El escritor Arthur Koestler («El cero y el infinito»), un anticatólico veraz sobre el caso Galileo

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El célebre autor de dicha obra maestra, anticomunista húngaro de origen judío, más que defender a la Iglesia quiso mostrar la verdad histórica sobre el asunto.

El cero y el infinito es una de las obras de ficción claves contra el comunismo, publicada en 1940 y la más conocida de su autor, el gran escritor Arthur Koestler (1905-1983).

Ex comunista, anticomunista… y suicida

No destaca solo por su calidad literaria -que han reconocido incluso procomunistas que discrepan de su mensaje-, sino por la singular biografía del escritor.

En ambos aspectos, además de su común origen ideológico, se le suele mencionar junto a George Orwell (1903-1950), cuya Rebelión en la granja (1945), aunque de estilo tan distinto, quiso cumplir una misión similar: mostrar cómo es en realidad el socialismo marxista-leninista.

Koestler, húngaro de origen judío, vinculado desde muy joven al activismo comunista, explicó años después en Euforia y utopía que bajo aquella ideología había entendido que «las comunes reglas de honestidad, lealtad y del buen proceder no eran reglas absolutas, sino efímeras proyecciones de la sociedad burguesa», y por tanto «la ley suprema de la revolución es la de que el fin justifica los medios«.

Y lo confirma uno de los personajes de El cero y el infinito cuando afirma con claridad: «No hay más que dos concepciones de la ética humana, y las dos son polos opuestos. Una de ellas es cristiana y humanitaria: declara sagrado al individuo y afirma que las reglas de la aritmética no deben aplicarse a las unidades humanas. La otra concepción arranca fundamentalmente del principio de que un fin colectivo justifica todos los medios, y no solamente permite, sino incluso exige que el individuo esté absolutamente subordinado y sacrificado a la comunidad«.

Koestler se afilió al Partido Comunista de Alemania en 1931 y como militante acudió a la guerra civil española, donde fue testigo de las barbaridades cometidas por el bando frentepopulista, lo que le predispuso contra la represión bolchevique en Rusia y le hizo abandonar dicha militancia en 1938.

La quiso denunciar específicamente en El cero y el infinito, y la trama narrada encaja en todas las versiones de la crueldad que le habían espantado en España.

La historia de este escritor, a pesar de los méritos de veracidad en ese relato y en la excelencia formal de su obra, concluyó de un forma que ha sido reprobada casi de forma universal, aunque no fue sorpresiva para sus amigos más cercanos.

A los 77 años, aquejado de Parkinson y leucemia, se suicidó en Londres en lo que entendió como una eutanasia que defendía y era aún ilegal. Pero además convenció a su tercera esposa, Cynthia (a quien había hecho abortar en 1956, también ilegalmente, y había sido su colaboradora durante años), de ingerir conjuntamente una sustancia que les mató y cuyo resultado esperaron vestidos y tumbados en la cama. Acompañó el hecho de mensajes justificativos.

¿Por qué Galileo?

Lo que parece sorprendente en alguien con un origen, trayectoria e ideas de estas características es que defendió a la Iglesia de las mentiras sobre su conflicto con Galileo Galilei (1564-1642).

Hay que recordar que Koestler consideraba a la Iglesia totalitaria y fue siempre muy anticatólico, por lo cual no se trata de una posición interesada o conveniente, sino debida a la persuasión de la realidad de los hechos. Más que apostar por la Iglesia, quiso apostar por la verdad.

La expresó en Los sonámbulos (The Sleepwalkers, 1959), un ensayo histórico que subtituló Una historia de la visión cambiante del hombre sobre el Universo. Es un libro interesante -aunque cuestionable en algunas conclusiones- donde busca ser honesto en la historia de la ciencia al reflejar los hechos.

'Los sonámbulos', de Koestler, una historia de la ciencia donde Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y Galileo Galilei desempeñan un papel central.

‘Los sonámbulos’, de Koestler, una historia de la ciencia donde Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y Galileo Galilei desempeñan un papel central.Hueders

En él denuncia la manipulación y afirma: «La personalidad de Galileo, tal como la pintan las obras de divulgación de ciencia popular, [tiene poca] relación con los hechos históricos… No fue torturado por la Inquisición, no languideció en sus calabozos, no dijo Eppur si mouve y no fue un mártir de la ciencia».

Y señala la gran diferencia entre Galileo y Johannes Kepler, quien por sus aportaciones científicas sufría los ataques del protestantismo en el que militaba.

No era el caso de Galileo. Veamos este clarísimo párrafo de Koestler:

  • «En aquella época [Galileo] no tenía más motivos que Copérnico [1473-1543] para temer la persecución religiosa. (…) Los católicos no se habían comprometido en una determinada posición. En los propios días de Copérnico se inclinaban favorablemente hacia él; se recordará que el cardenal Schoenberg y el obispo Giese lo urgieron para que publicara el libro. Veinte años después de la publicación de éste, el Concilio de Trento volvió a definir la doctrina y la política de la Iglesia en todos los aspectos, pero nada tuvo que decir contra el sistema heliocéntrico del universo. El propio Galileo… gozaba del apoyo activo de una multitud de cardenales, incluso el futuro Urbano VIII, y de los principales astrónomos con que contaban los jesuitas. Hasta el fatal año 1616 no solo estaba permitida la discusión del sistema copernicano, sino que los católicos la alentaban con la única condición de que se mantuviera dentro de la esfera de la ciencia y no tocara cuestiones teológicas».

Y enseguida añade Koestler:

  • «La leyenda, combinada con la visión retrospectiva, deformó los hechos y dio lugar a que naciera la errónea creencia de que defender el sistema copernicano como hipótesis valedera conllevaba el riesgo de incurrir en la desgracia o la persecución eclesiástica. Durante los cincuenta primeros años de la vida de Galileo no existió semejante riesgo, y a Galileo ni siquiera se le ocurrió que pudiera existir».

¿Qué motivaba a Galileo?

¿Por qué entonces Galileo sufrió un conflicto con la autoridad eclesiástica? Hay que decir que el autor de El cero y el infinito apoya a Galileo en ese conflicto, pero su aportación deja clara que el conflicto no proviene del rechazo de la Iglesia a la ciencia.

Por ejemplo, recuerda que el astrónomo, en los «escritos polémicos» cercanos a 1616 (fecha del rechazo inquisitorial a sus teorías astronómicas), «pasó de la gruesa invectiva a la sátira«. Y «las pasiones que estallaron en la disputa» incluyeron «vanidad, envidia, convicción de su propia rectitud, combinadas con una fuerza demoniaca que le llevaron al borde de la aniquilación». En consecuencia, «Galileo era entera y aterradoramente moderno«.

¿Y con qué argumentaba?

No es que Koestler le esté criticando por ser moderno, al contrario, pues Koestler hace una defensa de la mentalidad denominada ‘moderna’.

Pero sí deja claramente señalado que el rechazo de Roma contra el heliocentrismo…

  • no tenía su origen en las teorías de Galileo en sí mismas (nadie en la Iglesia sintió necesidad de reprobarlas durante décadas),
  • sino en las actitudes ante los superiores eclesiásticos que Galileo empezó a mostrar en los años previos.

Es más…

Habrá quien alegue que, aunque la Iglesia actuase por una punzante actitud de Galileo ante sus autoridades, a fin de cuentas mostró su aborrecimiento hacia la ciencia. Pero es el propio Koestler el que recuerda un hecho fundamental que hoy suele olvidarse, y que afirma con total veracidad en Los sonámbulos:

  • «Galileo podía hablar entre dientes de ‘la ignorancia, malicia e impiedad de mis adversarios, que habían ganado la partida’; pero tenía que saber, aunque no lo admitiera ante sí mismo, que su derrota se debía realmente al hecho de que no hubiera podido presentar una prueba concluyente«.

El fallo: no en la tesis, sino en la prueba

Koestler no duda en hablar de «falacia» de los argumentos de Galileo, y no porque la conclusión fuese errónea, sino porque los argumentos no eran concluyentes. Es una forma de Koestler de recordar al lector que el heliocentrismo, aunque pudiese ya entonces reconocerse como una tesis razonable y con pruebas en su favor, solo quedó demostrado matemáticamente con la teoría de la gravitación universal de Isaac Newton en 1687, es decir, medio siglo después de la condena de Galileo en 1633, y físicamente por la medición del paralaje estelar realizada por Friedrich Bessel dos siglos después, en 1838.

Es más: Koestler señala que el fallo argumental de Galileo en la prueba (errónea) de su tesis (correcta), esto es, la que denomina «falacia del razonamiento de Galileo«, es que utiliza como premisa referir el movimiento del agua «al eje de la tierra, pero refiere el movimiento de la tierra firme a la estrellas fijas», con lo que parte de «un paralaje inexistente». Que esto no pudiese calibrarse entonces como se calibra hoy… no permite decir hoy que lo que decía Galileo entonces estaba demostrado.

Por eso concluye Koestler este punto anunciando que «aunque Galileo era un pionero en el campo de la relatividad del movimiento, nunca descubrió el error elemental de su concepción«.

Un caso utilizado contra la Iglesia sin motivo

Vale la pena leer todos estos párrafos de Koestler en Los sonámbulos. La edición de 1981 publicada por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México ha sido nuestra fuente. Y existe una excelente y amplia síntesis de Henri Perrachon de los capítulos del libro consagrados a Galileo en la revista española Verbo (nº 169-170, noviembre-diciembre de 1978).

Todo ello no solo permite elogiar la honradez intelectual de Koestler, tan distanciado de la Iglesia, sino recordar hasta qué punto el ‘caso Galileo’, aunque incluye evidentes fallos cometidos por personajes eclesiásticos de la época, no significa rigurosamente nada sobre la actitud de la Iglesia ante la ciencia.-

Carmelo López-Arias
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