participar en el CELAM constatamos la riqueza y variedad de la vida cristiana de las comunidades. Ello explica, pero no justifica, que sean muy pocas las composiciones musicales litúrgicas. Un ejemplo, son numerosas y bellas las “misas criollas” en ritmos propios y de calidad, pero no hacemos el esfuerzo de reproducirlas. La excepción es la misa flamenca en ritmos andaluces que gozan de aceptación popular.
La inculturación de la fe es uno de los desafíos que hay que asumir para que se haga cercana a la cultura de nuestro pueblo. En mi experiencia andina donde la veta musical religiosa es muy popular pues nuestros campesinos tienen facilidad para ejecutar diversos instrumentos e interpretarlos con letra propia. En las misas, estos grupos de músicos le dan un toque propio, local, a las composiciones de las partes de la misa procedentes del exterior. Se cumple la máxima de los padres de la Iglesia, “lo que no se asume no se salva”. La encarnación es una de las características más relevantes del mensaje evangélico. Que la música litúrgica y religiosa no siga siendo el patito feo al que no se le da ninguna relevancia.-
9-7-26


