El «topo» que vio al diablo entre escombros y hoy asegura que Dios le salvó para seguir rescatando

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El mexicano Felipe Durán Emiliano lleva 50 años de servicio a sus espaldas y 41 años formando a rescatistas

Durante medio siglo, Felipe Durán Emiliano ha caminado allí donde otros huyen. Ha entrado en edificios derrumbados, ha buscado supervivientes bajo toneladas de hormigón y ha contemplado algunas de las mayores tragedias naturales de las últimas décadas.

Sin embargo, cuando habla de su experiencia como integrante de Topos Azteca, no destaca los rescates más difíciles ni las misiones internacionales. Lo primero que menciona es su fe. Desde la Fe cuenta su historia.

La oración: lo primero

A sus espaldas acumula 50 años de servicio y 41 años formando parte de una organización que se ha convertido en símbolo de solidaridad y entrega. Pero para Don Felipe, como le conocen quienes trabajan con él, ninguna intervención comienza con cascos, herramientas o protocolos. Todo empieza con una oración.

«La fe es muy importante en este servicio. Donde quiera que llegamos hacemos oración antes de entrar a cualquier desastre», explica.

Esa confianza en Dios le ha acompañado en cada una de las catástrofes que ha afrontado. Entre todas ellas, una permanece grabada en su memoria: el terremoto que sacudió Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, una tragedia que dejó miles de víctimas y marcó para siempre la historia del país.

Aquel día trabajó en algunos de los escenarios más emblemáticos del desastre: Tlatelolco, el Hotel Regis, el barrio de Roma y las zonas donde quedaron atrapadas numerosas trabajadoras de la confección. También participó en las labores desarrolladas en el Hospital Juárez.

«He visto a la muerte y al diablo de frente», afirma con contundencia.

«He visto a la muerte y al diablo de frente», afirma con contundencia.Desde la Fe

«La ciudad estaba colapsada. Yo nunca pensé ver algo así», recuerda.

Sin embargo, en medio de aquella devastación no se dejó paralizar por el miedo. Como tantos voluntarios, llegó dispuesto a ayudar sin saber exactamente qué iba a encontrar.

Con los años, las experiencias acumuladas en los rescates le transformaron profundamente. Asegura que cada tragedia le hizo más sensible al sufrimiento humano, especialmente cuando las víctimas eran niños. Ha visto escenas que pocos podrían soportar y reconoce que solo la fe le ha permitido seguir adelante.

«He visto a la muerte y al diablo de frente», afirma con contundencia.

Por eso, antes de cada misión, se encomienda a Dios. Para él no se trata de una tradición ni de un gesto simbólico. Es una necesidad. Cree que la oración le da la fortaleza necesaria para afrontar situaciones extremas y entrar en lugares donde la vida y la muerte pueden estar separadas por apenas unos centímetros de escombros.

Su relación con Dios se hizo todavía más intensa tras un grave accidente sufrido en 2010. Durante una jornada de trabajo sufrió una perforación pulmonar que puso en peligro su vida y le obligó a permanecer hospitalizado.

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Don Felipe recuerda aquellos días como una experiencia límite. Está convencido de que sobrevivió gracias a la providencia divina y asegura que aquella situación reforzó aún más su vocación de servicio.

«Sigo aquí gracias a Dios. Creo que Él me dejó para seguir rescatando personas», explica.

Durante su estancia en el hospital vivió además una experiencia que jamás ha olvidado. Según relata, varios miembros del personal sanitario aseguraron haber visto junto a su cama una figura vestida de blanco que irradiaba una intensa luz.

Para él, aquello fue una señal inequívoca de la presencia de Dios.

Desde entonces, cada rescate es vivido como una misión profundamente espiritual. Esa convicción quedó especialmente reforzada durante una intervención en la India que considera uno de los momentos más impactantes de toda su trayectoria.

Allí participó en el rescate de un niño atrapado tras una catástrofe. Mientras trabajaba, asegura haber contemplado una luz extraordinaria después de invocar a Dios.

«Supe que Él estaba con nosotros», recuerda.

Lejos de entender estas experiencias como algo extraordinario reservado a unos pocos, Don Felipe las interpreta como una invitación constante a servir. Por eso insiste en que la fe nunca puede separarse del esfuerzo, la disciplina y la formación.

Como instructor de Topos Azteca, exige a los nuevos rescatistas la misma entrega que él ha mantenido durante décadas. Sabe que en una emergencia cualquier error puede costar vidas y por ello insiste en la preparación continua.

Aun así, cuando le preguntan por el secreto que le ha permitido mantenerse activo durante tantos años, no habla de técnica ni de experiencia. Habla de confianza.

Después de medio siglo entrando en escenarios marcados por el dolor, sigue convencido de que Dios le acompaña en cada misión. Y resume toda una vida de servicio con una frase que se ha convertido en su lema personal:

«Yo vengo con la luz que Dios me dio».

Una luz que, según asegura, le impulsa a seguir buscando esperanza precisamente allí donde parece haber desaparecido.-

Redacción REL
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