El Cardenal Porras ante la Academia de Mérida: «La vida republicana ha tenido el sello de la Venezuela heroica»

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 PALABRAS DE RESPUESTA DEL CARDENAL BALTAZAR PORRAS CARDOZO, MIEMBRO DE NÚMERO 9, AL DISCURSO DE INCORPORACIÓN COMO MIEMBRO CORRESPONDENTE DE LA ACADEMIA DE MÉRIDA A LA DRA. INÉS QUINTERO, CON SU DISERTACIÓN SOBRE LOS “SÍMBOLOS PATRIOS DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA”. Mérida, sede de la Academia, miércoles 15 de julio de 2026.

 

  1. PRESIDENTE Y DEMÁS MIEMBROS DE LA ACADEMIA DE MÉRIDA

MUY APRECIADA DOCTORA INÉS QUINTERO

AMIGOS PRESENTES, SEÑORAS Y SEÑORES

 

Como punto previo, quiero hacer memoria del Dr. Eleazar Ontiveros Paolini recientemente fallecido, miembro de nuestra Corporación, buen amigo, distinguido profesor universitario y asiduo en la Academia, a quien ofrecemos este acto y próximamente una eucaristía por su eterno descanso.

 

En segundo lugar, la responsabilidad asumida por la Dra. Inés Quintero al frente de todos los Presidentes de las Academias Nacionales para las reparaciones del Palacio de las Academias, golpeado por los sismos recientes, le impiden estar físicamente presente, pero nos está siguiendo por vía digital, y nos visitará el próximo año para compartir con nosotros. 

 

La Academia de Mérida se siente honrada y enriquecida con la incorporación a nuestra Corporación de la Presidente de la Academia Nacional de la Historia, la querida y admirada doctora Inés Quintero. Su producción abre vetas innovadoras en la investigación histórica en la que el pasado se convierte en espejo iluminador del presente. De variadas formas lo que nos parece intrascendente adquiere la dimensión correcta de la categoría antropológica de la memoria. La cultura de un pueblo va tomando matices diversos que en el fondo son prueba de valores y antivalores que se asoman en todos los tiempos y lugares para darnos luces sobre el comportamiento humano en tiempos de cambio.

 

El tema desarrollado por la Dra. Quintero constituye una reflexión en la que se entrelazan con fino pincel la filosofía, la psicología, las ideologías, lo social y lo político para tejer un rostro aparentemente novedoso a lo que ha sido la tentación permanente de nuestra cultura. Escoger, no tanto al azar, sino siguiendo ciertos parámetros que justifiquen la acción política, lleva a descuidar, mejor a distorsionar los valores que marcan la identidad de un pueblo, pretendiendo descalificar lo que hasta el momento ha sido sello de nuestra identidad. Nos convertimos en huérfanos permanentes pues somos despojados de lo que nos identifica y nos convierte en veletas de los intereses nada claros de quienes buscan cambiar nuestra manera de ser y de pensar.

 

Nuestra historia está plagada de echar al cesto de la basura aquellos símbolos que en un momento dado fueron aceptados y por exigencias o conveniencias, en tiempos de cambios, son sustituidos por otros, las más de las veces sin ilación ni concierto, respondiendo a exigencias ideológicas o circunstanciales de diversa índole. Mientras las grandes culturas indígenas o primigenias marcan la identidad, por ejemplo, de México o del Perú, la exaltación de lo autóctono entre nosotros, con alguna excepción en el Zulia, se ha quedado en un manejo político que no ha supuesto ninguna mejora sustancial de las etnias. Son títeres políticos pues no existe ningún proyecto real que los dignifique como personas. 

 

Los tres siglos coloniales casi no tienen referentes ni personajes que admirar, imitar o rechazar, ni expresión en el arte o la arquitectura. Y fueron tres siglos en los que se forjó la matriz cultural de lo que somos hoy día. Por enviar las estatuas de Colón a la basura o cambiarle el nombre al 12 de octubre no mejora la vida de nuestra gente. Al contrario, se nos quiere reducir a penitentes de lo que otros hicieron bien o menos bien pero que son la horma de la vida. Presentar como siglos de oscurantismo absoluto choca con la realidad. ¿De dónde salieron hombres como Andrés Bello o Juan Germán Roscio, o artistas, músicos y cultivadores de las expresiones mestizas que nos enorgullecen?

 

La vida republicana ha tenido el sello de la Venezuela heroica. Las guerras, las de la Independencia y las otras surgidas de las apetencias caudillescas nos han llenado de charreteras militares y de uno que otro civil hombre o mujer que sobresalió en medio de las refriegas. Nos hemos olvidado de la civilidad, los que, en las letras, las ciencias, las artes, el trabajo tesonero y creador en la explotación del campo o del mar, hasta de nuestros santos, tanto los que han sido reconocidos por la autoridad eclesiástica como los muchos otros que el pueblo les ha dado el título de hombres y mujeres de bien. Todos ellos han sido también fragua de grandes proyectos que tienen su basamento en lo que ellos nos dejaron. Son parte inocultable de lo que hemos sido y somos. 

 

Los colores de las distintas revueltas de las guerras civiles nacen y mueren con sus fautores. Las cárceles que las ha habido tan temibles como las que muestran las huellas de otros pueblos, son derrumbadas para construir o habilitar otras peores, hasta las actuales, pues nunca había habido tantas como en estas últimas décadas.

 

Por ello, los símbolos patrios de la revolución bolivariana no son sino un nuevo capítulo que no ha calado en el imaginario colectivo como lo intentaron sus promotores. De allí el valor histórico sí, pero, sobre todo, ético, del trabajo que nos ha ofrecido la Dra. Inés Quintero. Hay que leerlo descubriendo en la “letra chiquita”, o sea, en lo que está medio escondido o difuso en la narración para que aprendamos la lección a fin de no seguir cayendo en nuevas falacias. Porque no basta cambiarse de traje para aparecer distintos, ya que “la mona aunque se vista de seda mona se queda” como nos lo recuerda el dicho popular.

 

La bandera, el escudo, fechas sin arraigo, celebraciones militares de acontecimientos civiles como el 19 de abril o el 5 de julio, son prueba de ello. De allí que la disertación que acabamos de escuchar, más que mover la emotividad para aceptarla o rechazarla, debe conducirnos a una reflexión más profunda. Somos acomodaticios para evitarnos problemas con los que mandan, pero eso lo que hace es desdibujar nuestra manera de ser. Las adversidades nos muestran al verdadero venezolano en el que nosotros mismos no creemos. Prueba de ello es el comportamiento de miles de compatriotas que han emigrado del país, y fuera, han sido y son luz y ejemplo para ellos, para los que los reciben, y también, por qué no, deben serlo para nosotros los que permanecemos en esta tierra de gracia.

 

Perdonen este largo excursus pero es al que me ha conducido la grata lectura de lo que ustedes han disfrutado hace unos minutos. La abundancia de la producción de nuestra recipiendaria invita a ello por lo que me atrevo a sugerir que quienes no hayan leído alguno de sus libros o sus muchos artículos en revistas, lo hagan para solaz y aprendizaje de lo que nos han legado nuestros ancestros, y sin darnos cuenta, es lo que repetimos o recreamos en el presente.

 

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Los símbolos como representación visible de un concepto o valor que va más allá de su simple sentido literal, visual o auditivo nos evoca, mejor nos une, en valores compartidos por una determinada comunidad. Admiramos mucho el himno nacional y a fuer de repetirlo todos los días durante años en la escuela somos capaces de cantar al menos sus primeras estrofas. No pasa igual con los himnos de los estados, porque fueron “impuestos” sin tomar en cuenta en su proceso a la gente, por lo que no han calado del todo en las regiones. Cuando queremos decir que somos venezolanos, entonamos el Alma Llanera o el canto a Venezuela en cuyas orillas queremos ser sepultados, que fue escrito por un extranjero que nunca pisó nuestro suelo. Como las mejores canciones que evocan a hermosas ciudades como Granada o Valencia en España, compuestas por mexicanos que solo a la muerte de Francisco Franco pisaron el suelo de la península ibérica. El ojo extranjero tiene vista de águila y ve lo que nosotros no vemos. Qué sería de Venezuela sin los testimonios que nos dejaron Mariano Martí o Alejandro de Humboldt, o las memorias de los viajeros que quedaron plasmadas en sendas publicaciones que son una delicia para reconstruir paisajes, leyendas o tradiciones.

 

Los cambios en los símbolos patrios que introdujo Chávez “dejó ver igualmente las porosas relaciones entre historia y política respecto a un tema tan sensible, cuando está de por medio el uso del pasado para hacer valer o darle sustento a un determinado proyecto político”. Es el punto de partida de la Doctora Inés Quintero para desarrollar el tema de hoy. La lectura “política” va más allá de lo que pretendió imponernos el régimen. Da pie para hagamos valoración de lo sucedido, con sus más y sus menos, porque, nuestra autora se detiene en las disquisiciones a las que dio lugar el tema entre los intelectuales y los chupamedias para decirlo en suaves palabras.

 

Digo lectura política porque hay cosas que solo se pueden hacer o imponer cuando las libertades están coartadas y cuando la participación popular es solo un pretexto pues queda fuera del juego como mirón de palo. Contradecir al supremo ha sido en nuestra historia caer bajo las garras del poder, en ocasiones la cárcel, las torturas, el destierro o la huida, y hasta la muerte. Desde los Monagas, pasando por Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez y en la actual revolución bolivariana sus dos presidentes. Entre ellos, el que mayor impronta ha dejado en los símbolos patrios ha sido Guzmán Blanco. De los otros, queda algún recuerdo en obras del señor de La Mulera y del otro tachirense Pérez Jiménez en infraestructura vial y en las que llevan el nombre de “23 de enero” que se denominaban “2 de diciembre”.

 

La cita que trae a colación nuestra oradora, de Georg Igger, En el panel titulado “Usos y abusos de la historia. La responsabilidad del historiador, pasado y presente”, presentó las siguientes consideraciones: “La suposición subyacente al panel es que los enfoques honestos a la historia son posibles y que el ethos profesional del historiador lo llama a resistir las interpretaciones erróneas del pasado. Sin embargo, la relación entre los usos y abusos de la historia es muy compleja. El uso indebido sugiere que el pasado es instrumentalizado y distorsionado por motivos políticos o de otro tipo. También significa que hay un pasado real que no debe ser distorsionado”. Bajo esta óptica la “resistencia” es virtud para poner primero la verdad y no dejarnos guiar por las emociones que nos llevan a aplaudir o negar lo que responde a intereses distintos al bien común. Los argumentos esgrimidos por intelectuales sumisos y por miembros del gobierno y de la Asamblea Nacional nos ponen ante la coyuntura de hacer de los leguleyismos la justificación de lo injustificable: Complacer al poder bajo capa de argumentación veraz. Un parlamento único, de allí la importancia de la bicameralidad, que no fue capaz ni siquiera de contradecir alguna de las exigencias del supremo, es la mejor prueba de servilismo en el que el horizonte del bien común está totalmente ausente.

 

La viveza criolla acepta sin chistar los cambios propuestos en los símbolos para evitar ser marcados como contrarios. Pero, de hecho, la bandera de siete u ocho estrellas no cambia nada, más aún, no todas las regiones aceptan sin más el cambio. Guayana sí, pero se sigue cantando “de las siete provincias”. El caballo puesto a la izquierda es objeto que satisface a los humoristas y artistas. La figura mestiza del Libertador figura sólo en los sitios oficiales, pues su imagen está lejos de ser el apuesto caraqueño que dio la independencia a cinco naciones. La misma denominación de “república bolivariana” ha devaluado internacionalmente la figura del padre de la patria al convertirlo en ícono de conceptos que ni manejó ni tienen consistencia histórica.

 

El tiempo se encargará de que las aguas vuelvan a su cauce y tenga el brillo de ser expresión de la nacionalidad los símbolos que unen y no los que separan en bandos opuestos. Me tomo la libertad de apropiarme de cuatro conceptos del Papa Francisco aplicados a la acción evangelizadora de la Iglesia (Evangelii Gaudium, cap. 1). Se refiere el Pontífice a las características que le dan sentido de identidad a los creyentes. Aplicados a lo que constituye la personalidad de una comunidad humana y su entorno, la casa común, bien cabe que la apliquemos a los símbolos que identifican a un país, en este caso el nuestro.

 

La primera característica es “primerear”, vale decir, salir al encuentro, buscar a los lejanos e invitar a los excluidos. Cuando un símbolo no expresa la totalidad de los involucrados se convierte en un partido, o sea, en una parte, no es imagen del todo. En segundo lugar, “involucrarse”, es decir, meterse con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achicar distancias y poner en primer lugar a los excluidos. En tercer lugar, “acompañar” a todos, sin privilegiar a unos y arrinconar al resto. Y, por último, “festejar”. El régimen bolivariano solo lo hizo con los suyos y jamás permitió que los otros celebraran sus fiestas. Siempre aparecía la contra con otro grupo haciendo lo mismo y en los lugares privilegiados. Estas características ponen de manifiesto que los símbolos presentados en las décadas de este milenio no han calado porque no representan a todos.

 

Así lo señaló la Academia Nacional de la Historia: “No solo se trata de la revalorización y la reescritura de la Historia, sino también de “democratizar la memoria nacional”. Las exigencias del momento no se limitaban exclusivamente a la modificación de los símbolos patrios, sino también se buscaba modificar la visión que los venezolanos tenemos sobre nuestro pasado, a fin de que estuviese en sintonía con el proceso de inclusión social y política que se estaba llevando a cabo en el país”. “Los símbolos patrios constituyen íconos de identificación de un Estado, y por tanto no deben ser alterados ni modificados sino en circunstancias históricas transcendentales y consolidadas en la vida de un país. La majestad de los símbolos debe inspirar la necesaria estabilidad del Estado como Institución política que arropa a la totalidad de sus habitantes. Alrededor de los símbolos se aglutina el sentimiento que une a la población de un país para constituir y estructurar un Estado”.

 

La conclusión del trabajo nos remite a lo que está por hacerse. “La valoración antagónica sobre sus contenidos y justificación no ha desaparecido y seguramente se mantendrá en el tiempo. Resulta además extremadamente complejo determinar cuál ha sido el impacto de estos cambios en la memoria de los venezolanos, del mismo modo que su apropiación o su rechazo por los venezolanos del presente”. Buena ocasión para que con mente serena y clara, apliquemos la interdisciplariedad para que la historia, la sociología y la ética nos abra caminos de entendimiento y de paz. Gracias Dra. Inés Quintero por estar entre nosotros e invitarnos a reflexionar sobre nuestro pasado, presente y futuro.

Señores.-

4-11-26

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